QUINCE- EL VIAJE DE LA DIOSA

- ¿Montse?
- ¿Quién es?
- Esa es una pregunta difícil.
- ¡Cabrón, Hijo de Puta… Albert!
- ¿Estás bien?
- ¡Esa también es una pregunta difícil! ¿Qué quieres?
- Esta es la fácil: Volver contigo.
- ¿Por qué supones que va a ser fácil?
- Fácil la pregunta, el resto ya no lo sé. ¿Dónde estás?
- ¿Porqué voy a decírtelo?
- Porque no soy nada sin ti… – Como se produjo un silencio al otro lado, Albert continuó – He descubierto algunas cosas interesantes, pero sea como sea que funcione el mundo, no tiene sentido sin ti. Cuando estoy en el mundo, no duermo, no como, no vivo, si no estoy contigo. Luego salgo del mundo y es otra cosa…
No creo que Montserrat pudiera entender eso de que “cuando estaba fuera del mundo era otra cosa”, porque noté que estaba luchando por evitar verse envuelta en esos típicos comportamientos de mujer rencorosa, vulgar, provinciana de la gran ciudad, que se agolpaban en sus labios en forma de “¿Dónde crees que he estado todo este tiempo? ¿A qué esperabas para llamar?” O todavía peor, “¿Con quien has estado?”. Pero en lugar de tales sandeces y sin mediar demasiados instantes de silencio me sorprendió oír:
- Bueno, pues parece que tienes ganas de contarme todo eso, ¿no? ¿Lo quieres hacer antes o después de un buen polvo?
- ¿Estas en Le Havre?
- ¿Dónde coño quieres que esté? ¿Y tú?
- Un poco lejos… a tres horas de vuelo. – Y no esperé a que me lo preguntara. – Estoy en Argel.
- ¿Argel? ¿Qué se te ha perdido…?
- He de enseñarte algo.
- ¿Enseguida o nos tomamos algún día de… descanso?
- ¡Dios, como te he echado de menos! No puedes ni imaginártelo.
Montserrat me reveló que había estado esperando casi dos meses en Le Havre; yo había perdido por completo la noción del tiempo. Me pidió que fuera al hotel porque no se veía con fuerzas para irme a buscar al aeropuerto. Me dio el número de la habitación. Casi ni llegué a llamar a la puerta, me abrió completamente desnuda y me arrastró hacia la cama mientras me devoraba sin decir palabra. Yo tardé más en reaccionar, pero por supuesto ella se encargaría sobradamente de que lo hiciera. Después de un largísimo orgasmo se dejó caer de espaldas exhalando un ruidoso suspiro como su fuera el último y permaneció inmóvil mirando al techo. Poco a poco logró cerrar los ojos. Yo me la quedé mirando como el náufrago que contempla la tierra prometida por fin recobrada. Cualquier otra sensación que este mundo pueda provocar al ser humano jamás logrará igualarse a este tipo de orgasmos totales de una mujer que ha logrado hacer añicos al miedo a si misma.
Poco a poco, sin abrir los ojos fue balbuceando un largo monólogo que no quise interrumpir por nada del mundo.
- Caray, compañero. Le pones el alma en esto. Esa es la diferencia de hacerlo con cualquier otro. ¿Sabes? Cansada de esperarte estuve con otros hombres, fui a buscarlos. Me tiré a unos cuantos, pero amarte es… Uf… La mujeres estamos perdidas cuando un hombre ama como tu, entregando el alma sin reservas, fundiéndose sin miedo… Estamos realmente perdidas. Con la mayoría de las relaciones ocasionales es como follar al miedo y entonces es mejor masturbarse,… – Abrió los ojos para mirarme directamente – No me mientas, ya no lo necesito: ¿Vas a irte otra vez?
- ¡Qué va, compañera, qué va! Solo salí a buscar algo…
- Como el que sale a buscar un paquete de cigarrillos. ¿Lo encontraste?
- Sí… y también los cigarrillos.
- ¿Me invitas? Se me acabaron ayer.
A la segunda bocanada le dije:
- Quiero mostrarte algo.
- Espera, amigo mío, espera. Que una mujer tiene muchas necesidades, y una de ellas es hablar de sí misma.
Entonces empezó a relatarme su viaje. Se interrumpía para hacerme el amor o pedirme que le colmara alguno de sus caprichos o lo hiciéramos en alguna postura que se le acababa de ocurrir, pero volvía a coger el hilo enseguida.
Conduje de un tirón hasta Le Havre. He hecho más de una vez Barcelona-Paris deteniéndome solo para repostar. Pero aquello fue una carrera de locos persiguiendo a todos los demonios de la creación. No aminoré la marcha en ningún momento por más que en mi cabeza la jauría vociferaba frenéticamente: Nadie en su sano juicio podría creer una locura semejante aunque la viera en una película de la serie B. Pero no estaba dispuesta a volver al Palacio del Aburrimiento y la Mediocridad después de haber conocido el paraíso. Era como si la sangre no me cupiera en las venas. Voces que me machacaban: ¡Adónde vas! Ni siquiera te ha dado la dirección. ¿Qué vas a hacer cuando llegues? ¿Cuánto tiempo te vas a quedar, y haciendo qué? Su móvil sigue desconectado. No quiere que le encuentres. ¡Cuán bajo has caído! Tu que los tienes a docenas vas a ir a no se sabe dónde en busca de un asesino.
- ¡Sí, joder! ¿Y qué? – gritaba aún a riesgo de quebrar el cristal del parabrisas con la pasión de mis entrañas. – ¡Me importa una mierda lo que venga a continuación!
No llegué a romper el parabrisas, pero muchos de los fantasmas y muchas de las voces tuvieron que retroceder. Y es que cuando algo o alguien en este planeta invitan al cuerpo a vivir intensamente, todo lo demás es la muerte; la peor de las muertes, la muerte por querer asegurar que la vida no se mueva, que no corra riesgos, que todo quede bien controlado. Y durante el trayecto me vino también a la memoria, en algún instante de tregua, el recuerdo de tío Lucas. Al principio no pude hacer otra cosa que apartar de mí ese recuerdo, pero poco a poco, el mismo desenfreno con que estaba dando rienda suelta a mi vida, fue permitiéndome el paso a ese rincón tantas veces prohibido de mi infancia. Me costó decenas de kilómetros de autopista y el rugido del seis cilindros en V, pero por fin, los arrabales de Orleáns se difuminaron para permitir que sobre ellos se dibujara el marco de un paisaje maravilloso: Mi tío Lucas inclinado sobre las olas gobernando la embarcación con destreza y seguridad. Volví a ver su cuerpo musculoso, moreno, proporcionado, sus manos grandes y firmes, la timidez de sus transparentes ojos azules, sus cabellos rubios al viento y a la lluvia de agua salada. Y luego la sensación cálida de sus rodillas pegadas a mis pantorrillas, por la tarde mientras en su voz pausada me contaba historias de piratas y tesoros e islas de bucaneros y batallas y amores perdidos… como el suyo. Las brumas de la Dordoña vieron rodar gruesos lagrimones hacia lo más hermoso de mi baúl de los recuerdos, llamado corazón, y la garganta hecha un nudo, y el alma a presión por los poros como el vapor de una caldera a punto de estallar, y el vehículo lanzado hacia el otro lado del mundo. Encontrar grandezas o miserias solo es facultad del viajero, dependiendo de la “película” que lleve en su cerebro. “Somos lo que pensamos”, decía el viejo Sócrates, ¿recuerdas?.
De pronto me vi en plena plaza céntrica de Le Havre y el coche se me detuvo él mismo despacio, y él mismo empujó, suavemente hacia arriba mi pierna cansada para liberar el acelerador y quedar aparcado delante del “Hotel du Port“. Tardé aún bastante rato en darle la vuelta a la llave de contacto, e incluso cuando el motor se hubo parado el ruido de mi cabeza continuó imperturbable. La dejé caer sobre el volante y hubiera permanecido así, casi desmayada de no ser porque el mozo del hotel se me acercó para preguntar si me encontraba bien y si tenía reservada una habitación. Añadió que no importaba, cuando me volví para mostrarle mis ojos sin duda enrojecidos por el cansancio y la batalla, porque había habitaciones de sobras. Como una autómata me dejé acompañar, registrarme ante el mostrador y luego dejarme a solas en la habitación, tendida boca arriba sobre una confortable cama. El mozo evitó preguntar si quería que me trajeran alguna cosa del servicio de habitaciones porque mi expresión era más bien de quirófano que de whisky con hielo.
Me despertó un rayo de la mañana. No había movido la postura. Con la ayuda de una grúa imaginaria que tirara de mi espalda me incorporé para quedarme sentada mirando por le ventana. “Bueno”, me dije, “ya estoy aquí. ¿Y ahora qué?”. Había leído en más de una novela romántica de género inferior la de cosas que es capaz de hacer una mujer por su amado, pero aquella aún no la tenía en la colección. Y eso que mi aventura, o mi locura, solo acababa de empezar. Aquel rayo de sol recorrió un buen trecho en su habitual camino hacia el cenit cuando decidí incorporarme. Todas mis articulaciones crujieron como las jarcias de un velero, o como las junturas de un mueble viejo arrastrado sin cuidado. Continué con la vista hacia la plaza. No veía nada, solo un pedazo de mundo que no conocía lleno de gente que iba y venía, y que tampoco conocía, y el apremio de algo que hacer me impulsó a continuar moviéndome. De momento hacia el cuarto de baño.
La calle me pareció cualquier arrabal de Marte y los transeúntes poco menos que marcianos. Pero conseguí echar a andar. Hacia la tarde, en algún punto de mi particular exploración me di cuenta de que no había pensado en utilizar el teléfono móvil para llamarte, mi adorado asesino. Me metí en un bar y uno de mis fieles amigos, el estómago, no tuvo ni tiempo para temerse lo peor, porque se le vino encima como único alimento en muchas horas un gran trago de whisky de malta. Los otros compañeros de coro, garganta, visión, oído, etc., la mayoría de mi cuerpo, se estremecieron también durante bastantes minutos. Pero pensaron que debían acostumbrarse, porque aquel viaje me estaba provocando ganas de apurar la vida de un solo trago, especialmente después de escapar del encierro. No tardó en acercarse a la barra un tipo demasiado vulgar tratando de no se qué, a juzgar por el mar de dudas de su semblante. Me volví hacia él, me lo quedé mirando de arriba abajo y ni me tomé la molestia de ofrecerle siquiera una mueca de desagrado. El trago que yo necesitaba era un trago total, no a medias tintas. Se dio por sobradamente enterado y giró de talones para volver a su mediocridad. Bueno, ya sabes mi afición de ser cruel con los que no saben lo que quieren, que son la mayoría.
Por la noche cené en el restaurante del hotel. En mi cabeza iban ordenándose poco a poco los frentes de batalla, los ejércitos de demonios y ángeles parecían haber recibido la orden de replegarse a sus cuarteles de invierno y desfilaban ante mí haciendo cada vez menos ruido. Los contradictorios estandartes de “Volver a casa” y “Empezar a…” iban alineándose de forma que pudiera observarlos bien y analizar el porqué iba a tomar partido por uno o por otro de los ejércitos. Por la noche, tomando otra copa en el bar del hotel, se turnaron algunos huéspedes o parroquianos en aproximarse. No había pensado en maquillarme ni cambiarme de ropa, pero una pasa difícilmente desapercibida, ya lo sabes. Me habías dicho una vez que mi belleza era como si la luz del sol volviera a brillar en un día despejado de verano. Y ahora tú vas a añadir que como el sol está acostumbrado a radiar, no se sorprende al despertar admiración, simplemente sigue su curso hacia donde ha de ir. Y como lo dices sinceramente me provocas un deseo loco de follarte por todos lados. Pero aquella noche, aún después de haber abierto las sábanas y puesto el conjunto de dormir, conciliar el sueño resultó una infructuosa búsqueda a través de las interminables salas de un palacio abandonado, que ni siquiera se calmó mirando por la ventana al cielo para esperar la bienvenida de aquel rayo de sol que el día anterior anunció el nuevo mundo. Aunque en este día, ya no me iba pareciendo el mundo anunciado sino la misma cotidiana miseria. Me repetía con la insistencia de las letanías que.. “¿Qué importa si es un asesino el que te abre las puertas del paraíso?… o a lo mejor ha de ser precisamente un asesino el único capaz de hacerlo… “
Los estandartes de la batalla reaparecieron en otra forma. La excitación por el aroma de la fruta prohibida producida por la intranquilidad de que mi hombre fuera un peligroso asesino removía mis entrañas hasta el paroxismo, mientras que otra de las voces, la más sensata, machacaba insistentemente que un peligroso asesino no se comporta con su mujer en forma de un amante considerado, paciente, entregado y sobre todo tierno. La eterna contraposición entre la vida que reclama estímulos cada vez más prohibidos y la tierra que insiste en aferrarse a lo sensato, lo conocido, y crea leyes y normas, que la mayoría de las veces llevan al aburrimiento y la mediocridad.
A media mañana luché nuevamente contra la abrumadora decisión de salir de la habitación. Ya que la alternativa de usar el móvil me pareció muy vieja y gastada, aunque no por ello pude evitar mirar con atención aquel pequeño aparato que había contribuido a cambiar tan profundamente las costumbres de la sociedad del tercer milenio, y me sorprendí a mi misma saboreando la sensación del abismo entre la decisión de emprender aquella alocada aventura y la vacilación en marcar de una vez aquel número…
Por fin marqué el número: Desconectado.
Seguí durmiendo mal, me revolvía entre las sábanas, y finalmente la agradable sensación del roce de mi cuerpo en ellas empezó a provocar la imaginación de ser abrazada e inmediatamente apareció en la imagen de mis sueños alguien que me acariciaba, que me tocaba. Poco a poco las neblinas de mi imaginación fueron tomando forma de algún personaje masculino mostrando algunos de sus atributos, grandes manos que me acariciaban con ternura, firmes pero sin presionar, el recuerdo de la electricidad recorrer la piel, el aroma de hombre, unos ojos que me miraban con deseo, recorriendo todo el cuerpo inflamándolo. En sueños me sorprendí de que aquel no era tu rostro, Albert, sino otro. Poco a poco fue formándose la imagen de tío Lucas pero completamente desnudo moviéndose a mí alrededor, acariciándome y enardeciendo el deseo cada vez hasta el paroxismo. Unas manos, que eran las suyas, comenzaron a acariciar los labios de la vulva en la ascensión al paraíso, pero conforme flotaba cada vez más alto el rostro de tío Lucas se iba transformando en el de un monstruo, un verdugo, un sátiro demoníaco con los ojos enrojecidos por la perversión. Y contra mayor iba haciéndose la ferocidad de aquella expresión en mi mente más rápidos eran los movimientos de mis dedos, hasta que la visión de ser penetrada hasta el fondo de mis entrañas por un enorme falo de macho cabrío hizo estallar los cielos y eclipsar el universo para abrir las puertas a la gran mansión del otro lado del velo, allí donde ya no puede alcanzar la cultura ni sus inhibiciones, ni sus prohibiciones, ni sus contradicciones.
Después de la larga masturbación quedé inmóvil hecha un ovillo, encogida. En mi mente permanecía con insistencia aquel horrible rostro transformado de tío Lucas. ¿Por qué? Tío Lucas tenía el rostro de apóstol o de santo mártir. ¿Por qué le había puesto aquella máscara de las tinieblas? Me arrastré hasta el cuarto de baño, intenté ducharme, pero el agua que salía del grifo me pareció sucia, como si aspirara directamente de las cloacas.
El rayo de sol amigo volvió a rescatarme al amanecer. Bajé a la calle sin apenas arreglarme. Necesitaba que el aire fresco de la mañana despejara las costras de angustia agarradas a mi piel durante la tormentosa noche. Pero no pude apartar la imagen de monstruo demente que me había poseído. Las templadas brisas de la tarde me sorprendieron en la terraza de un bar frente a los malecones donde barcos de pasajeros cargaban su hormiguero. ¿Porqué no subirme a uno de ellos fuera a donde fuese? No me moví, me faltaba el estímulo para arrancar a andar hacia otro lugar que no fuera a aquel donde había decidido encontrar a mi hombre. Curiosamente, pensé, las fantasías más efectivas para provocar mis masturbaciones no llevaban tu imagen sino máscaras horribles fundidas en la piel de la cara de los hombres que habían soñado con amarme. Hasta tal punto se sentía anclada a aquel lugar, destino propiciatorio de mi viaje, que ni siquiera pensé en llamar a mi psicóloga para pedirle hora para la semana que viene. Escenifiqué la consulta con pelos y señales. Me di cuenta de lo que había ocurrido: Tan brutal fue la prohibición de reconocer las sensaciones que despertó el contacto con tío Lucas que lo había transformado en monstruo.
- Vaya… – murmuré hacia el muelle – Una cosa he ganado, ya no necesito psicólogos; lo puedo hacer yo solita.
En personas normales abrir las puertas de la mente solo es cuestión de querer hacerlo. Pero para ello hay que traspasar las innumerables barreras de la auto-censura, y no tener miedo a lo peor. Aunque en definitiva esas oscuras profundidades que tanto nos aterran y que nos resistimos a mirar de cara, no son otra cosa que imposiciones irreales, prohibiciones imaginarias impuestas por la cultura. ¿Por qué no iba a experimentar sensaciones agradables una niña de nueve años al contacto con la piel de otra persona? Me dije. Es la calificación de tales sensaciones lo que las hace prohibibles. Las células sensoriales de nuestra piel simplemente transmiten impulsos eléctricos a nuestro cerebro, y es precisamente lo que la educación y las primeras experiencias han almacenado allí lo que crea los fantasmas.
- … Nada más. – Añadí en voz alta. – Todo es una pura mentira. – Y de pronto noté como mi rostro se crispaba y con una mirada de fiera hacia cualquier parte, grité: – ¿Dónde coño estás Al? Ya no aguanto más.
Durante la tarde volví a probar varias veces por el teléfono móvil, inútilmente. Y por fin aquella noche decidí salir en busca de un hombre que substituyera a los monstruos culturales. Me pareció una solemne cobardía recurrir a la masturbación.
Supongo que a alguien en el fondo de la barra se le antojaría mi entrada en el bar como la del pistolero en una taberna del Lejano Oeste. Plantada en jarras a un paso de la puerta con la mirada panorámica de fiera hambrienta. No tardé en escoger mi presa: el típico ligón de oficinistas, vestido a la última moda barata, peinado imitación a presentador sex-symbol de televisión, etc., y que no pudo resistirse ni los indispensables quince minutos para terminarse la bebida y preguntar de qué país procedía mi acento francés, Noruega, respondí.
Con o sin orgasmo propio encadené sin dejarle tiempo a recuperarse, una eyaculación tras otra, usando las más variadas técnicas, muchas de las cuales aprendidas de mis propias fantasías húmedas. Hacia la madrugada el tipo protestó:
- ¿Es que quieres matarme?
- Eso parece, ¿no? O resulta que no eres tan macho como quieres hacerte creer.
- Lo que tú pides no tiene nada que ver con ser macho. Vete a la mierda.
Y salió corriendo como alma que persigue el diablo. Yo traté de echar por la ventana mis insatisfacciones, para quedarme con el placer de haber hecho por fin lo que siempre quise hacer en un bar de alterne, dejar el orgullo machito por los suelos con las armas contra las que jamás él podrá luchar. Y es que a una mujer no se la conquista con el falo. Eso para ella es solo un juguete. A la mujer se la conquista con el alma, pero para ello el guerrero ha de tener alma. Y para demostrármelo, ya en la habitación, de pié frente a la ventana dejé que mi cuerpo y mi alma fueran arrastrados por sus propios sentidos pensando en Albert, mi peligroso asesino.
Con los brazos en cruz agarrando el marco de la ventana por ambos lados, completamente desnuda para que la brisa acariciara bien cualquier pliegue de mi piel, empecé a balancearme y cerré los ojos, y fui cortando uno a uno todos los hilos de cualquier control. Poco a poco las sensaciones se hicieron tan intensas que iban recorriendo mi cuerpo; el placer mandaba. Contraía los músculos de la vagina como si algo me poseyera y así, una y mil veces el placer enloquecía todo mi ser. Vino en mi ayuda, aunque tal vez no me hiciera falta, tu recuerdo y sentí tus labios, dientes y lengua recorrer con aquella dedicación tan tuya la entrepierna y sobre todo entretenerse, como si todo lo demás se hubiera eclipsado, en los infinitos pliegues de la vulva, mordisqueando el clítoris y sorbiendo como sediento náufrago el manjar de dioses de sus entrañas, que cambia de sabor con la excitación. Nada me acariciaba físicamente. Solo las sensaciones me envolvían, y en ellas tú me abrías las puertas del paraíso en un éxtasis continuo. Más pronto de lo que hubiera supuesto la mente empecé a sentir los cortocircuitos del orgasmo. El mundo empezó a quedarse en blanco a oleadas, cada vez más intensas mientras aquellos mordiscos imaginarios arrancaban sensaciones de los pliegues de mi cuerpo y me sentí de pronto arrastrada con los empujes de un enorme geiser hirviendo hacia el cielo. El mundo, la racionalidad, las miserias de lo establecido, las cadenas de la cultura se pulverizaron en aquella muerte sublime. Ya sabes porque los griegos le llamaron “orgasmo”, literalmente “muerte”, a aquel estado de éxtasis. Ni me preocupé en pensar que algún sirviente del hotel asustado por mis gritos pudiera entrar con su llave maestra en la habitación. Supe que había traspasado una vez más el velo de lo irreal y entrado en la dimensión de los seres divinos. Los griegos llamaron “semidioses” no solamente a seres venidos de otros mundos si no a seres de éste que se diferenciaron del resto de los mortales.
Hubo otros hombres, y para completar esa incipiente colección de despecho hacia lo establecido por las normas culturales, llegué incluso a apuntarme a un prostíbulo, como puta, que terminé dejando cuando las miserias humanas estuvieron a punto de hacerme perder mi fe en la vida, y también en mi compañero de viaje, mi asesino desmemoriado que debía estar en alguna parte de la frontera entre sus propios sueños y los de los demás. Dar de comer a miedosos y mediocres, dejó de estimularme muy pronto.
En este viaje pude comprobar con creces que la fidelidad no se alimenta de sexo ni se viola haciéndolo con otra persona, porque apenas me había adormecido, cuando en sueños oí una llamada telefónica que me iba a aportar la prueba de ello. ¿Otras más de los papás preguntando si estoy bien o si me falta dinero? Soñaba que andaba por un callejón lóbrego y al fondo el teléfono de una cabina sonaba sin parar. Quise echar a correr, pero el embotamiento de los sentidos que produce la deformación onírica me lo estaba impidiendo, andaba despacio a pesar de que quería echar a correr. Por fin, mucho más pronto de lo que había supuesto me vi ante la cabina y el auricular en la mano. Por más hombres con que yo hubiera entretenido mi apetito o más mujeres con las que tu hubieras hecho lo propio, al oír tu voz supe que yo seguía siendo tu mujer y que tú eras mi hombre, y supe que la fidelidad es algo mucho más profundo que comer por unos momentos en otra mesa, diga lo que diga esta o aquella cultura. La fidelidad es algo que se lleva en el alma, no en el cuerpo, y se mantiene solo con sinceridad, sea lo que sea que hayas de explicar a tu compañero; precisamente por eso, porque le puedas explicar absolutamente todo y que con él puedas salirte del teatro de todos los días porque seguirá siendo tu compañero. A quien has de ocultar algo nunca será tu compañero, tan solo tu marido, y eso no es nada.
Publicado el 31 mayo, 2011 en EL TERRORISTA INTERNO. Añade a favoritos el enlace permanente. 5 comentarios.



La muerte como aburrimiento y como quietud. Me gusta esa idea…. me gusta temerle a esa muerte.
Emocionante viaje entre estas letras!
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