ÍNDICE

▶ A MODO DE INTRODUCCIÓN

▶ UNO. EL ACCIDENTE

▶ DOS. EL NOMBRE

▶ TRES. EL OBSERVADOR ES LO QUE OBSERVA

▶ CUATRO. SALIR AL MUNDO

▶ CINCO. EL RITUAL NUPCIAL

▶ SEIS. RECORDAR

▶ SIETE. EL RITUAL INTERMINABLE

▶ OCHO. EL ANTICUARIO

▶ NUEVE. EL REY ARTÚS

▶DIEZ. EL PARAISO ES UNA ISLA

▶ONCE. RECUERDA QUIEN ERES

▶DOCE. LA META ES EL PROPIO CAMINO

▶TRECE. LA REALIDAD TAPOCO TIENE LÍMITES

▶CATORCE. LOS MENSAJEROS DEL VACÍO

▶QUINCE. EL VIAJE DE LA DIOSA

▶DIECISÉIS. VER

▶DIECISIETE. QUIÉN ES DIOS

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DIECISIETE- QUIÉN ES DIOS

Nos arriesgamos en aquel viaje a tropezar con grupos violentos procedentes de Mali o cualquier otro territorio, con nombre de país o sin él del África Subsahariana, meros bandoleros en su tierra que al traspasar las permeables fronteras sur de Argelia se convertían en guerrilleros del GIA o de otra organización comúnmente llamados terroristas. Pero en realidad no arriesgábamos mucho, solo perder la vida, porque una vez entendido que el paso por este planeta solo es meramente circunstancial y temporal, y que no se trata más de entrar en un escenario por una puerta para salir por otro, el riesgo de morir se asemeja al de terminar una escena para comenzar otra, y por lo tanto no entraña ningún riesgo, solo un cambio de escena. Yo había determinado en mis visiones que el lugar debía encontrarse cerca de Tamanraset, a unos 1500 kilómetros al sur de la capital, Argel, en pleno desierto del Sahara central, y el momento exacto la conjunción de Saturno, Neptuno, Venus y el Sol en el punto equinoccial de Invierno, por lo tanto en Capricornio, “La Puerta de los Dioses”, según explica René Guenon. Lo cual solo ocurre una vez cada 500 años aproximadamente. Yo sospechaba que Nicolás Copérnico pudo visualizar mucho más de lo que reveló poco antes de morir, y que Michel de Notredamme también había llegado a esa conclusión, aunque desde otro punto equinoccial, como relata en su cuartila 41 de la Centuria I. Y como también se puede entresacar de la compleja simbología astrológica de los escritos del mismo Claudio Ptolomeo en el Libro IV, capítulo 10. Sin embargo yo no quería especular filosóficamente, porque no sirve de nada, quería vivirlo por transmisión directa según me había enseñado la “gente del secreto”.

Antes de reunirme con Montserrat en Le Havre había encontrado el lugar. El hombre de la estación de Saint Lazare me dio algunas indicaciones, pero lo suficientemente imprecisas para que yo pudiera utilizar mi propia percepción y por lo tanto llegar al lugar que era el más específico para mí. Cada buscador sintoniza con un lugar, un momento y una gente distintos para cada uno, es decir, específicos. Y cada búsqueda tiene su momento, su lugar y su compañía. Si no se respeta esta regla la búsqueda no es más que repetición, sensacionalismo, diversión, en suma copias sin valor para realizar ninguna transformación. Al principio, como ocurre generalmente yo no había entendido esas indicaciones porque en primer lugar es el intelecto el que cree captar la información, y por lo tanto hay que esperar a que la percepción, la comprensión profunda realice sus propios procesos para que el resultado aflore, en el momento oportuno, otra vez al intelecto, como libro en blanco, con el objeto de que el plano consciente lo entienda y haga poner en marcha a la persona en el mundo físico.

Nada más llegar a Argel fuimos a casa de un antiguo comando del FLN durante la guerra contra los franceses, que conocía gracias a un etarra con quien llegué a tener amistad en mis primeros tiempos del IRA, y que manipulando a su conveniencia en diversos puestos del poder se había ido haciendo cada vez más rico. Ahmed Mahamed (insistía en escribirlo Mahamed en lugar de Mohammed como reminiscencia de la educación laica y comunista de su juventud) se había vuelto a casar por séptima vez, con una diferencia de edad que a cada matrimonio se iba haciendo exponencial, y naturalmente desde el primer momento trató de coquetear con Montserrat, para divertimento cortesano de ella y mío. Le pedí que me prestara uno de sus poderosos 4×4, dejándole suponer que todavía estaba con el IRA para que no me pusiera ninguna objeción ni insistiera en que nos acompañaran al desierto algunos de sus guardaespaldas, con lo cual haríamos el viaje Montserrat y yo sin interferencias. Cuando uno viaja, según qué compañía encuentra, sus vibraciones se mezclan haciendo más difícil la búsqueda. Después de pasar la noche, para cumplir con un mínimo requisito de hospitalidad, en la enorme mansión de Mahamed, salimos antes de que lo hiciera nuestro amigo el Sol. El viejo guerrillero nos despidió en la puerta ejecutando el antiguo saludo de las juventudes socialistas de la extinta célula Ouari Boumedienne:

– ¡Vive l’Algérie Libre!
– ¡Vive la Terre! – respondí con el saludo ritual de los antiguos campesinos FLN de los macizos del Jurjura, sin dejar de ofrecerle también una sonrisa cómplice a su última mirada de admiración por Montserrat, conectando con su pensamiento: “Vaya Tierra, ¡eh?”.

Después de dos días de carretera, la mayoría de las veces incierta pista sobre el desierto desde El Golea a In-Salah y luego hacia el impresionante monte Taha en la región del Hoggar, pasando por Tamanrasset llegamos hasta In Guessam en la frontera con Níger. En los últimos tramos iba yo al volante dejando que el desierto condujera al vehículo hacia donde queríamos llegar. Tanto durante el día, deslumbrados por la luz que caía a plomo sobre la planicie, como en medio de una tormenta de arena, o de noche, yo me había hecho uno con el lugar que los beduinos suelen llamar “El Yunque de Sol”, hasta que finalmente el todo terreno se paró. Me di cuenta de que había levantado el pie del acelerador. Montse preguntó al cabo de unos minutos:

– ¿Hemos llegado?
– Creo que sí… Escucha.
– Solo te oigo a ti.
– Entonces oyes al desierto.
– Sigue…
– Los sufis acostumbran a preguntarte: ¿Cómo atravesaría un río el gran desierto?
– ¿Cómo?
– Contesta tú, por favor. Tú ya lo sabes.
– Solo… – murmuró al cabo de unos minutos – hay un modo: Evaporándose y dejando que el viento le lleve a la otra parte… Ya entiendo. El río son nuestras emociones y el desierto es la sabiduría.
– Tú eres la sabiduría y yo el sol.
– … Y para ello mis emociones se han fundido con las tuyas… siendo una sola.

Subimos a la cima con todo lo que levábamos porque no estábamos seguros de cuantos días deberíamos permanecer arriba. Instalamos el sencillo campamento y nos dispusimos a aclimatarnos para esperar a las 4:35, hora del Meridiano de Greenwich, del tercer día en que se iba a producir la conjunción. Guardamos nuestras energías orgásmicas, por lo menos las mías, para ese momento porque íbamos a necesitarlas para penetrar el velo de la realidad. Montserrat estaba muy excitada por la aventura y por el simbolismo paralelo de su nombre con los picos montañosos sobre los que habíamos acampado, y no paró de pedirme cualquier cosa para provocarle orgasmos. Con ellos yo me excitaba todavía más hasta acumular, como dirían los tántricos, una enorme cantidad de Yang a punto de ser liberado.

Finalmente media hora antes del momento culminante empecé la penetración arqueando la espalda de forma que mi rostro y la mirada enfocaran al cielo. Montserrat en el colmo del paroxismo iba teniendo sus orgasmos múltiples al tiempo que me excitaba cada vez más, pero pude contenerme hasta llegado el momento. Había colocado un reloj en el suelo para ver el momento exacto, pero no me hizo falta porque instantes antes empecé ya a oír las voces de los antiguos dioses. No se dirigían a mí, por supuesto, porque eran residuos de memoria antigua concentrados en el espacio en que solo pueden ser oídos en trance, pero que no tienen más valor que la visita a un museo. Y en el momento preciso en que liberé una larguísima eyaculación Montserrat vio perfectamente como mi cuerpo se transfigurada y mi rostro se convertía en otro ser, no pudo saber cual, pero lo que sí vio es que su compañero se transfiguraba ostensiblemente en otra persona, pero no tuvo miedo, habíamos hablado mucho sobre aquel momento y ella simplemente siguió acariciándome suavemente por si mi cuerpo tuviera que elevarse o desaparecer o lo que fuera, y no sería ella la que lo impediría. Por su parte sintió también claramente como su cuerpo era traspasado por aquel chorro de energía y pensó que también se estaría convirtiendo en otra cosa, aunque no pudiera verlo. Me quedé un buen rato tieso, inmóvil, las manos agarradas a la roca, la espalda curvada, el miembro dentro de la vagina. Montserrat no supo cuanto tiempo estaba pasando o si el concepto de tiempo podía aplicarse de forma convencional en aquellos momentos.

Al cabo, empecé a distenderme, oí el fuerte crujir de las articulaciones y los músculos suavizaron su forma. La cabeza volvió a su punto de descanso y la incliné luego para mirar a mi compañera. Sonreí. Ella me devolvió la sonrisa. Poco a poco me dejé relajar por completo y suavemente me posé encima de ella, quedando un rato inmóvil con los cuerpos pegados uno a otro. Luego di un giro y me quedé tendido boca arriba.

La brisa del alba nos hizo estremecer. Ella se incorporó y se me quedó mirando sin dejar de sonreír. Sabíamos que habíamos conquistado el cielo o algo parecido, pero esperó a que su compañero lo revelara. De lo que sí estaba segura era de que no hubiéramos podido hacerlo solos cada uno por su lado. Yo era el ariete que consiguió penetrar el velo de la realidad y ella la matriz donde lo descubierto iba a procesarse. Cada uno su papel, imprescindibles uno para el otro, como dos seres libres que sienten el absoluto poder de su libertad.

Me incorporé para saludar el nuevo día y empecé a murmurar para ella, pero con la vista puesta en el horizonte, por donde ya aparecía la luz:

– Se fueron hace mucho tiempo… solo he visto imágenes repetidas, una tras de otra, como si viera una película antigua. No hay nada vivo. Solo es memoria…
– ¿Qué?
– Probablemente hace milenios que se fueron. He visto imágenes sueltas, inconexas, que se repiten, y que por lo tanto no tienen más energía que un recuerdo incrustado en el tiempo, que es infinitamente menor que la que tiene un ser superior o una fuerza capaz de controlar el mundo.
– No entiendo…
– Yo esperaba encontrarme o conectar con esa fuente poderosa que dicen que mueve los destinos de las personas, eso que decimos que es Dios, una energía poderosa capaz de manipular a su antojo los destinos de las criaturas vivientes aquí abajo y que por lo tanto tenga sentido la frase: “Todo está escrito”, porque lo escribe, lo decide alguien por nosotros y a quien debemos pleitesía.
– ¿Y?
– No hay nadie, solo nuestro propio destino como almas procedentes de otra parte, que para transitar durante un tiempo por este planeta tomamos prestada una estructura genética para desarrollar un cuerpo y con él poder captar el conocimiento del cosmos. Nuestra vida en este planeta es solo una interrupción en nuestro camino, un aula de enseñanza.
– Pero esto ya lo sabíamos… ¿Qué hemos venido a hacer aquí, Al? – apremió.
– Aprendizaje, recopilar el conocimiento que se encuentra esparcido por ahí.
– ¿El mito de Isis recogiendo los pedazos de Osiris?
– Sí.
– Quise decir: ¿Qué hemos venido a buscar aquí, a esta montaña, Al? – repitió dándome a entender que no teníamos tiempo para repetir lo que ya sabíamos.
– Tenía interés en saber si seguía habiendo “alguien ahí fuera”. Alguien o algo que dé sentido a las religiones organizadas, al miedo de la gente y por lo tanto a su alienación… a tanta desesperación, matanzas, pobreza, esclavitud… A boicotear, en definitiva, el espíritu crítico y la libertad esencial que devuelve a las personas su naturaleza de humanos.
– ¿Y no lo has encontrado?
– No… como te digo, solo he visto recuerdos, retazos de memoria esparcida por doquier de lo que fueron los dioses antiguos, que desde los egipcios derivaron al monoteísmo.
– ¿Aken-Aton?
– Sí, bueno… ese fue uno de los primeros monoteístas…
– Sigue…
– Debieron venir hace milenios, como leemos en multitud de textos sagrados, unos explicándolo con claridad otros de forma velada. Se mezclaron con una de las especies habitantes del planeta para conseguir sus propósitos… “Y los dioses fecundaron a las mortales”, rezan las escrituras… La humanidad fue su granja y los seres humanos su alimento. Pero se trataba de un alimento distinto. Se alimentaban, principalmente de la energía que provocan las emociones y especialmente de las que provoca la muerte accidental, bajo tortura o degradadas por la miseria, cuando las almas no entienden que han muerto y siguen vagando en busca de la vida que han perdido o que su dolor es demasiado intenso. Recuerda la mitología babilónica. Esa energía era el alimento de los colonos, llamados dioses, por eso provocan guerras, catástrofes, torturas, religiones, etc. Para extraer la energía que emana de las emociones humanas en un momento de extremo dolor.

Callé unos segundos, para que Montserrat pudiera seguir el hilo de la descripción, y luego continué, aún a riesgo de repetir una vez más lo que ya sabíamos.

– Como se trataba de formas de energía sutil, incorpórea, no se alimentaban de materia sino de una forma sutil de energía, que son las emociones. Por eso cortaron todo intento de libertad, porque la energía que emana de la libertad del individuo solo a él alimenta y por lo tanto al cosmos, no a los colonos. Se les llamó de muchos nombres y posiblemente fueran de varias culturas de fuera del planeta, los dioses egipcios, los mesopotámicos, los griegos, los hindúes, en el Maharata se describen batallas en las que cae fuego del cielo, etc… Pero probablemente se marcharon dejando su huella en la memoria de los habitantes de la Tierra que habían seguido sus dictados… ¿Te das cuenta? Nuestras emociones, nuestro dolor ya no son alimento de nadie, como lo fueron antaño, pero seguimos haciendo lo mismo creyendo que aún les servimos. Seguimos postrados, pidiendo el sacrificio, resignándonos a esta miseria, invocándolos, esperando su misericordia, implorando la salvación… Probablemente las sucesivas llegadas de mensajeros, trataron de decir a los aborígenes, en palabras que ellos pudieran entender, que ya no hacía falta seguir aquellos dictados, ya no éramos su rebaño, su alimento, y en algunos grupos humanos esos mensajes prometéicos fueron provocando continuas rebeliones para liberarse de las antiguas esclavitudes, ya que tanto los colonos como los aborígenes de la tierra somos una misma energía, venimos de una Única sustancia. Esos mensajeros tuvieron muchos nombres y en cada época tuvieron que hablar a los aborígenes según su momento y cultura, fueron conductores de masas como Abraham o Moisés, maestros como Jesús o Buda, o Mahoma, etc. Por ejemplo, Jesús vino a cumplir la maldición del Génesis y permitir que el ser humano, después de haber probado del árbol de la ciencia, encontrara el Árbol de la Vida y fuera inmortal… Mahoma vino a decirle al ser humano que no buscara a Dios fuera de sí mismo, porque él es Dios…

Callé otra vez, ensimismado en mis visiones.

– Habrían tenido éxito para liberar a los aborígenes si estos hubieran perdido el miedo. La Unidad es el universo, no tiene nombre ni atributos y es general para todas las formas del universo. Pero los aborígenes tuvieron miedo y enseguida petrificaron pequeñas formas de la Unidad dándole el nombre de Dios. Un Dios único, creando el monoteísmo, o la ausencia de él creando el Budismo, o el ateísmo o… cualquier otra forma… formas solamente… Puntos de observación de lo mismo…
– Es decir que en el cerebro humano – me interrumpió Montserrat –quedaron cristalizadas por transmisión genética aquellas ordenes y la gente sigue actuando como fueron adiestrados sus antepasados, pero ¿Entonces? – preguntó Montserrat, cuya lucidez se había agudizado con aquella experiencia. – ¿A quien alimentan ahora?
– A nadie. La humanidad sigue creyendo en episodios aislados en lugar de ir en busca de la totalidad. El miedo a la libertad sigue incrustado en la transmisión genética; la pérdida de memoria bloquea desde hace milenios la posibilidad de que el ser humano desarrolle las funciones para las que fue creado y se convierta en humano, es decir, que viva como humano antes de morir… Que viva antes de morir.
– Por eso suplican para que vuelvan los dioses, que Cristo resucite, etc., para seguir siendo esclavos…
– … que se matan unos a otros, roban, manipulan, utilizan, devoran o ambicionan en exceso, esclavizan, quieren más, y más, y más… Pero es una energía que se pierde lastimosamente, porque la Unidad no necesita sacrificios por el mero hecho de que todos pertenecemos a ella y todos la formamos, no existe sin nosotros y nosotros no podemos existir fuera de ella. La maldición de Adán fue separarse por medio del error de querer compararse a Dios, cuando ya estaba en Dios. Así de simple. – Me volví hacia mi compañera para explicarle con mayor detalle. – Los he visto, o por lo menos las sombras que han quedado de ellos en la memoria etérica. Y sé que ya se fueron porque esas visione se repiten como una película en la moviola. Ya había visto la unidad, ¿recuerdas? Pero la visión ahora ha sido magnífica, es una visión total y al mismo tiempo muy simple, sentí que viajaba a la velocidad de la luz y que yo mismo era la luz. No puedo explicarlo con palabras, pero lo sentí así. Es la misma visión que tiene la gente del Directorio sufí, o los monjes zen, etc., o por supuesto en el orgasmo entre dos seres humanos libres, durante en cual la propia identidad desaparece al mismo tiempo que el sujeto se siente conectado con todas las realidades, se siente uno con todas las cosas.
– ¿Es la esencia de todo?
– El espacio interatómico… el espacio cósmico del que científicamente hemos descubierto que solo podemos conocer un 4%, es decir una pequeñísima parte y que solo podemos ver porque una forma indefinible, que llamamos electrón, se mueve a velocidades inimaginables. Somos el todo y la nada. Cuerpo y alma ocupan el mismo espacio, materia y energía son dos formas de vibración que se acoplan permanentemente, y que en el mundo en el que nos movemos se manifiestan de forma dual porque la Unidad se ha distorsionado con el error de la separación, de la comparación, pero que en esencia son la misma cosa.
– ¿Será esa la inmortalidad? El Árbol de la Ciencia lleva a descubrir el Árbol de la Vida – repitió – Los arcángeles que lo guardan a las puertas del Paraíso usan una espada flamígera, es decir que deslumbra y produce la confusión, la pérdida de memoria que bloquea en el ser humano la conciencia de su propia inmortalidad. No hace falta ir en pos de la inmortalidad, basta con tener conciencia de nuestra propia totalidad, y de que la Perdida del Paraíso solo en un engaño, ya que todos nosotros llevamos su esencia en el corazón. Ya podemos abrir los ojos y darnos cuenta que sobrevivimos a la Expulsión. Ahora solo tenemos que vivir, y vivir el tránsito al otro estado de la materia después de la muerte. Los signos y los escritos de los mensajeros, llamados, profetas, están por todas partes y está muy claro, todo el mundo los puede leer… si quiere.

– ¿Hacia donde va la humanidad? – escuché la voz de siempre de Montserrat.
– ¿Eh?…
– ¿Qué has visto, Al? Tú eres el fuego y yo la tierra. Tu puedes penetrar y yo recibir. Dime que has visto. – Sonó como una orden imperativa y sin posibilidad de escapatoria, y yo obedecí.
– La humanidad… Vi como si de pronto en algún lugar del Universo alguien hubiera abierto un espacio y lo hubiera decorado en forma de teatro, con sus cortinajes, telón y decorados, y como poco a poco iban entrando unas formas que al moverse de aquí para allá formaban la escena de un gran mercado… Allí, suspendido en algún punto de la materia oscura del Universo, el escenario de un gran mercado en el cual los personajes creen que realmente son eso, apenas seres humanos sufriendo sus vidas en lugar de vivirlas, creyendo que su escena es real en lugar de experimentarla, y queriendo ignorar obstinadamente que son más que humanos, son actores, seres inmortales interpretando un propósito.

Quedamos un buen rato en silencio, al cabo Montserrat volvió a preguntar:

– ¿Qué vamos a hacer?
– Lo que queramos para sentir nuestro estado de equilibrio natural, como podrían hacer todos los seres humanos al igual que todas las especies animales y plantas. Aprender todo lo posible de nuestro paso por este planeta-teatro y al mismo tiempo irnos preparando para dejarlo sin lamentaciones, sin apegos, cuando llegue el momento. Esa es nuestra inmortalidad; la percepción de que lo absoluto reside en ser conscientes de lo relativo, pero sin renunciar a haber vivido.
– ¿Pero seguiremos… “viajando?”
– Claro, una vez se ha entrado en la otra parte del velo y visitado la Realidad, ya no puedes volver atrás y seguir siendo un homínido ciego y dormido, puedes entrar y salir de las brumas de vez en cuando o frecuentemente, para vivir los cambios que el universo te procura a cada instante
– Suena apasionante.
– Lo es; Sentir la vida lo es. Yo siento lo que tú sientes y tú sientes lo que yo siento.
– Una cosa más: El accidente… ¿ha podido ser provocado por… “alguien”?
– Puede, pero también lo hemos podido provocar nosotros desde algún plano de nuestra conciencia que el intelecto es absolutamente incapaz de comprender. En la Unidad esos planos son el camino del Directorio, existen y se alimentan con un propósito que solo la percepción profunda es capaz de captar, y ejecutan sus… “accidentes” para movilizar a esta especie de homínidos que somos para tratar de despertarnos. Por eso deben ser accidentes, alejados por completo de la programación del pensamiento y del análisis de la conciencia.
– Accidentes que nos liberan de nuestros Egos por la vía de reconocerlos y aprender de ellos. Tu accidente nos ha liberado a los dos.
– ¿No será “nuestro” accidente?

En ese momento una fuerte ráfaga caliente del desierto azotó la montaña y por un momento la fina arena nos envolvió como en una densa niebla. Y en medio de esa niebla uno de los dos, Montserrat o yo, alzó la voz para preguntar:

– ¿Qué es esto? ¿Quién eres?
– Yo soy tú. – respondió uno de los dos, Montserrat o yo, al otro, mientras contemplábamos felices como los remolinos de arena se llevaban montaña abajo los espectros gastados e inservibles de nuestros Egos mundanos y su interminable conjunto de anhelos, deseos, preocupaciones, prejuicios y demás inútiles formas de miedo a los miedos, como secas costras que se desprenden de una vieja estatua de arcilla cuarteada.

*

*

*

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“Viva o muera es lo mismo, soy Osiris. Penetro en ti y reaparezco a través de ti.

Languidezco en ti, y crezco en ti…

Los dioses viven en mí porque yo vivo y crezco en el cereal que los alimenta.

Cubro la tierra. Viva o muera es lo mismo, porque soy el Orden y no se me puede destruir.

He penetrado el Orden… Me he convertido en el Señor del Orden y emerjo del Orden…”

Textos de Sarcófagos Egipcios (I-IV). Editados por A. de Buck. (Chicago 1935-1950)

DIECISÉIS – VER

– Al principio no quise encontrarte por miedo a mí mismo. – empecé yo volviéndome a la ventana, pero sin dejar de abrazarla ni levantarme de la cama. – Me asustó la facilidad con que maté a un hombre en una calle del puerto de Belfast y estuve a punto de matar a otro en Le Havre. Apenas estaba recobrando mi pasado y me asusté de lo que pudiera encontrar. Me asusté de pensar que yo pudiera ser uno de esos asesinos a sueldo que enrola cualquier movimiento terrorista para hacer el trabajo sucio y que en tiempo de paz no saben hacer nada más que matar. Me asusté de lo que podría hacerte la rabia de un terrorista que se metió a serlo por despecho, por no sentirse digno de amar, por creer que el amor es pecado y que la mujer es el enemigo, y no sabía como decírtelo por teléfono. Yo mismo estaba tan confundido que no supe como reaccionar… Pero al mismo tiempo me ocurrieron otras muchas cosas que me han tenido entretenido.

– ¿Otras mujeres?
– No, no ha habido ninguna otra.
– ¿No has estado con ninguna mujer en todo este tiempo? Caramba, ¿cómo has aguantado? Debe ser muy colosal lo que has descubierto.
– Bastante. Ha sido como encontrar la llave que abre las compuertas de una gran caja acorazada. O mejor dicho, ha sido la llave la que me ha abierto a mí mismo, que supongo viene a ser lo mismo.

Montserrat me miraba al principio con una ligera curiosidad, como si esperara algún relato fantástico o una delirante elucubración intelectual, pero poco a poco, viendo las dificultades que tenía yo por encontrar las palabras, empezó a intranquilizarse. Por fin comencé a soltar lo que llevaba y lo hice sin preámbulos, probablemente estimulado por la mirada directa y firme de mi compañera:

– Montse, puedo ver el mundo de otra manera, y me ha llevado todo este tiempo en que no me atreví a volver contigo, en saber porqué o por lo menos qué significa. – Montserrat esperó.- Puedo ver las cosas como en rayos X, especialmente a las personas. Puedo ver las envolturas que cubren el verdadero ser, los personajes que son y los que aparentan ser, los abismos entre lo que piensan y lo que expresan. Supongo que aquella extraña amnesia desconectó algo en mi cerebro y puedo …
– Querido, eso es muy viejo… Muchas personas desarrollan un instinto para detectar cuando alguien nos está mintiendo, o también para ver el aura…
– Es mucho más que eso, Montse, puedo ver explícitamente como una persona se miente a sí misma, que es, por supuesto, lo que hace todo el mundo.
– Bueno, pues, tú eres en la cama el mismo hombre, o tal vez mejor… ¿estoy mintiéndome a mi misma?
– No, porque has sido tu la que lograste que la diosa saliera de su encierro.
– Es el piropo más sabroso que me han dicho nunca. Pero, ¿no crees que una persona de tu profesión desarrolla instintos que le permiten ver estas cosas?
– Sí, pero yo no solamente puedo intuirlo psicológicamente sino verlo físicamente. Bueno, en realidad no son los ojos los que ven esas estructuras internas, claro, sino que es mi mente la que procesa los impulsos que le llegan de la retina para ver a través de la piel de las personas. Es difícil explicarlo, pero, cuando estoy observando a alguien puedo, como diría, echarme hacia atrás, desenfocar y entonces veo el contorno, la piel y el cuerpo visible como una estructura transparente, y entonces voy profundizando en lo que hay dentro, pero no las vísceras, estomago, pulmones, etc., si no otra cosa, estoy viendo los personajes que hay en el interior y como se influencian unos a otros, como se pelean. Es como entender la teoría de Gurjeff de los variados Egos que han creado sobre la persona original los condicionamientos culturales, infantiles, etc., pero de forma gráfica. Es como ver los personajes de una comedia en que cada uno no es él mismo sino que actúa según el guión.
– ¿Cómo puedes ver que hay un guión?
– Porque se repite en la mayoría de las personas de un grupo o de…
– A eso se le llaman pautas conductuales de grupo, amigo mío.
– Sí, intelectualmente, académicamente le hemos puesto un nombre, pero yo las puedo ver como si observara a personajes de carne y hueso.
– ¿Qué forma tienen?
– No es ninguna forma, claro, … Oh, es difícil explicarlo porque se trata de una percepción a otro nivel. Lo que veo de esos personajes que pueblan la conciencia de una persona no es ninguna forma en concreto, es algo más, sombras, matices, colores que cubren un personaje central, como neblinas que se interpenetran,… Pero lo más grande es que veo esas mismas neblinas en grupo, veo formas asociadas a un grupo de personas, y ese grupo puede ser tan grande como toda una ciudad, y veo como esas neblinas se mueven siguiendo una pauta, como impulsadas por un viento remoto que de pronto se ponga a soplar viniendo de detrás de una montaña. Mira, me coloco en una plaza llena de gente y veo una multitud de perfiles humanos moviéndose según un modelo más o menos constante o cambiante, pero cuya estructura cubre a todo el grupo. En la mayoría de ellos veo una neblina de color o como quieras llamarle, que evoluciona en el interior de cada uno, y esa neblina se agita y se mueve a su vez por impulsos que no vienen de ellos mismos sino de otro lugar de la plaza, o de lejos… Y no se mueven siempre de forma regular sino que van cambiando como si las pautas generales fueran movidas desde otro lugar. Ya se que la literatura habla de los humanos como marionetas que alguien les moviera los hilos. Incluso he visto gente que decía de que sentía libre y explicaba que podía moviéndose de un lado a otro y hablar lo que se le antojara, pero me daba cuenta de que no podía sin salirse un milímetro de esos modelos de conducta guiados desde otra parte, desde lejos… Como un campo de cereal que describe como si fuera el mar los caprichos de viento.

Montserrat me miraba con mucha atención. Cuando hice una larga pausa a mi descripción ella dijo muy quedo y muy despacio:

– ¿Cuál es mi papel en este proceso?
– Tú eres mi sustento, mi vida, mi aliento, mi respiración. Yo soy como un muñeco, un robot y tú sus baterías. Dejaría de moverme, me pararía si tú no existieras.
– ¿Apelas a mi instinto maternal?
– No es eso, supongo, aunque todo hombre lo hace inconscientemente a su mujer o a sus mujeres. Hay hombres de mujer única como yo, otros la buscan entre muchas. Nacemos de mujer y volvemos a la tierra que también es femenino, es necio olvidarlo.
– ¿Qué ocurre con los grandes maestros, los sabios, los profetas, esos que parecen estar por encima del bien y del mal?
– ¿No existe ninguna mujer en su vida?
– En casi todos, pero algunos parecen haberla superado, haber encontrado dentro de sí mismos a su compañera. Descubrir su lado femenino les complementa interiormente hasta el punto de no necesitar pareja.
– No puedo contestar a eso. Yo solo sé lo que siento…
– La respuesta es sí, amado mío. Estaré contigo hasta donde haga falta. Yo también he pasado mi aprendizaje durante este tiempo. Como te dije antes, hasta he hecho de puta.
– Sería de puta de lujo, claro.
– Por supuesto, ¿qué te creías?

Reímos muy a gusto durante unos minutos y volvimos a dejar que nuestros cuerpos se comunicasen como quisieran. Íbamos ya, a esas alturas del proceso, perteneciendo a otro mundo, en el que las “neblinas”, como yo las llamaba, de la manipulación, no impregnaban ya nuestras conciencias. Lo sentía perfectamente porque era como nadar a contracorriente y saber que habíamos aprendido a hacerlo como la cosa más fácil del mundo. Las neblinas entraban y salían porque no encontraban alimento emocional de qué nutrirse. En la “granja” del mundo los amos prefieren a los pollos bien rollizos, esos que no han parado de comer todo lo que les han dado, y dejan de lado aquellos que solo han picado lo que necesitaban para sobrevivir y por lo tanto parecen escuálidos y sin carnes.

– ¿Qué vamos a hacer ahora, Al? – preguntó Montserrat vistiéndose delante de la ventana.
– Fluir… – me oí decir.
– ¿Encontraste al Rey?
– Sí… Soy yo.

Montserrat se volvió de golpe e iba a proferir una de sus imprecaciones sarcásticas, pero una vez más la seriedad y convencimiento con que su hombre decía las cosas la desarmó. Lo único que pudo decir fue:

– Y supongo que yo soy la reina.
– Claro… – lancé un largo suspiro y continué: – Está escrito: “E hizo al hombre a su imagen y semejanza”, o como lo ponen los musulmanes, “Si buscas a Dios encuéntrate antes a ti mismo”, o, en fin, Sócrates “Conócete a ti mismo; Es el único conocimiento útil”. Está escrito por todas partes, en todos los libros sagrados, pero las interpretaciones culturales lo ocultan; Lo han ocultado desde el principio, aunque naturalmente no pueden ocultar la primera frase “a su imagen y semejanza…”, como tampoco pueden ocultar al mismo enviado del Dios a quien pretenden creer. Pero es igual, petrifican esa frase y la anulan en base a construirle un templo.
– ¿Quiénes?
– El poder. Los “granjeros”, los que quieren dominar la tierra haciendo creer indirectamente a los que viven en ella que la Tierra es lo importante.
– ¿El poder?
– Tuve una conversación no hace mucho con alguien extraño y que no encajaba con lo habitual. – Contesté levantándome para vestirme también. – Me contó cosas muy interesantes y me dijo que hay cosas más interesantes aún. – Montserrat escuchó con tanta atención que dejó de vestirse, y no supo por qué me preguntó:
– ¿Cómo lo conociste?
– Esa es precisamente la pregunta correcta. Te he dicho que puedo ver a las personas a través de sus vibraciones. Lo distinguí inmediatamente de entre la multitud y supe que me buscaba. No se como, pero supe que su figura, a lo lejos, andaba directamente a encontrarme. Su perfil no encerraba un conjunto de líneas y celdas oscuras, como ocurre con la gente en general, sino que esos compartimentos parecían transparentes por completo y por lo tanto los tonos dentro del contorno de su persona eran claros, casi blancos, y por lo tanto reproducían a un ser de carne y hueso sin matices, sin sombras, a través del cual la neblina entraba y salida sin estancarse. Imagínate cómo se distinguía entre la gente: como una lámpara en la oscuridad.
– ¿Qué te contó?
– Más que contarme me sugirió que siguiera buscando, me dio algunos nombres de personas y lugares a los que poder encontrar información.
– ¿Y fuiste?
– A algunos. A otros he querido ir contigo, por eso te llamé.
– ¿Qué encontraste hasta ahora?
– De momento algunas de las teorías que comparten otra gente, teorías conocidas pero que el miedo y la cultura han transformado en leyendas…
– ¿Cómo por ejemplo?
– Pues, a ver, ¿qué tenemos?… Todas las religiones hablan del origen singular del ser humano tratando de explicar porqué aparece la inteligencia que permite algo insólito en las demás especies: El espíritu crítico, poder analizar varias opciones y escoger. Sea divino o producto de una mutación accidental, lo cierto es que el ser humano es “demasiado” diferente a cualquier otro ser vivo, porque está facultado para cuestionar su propia existencia y desobedecer. ¿Y si fuera cierta la teoría del simio al que hace casi dos millones de años empieza a crecerle el cráneo tres veces su volumen, distinguiéndose del resto de las especies animales, y al cual hace 200.000 años su cerebro comienza también a experimentar una gran mutación con el desarrollo exagerado del número de neuronas? Esa distinción sobre el resto de las especies, ¿reside solo en la cantidad de neuronas de su cerebro o hay algo más? ¿Es el cerebro – lugar de colisión de los infinitos laberintos de la esquizofrenia, de las más monstruosas psicopatologías y paranoias sin sentido – el instrumento que puede facultar al hombre para alcanzar una inteligencia superior o la intuición de adelantarse a los acontecimientos, en fin la visión telepática la comunión con la totalidad del universo, o hay algo más?¿Qué parte del córtex cerebral hay que desarrollar para alcanzar la iluminación? ¿Se da ésta en el cerebro, por causa de aquella mutación o hay algo más?
¿Por qué se produjo esa mutación? ¿Qué la produjo? ¿Solamente el hecho de que en su entorno los árboles comenzaran a escasear y el simio tuvo que bajar y vivir en el llano, poniéndose de pie, con lo cual el choque de calor le hace modificar su estructura? ¿Esa es toda la explicación que admite la antropología? Supongo que no, no he leído lo suficiente, pero me parece una explicación demasiado simplista, solo válida para los estrechos cauces del Método Científico, muy útil para aplicaciones tecnológicas, pero nada más. ¿Y si ocurrió la fecundación de una de tantas especies no inteligentes que poblaban la tierra por otra especie que procedía de otra parte, como indica la tradición grecolatina, “Y los dioses fecundaron a las mortales?”. Y llegados a este punto, a la formación de ese individuo especial llamado ser humano, ocurre otro fenómeno que admiten todas las religiones: La contaminación de otro poder que empezó a luchar y lo sigue haciendo para que ese híbrido de animal y dios no pueda desarrollar todas sus inmensas facultades y cumplir con otro propósito, tal vez el opuesto, llegar a ser realmente humanos, hijos de aquellos “dioses” que vinieron de otra parte o de la misma Tierra por obra del creador. Creamos o no en el origen extraterrestre de la humanidad el resultado es el mismo. Un conflicto que está claramente descrito en el Génesis, libro tercero, y que dura tanto como la humanidad y cuya influencia parece transmitirse por ondas cerebrales a través de canales sutiles abarcando la influencia subliminal colectiva, aunque no es la única manera.
– ¿Las neblinas que dijiste hace un rato?
– Bueno, no sé cómo llamarlo… solo sé lo que veo.
– ¿Cuántas veces has visto Matrix? – apostilló ella para estimular de nuevo el relato, viendo que yo iba a quedarme callado.
– Ah, eso… Eso es un ejemplo, una alegoría. Ignoro porqué los creadores de este tipo de películas no lo dicen claro. Es muy sencillo y la gente lo entenderá. No somos programas ni el mundo es el producto de una arquitectura de software ni hay ninguna guerra contra las máquinas. No hace falta, es muy sencillo: No vemos la realidad porque nuestro cerebro es manipulado desde que nacemos en base a idealizar fragmentos de la realidad, separar, compartimentar, es decir todo lo opuesto a fluir, a aceptar que la vida es un continuo movimiento. Hay medios infalibles para crear un pensamiento que separe, que divida, que petrifique, que provoque hambre desmedida de poder aun a sabiendas que va a quebrar todo equilibrio natural: la cultura, los traumas infantiles, los movimientos de masas, la droga, la promiscuidad, la voracidad, lo fácil, la comodidad, querer asegurarse de lo inasegurable, etc. No vemos con los ojos sino con el cerebro, y lo hemos condicionado ya desde el momento de nacer para ver y reaccionar a cada momento según patrones pre-establecidos, y además fragmentados. Y además a diario sufrimos intromisiones en nuestro cerebro haciéndonos variar lo que nos sentimos inclinados a hacer o pensar de forma natural. Hemos constatado que es un hecho el que ciertas corrientes de otro nivel influyan en el cerebro del presidente de la nación más poderosa del mundo para que provoque un hondo desequilibrio y declare una guerra. No somos programas de ordenador en medio de una guerra de galaxias, sino seres que fueron creados para ser libres en este planeta y para comer del Árbol de la Vida, pero eso pone en serio peligro a otros seres que no pueden ser dotados de cuerpo, y que lo impiden con la única arma que tienen: manipular la mente para que la información que reciben los sentidos se encuentre con un banco de datos distorsionado y le haga creer que lo esencial de la vida es poseer en lugar de vivir. Una distorsión que provoca la pérdida de la memoria de quién es el individuo en realidad y se deje llevar por alucinaciones como la ilusión de poseer a cosas y personas, hambre desmedida el miedo imaginario, la necesidad de seguridades, el miedo a la muerte, etc.
– Nadie se atrevería a hacer una película así, suponiendo que fuera un ser humano suficientemente libre para intentarlo. Cuando uno sale de ver “Matrix” sale tranquilo porque la película le propone un escenario imposible, pero lo que tu propones dejaría insomnes a demasiada gente.
– Estoy de acuerdo. Escucha. Hemos de ir a Turquía. Aquel hombre me dijo que debía ir a Konia a encontrarme con una persona que me llevaría a un cierto lugar en Estambul.
– Vamos donde quieras. Sigo teniendo las tarjetas de crédito y dinero de la familia…
– Claro, cuando hay que hacer algo te vienen los medios necesarios.
– ¿Qué buscamos?
– La historia del hilo conductor, el Directorio.
– No me imagino qué debe ser, pero a tu lado no ha de faltar excitación ni estímulos. ¿Cuándo salimos?
– Ya. Vamos directamente al aeropuerto. Has de dejar la mitad de tu equipaje aquí. Escógelo. Necesitamos ir ligeros. Mejor mochilas que maletas. ¿Te parece bien?
– Eso está hecho, amigo mío. Solamente una reflexión a lo que has dicho antes – dijo sin pausa – Ese condicionamiento que niega a los seres humanos la posibilidad de serlo, ¿se crea al nacer o nacemos con él?
– ¿Cómo?
– ¿Nace el se humano libre, como dice Rousseau, y lo van atando por todas partes o nace ya con esas ligaduras que solo han de desarrollarse y ejercer su función depresora? La psicología pretende tranquilizarnos al respecto de nuestro ser original libre creando la teoría de las primeras experiencias y los condicionamientos que conforman las varias personalidades del Ego, pero ¿y si ya tuviéramos esa semilla al nacer? ¿Y si antes de la concepción o durante el período gestante ya fueran implantados los catalizadores del fenómeno de la manipulación?
– No se me había ocurrido.
– Verás: yo he vivido como testigo directo el fenómeno que el accidente produjo en tu mente. ¿Ha sido fortuito o provocado? Y por supuesto no me tomaré la molestia de preguntarme por quién.
– Claro… – traté a toda prisa de procesar aquella cruciar reflexión – El accidente nos ha salvado a los dos de las consecuencias de la manipulación de la conciencia permitiendo liberarnos del poder de los personajes del Ego sin más que reconocer su existencia y contemplarlos con serenidad, sin tratar de anularlos, porque es imposible, pero jugando con su presencia. Un depredador pierde su poder cuando es descubierto y lo invitas a cenar como a un invitado más.

Durante el trayecto en tren a París y vuelo a Estambul permanecí bastante callado hasta que Montserrat se dio por fin cuenta y dejó ella de hablar sin parar para permitirme sacara yo lo que fuera. Pero tuvo que forzarme:

– ¿Ocurre algo?
– No estoy seguro, pero hay una cosa aún que me ronda la mente desde poco después de que recobrara la memoria y que no he podido prestarle la suficiente atención. – Montserrat calló porque sabía lo difícil que era hacerme sacar algo cuando yo no estaba seguro de lo que era, y por lo tanto dejó simplemente que siguiera reflexionando en voz alta. – Es algo que me ocurrió durante mi período de amnesia. El que yo no recordara nada no es exactamente cierto. – Sentí que Montse iba a preguntar, pero se contuvo nuevamente. – Sí recordaba. Pero es muy extraño. Tenía conciencia de haber venido de otro mundo muy distinto del que conocemos hoy, regido por unas costumbres y unas reglas que no tienen nada que ver con la sociedad actual, sino más bien con alguna cultura del mundo antiguo, más comcretamente de mis antepasados celtas. Y recuperada la memoria no he vuelto a vivir esos recuerdos, pero no se me han borrado. – Montserrat seguía atenta. Me volví hacia ella al despertarme de mi ensimismamiento la voz del oficial de vuelo por el altavoz anunciando que en veinte minutos tomaríamos tierra en el aeropuerto de Estambul. – No te lo conté al recobrar la memoria porque aún ahora es un misterio para mí. Yo me veía a mi mismo formando parte de una tribu de guerreros o iniciados que habitaba un país de leyenda con nombres de lugares en gaélico muy antiguo pero que no he oído jamás y que había llegado a nuestro mundo después de haber caído por un colosal precipicio formando parte de un ejercicio de iniciación.
– ¿Consecuencia onírica de la disfunción amnésica? – interrumpió Montserrat, algo sarcástica, incapaz de poder aguantar más.
– Es probable, pero si fue un sueño, lo mantuve intacto durante los más de dos años que estuve amnésico.
– ¡Caramba!
– Era más que un sueño; Era la conciencia de pertenecer a una raza, a un pueblo, a unas leyes morales y éticas muy concretas, a una historia…
– Pues… ¿Sería una interferencia, algo así como una intromisión en tu cerebro vacío? Bueno, no vacío sino con tus bancos de memoria bloqueados…
– ¿Una intromisión…? – repetí pensativo. – Puede ser… Un cerebro sometido a un cierto estado alterado de conciencia, ¿puede convertirse en una antena que capte trozos de memoria histórica del mundo? A lo mejor ese ha sido el propósito del accidente: la posibilidad de albergar los mensajes de aquel trozo de mundo antiguo.
– Pero, ¿con qué propósito?
– Tal vez una referencia, un punto de visión distinto de cómo se ven actualmente las cosas, la operación de introducir un testigo… pero, ¿con qué propósito…? Las decisiones del Directorio son a menudo difíciles de entender.
– Mm… ¿Te imaginas… – dijo de pronto Montserrat, interrumpiendo aquel hilo de reflexión entre ambos, porque era el preciso momento de hacerlo: – que ahora nos ocurriera un accidente como el que…? ¿Te imaginas que sobrevivimos los dos… sin recordar nada, amnésicos? ¿Seguiríamos atrayéndonos como ahora?… La amnesia, ¿perturba también la atracción sexual? – pero no pudo continuar su elucubración, la interrumpió de nuevo al altavoz.
– “Señores pasajeros, acabamos de tomar tierra en el aeropuerto de Estambul. La tripulación les da la bienvenida a Turquía deseando que hayan tenido un vuelo agradable y esperando verles de nuevo a bordo próximamente”.

El Antonov de las líneas aéreas turcas nos llevó de Estambul a Konia en más de dos horas. Ya en el aeropuerto empezaron los dos visitantes a entrenarse en el folclore local de los vendedores de alfombras, ese peaje que hay que respetar, pero no hacer caso y seguir el camino hacia el núcleo (en palabras de Ibn Arabi) que andamos buscando. Al principio tanto Montserrat como yo nos afanamos en multiplicar nuestra amabilidad para hacer ver a los vendedores que no habíamos venido a comprar alfombras y que no nos interesaba ninguna por bella que fuera. Craso error. Aprenderíamos a lo largo de la mañana que hay que hacer todo lo contrario, es decir no hacer caso. Incluso el taxista, cuando vio la dirección que yo le mostraba exclamó:

– “¡Claro, ustedes han venido a Konia a comprar alfombras!. Darvish Kardesler es uno de los almacenes más prestigiosos.
– Llévenos allá, por favor, sea lo que sea. – Y evité gastar inútilmente saliva con el taxista tratándole de convencer que no habíamos venido a comprar alfombras.

Inmediatamente a los buenos días le dije al jovencito que nos abrió la puerta de la tienda el nombre de quién nos enviaba. Este parecía no conocerle y nos condujo al piso de arriba a presencia del que parecía ser el dueño de la tienda, quien también en seguida nos dijo que la persona que buscaban estaba de viaje. Yo pregunté naturalmente cuando regresaba o como podíamos encontrarle, a lo que el hombre, después de hacer un gesto evasivo con la mano se dispuso a enseñarnos alfombras por el conocido método de desplegarlas una a una delante de los visitantes. Yo esperé por cortesía a que la sexta alfombra hubiera sido desplegada e insistí en que no era aquel el objeto de nuestra visita, pero como el hombre pareció no creérselo hizo falta que nos levantáramos de golpe cuando ya llevaba una treintena de alfombras desplegadas, y fuera yo directamente a espetarle a escasos centímetros de la cara del turco:

– Seyyed Hajji Jalal el Din me pidió que viniera a verle a Ud. para facilitarnos el contacto con Sheik Al-Akbar de Estambul. ¿Puede usted hacerlo o hemos de buscar en otra parte?.
– ¿Y ni por cortesía van a comprarme una alfombra? – repuso muy tranquilamente el turco.
– Ah, – enfaticé – ¿forma parte del ritual?
– Exacto.
– ¿También para los pobres?
– No, pero ustedes no lo son.
– ¿No le enseñan en su orden evitar presuponer las cosas? – repuse igual de rápido.
– Bueno… – el hombre dudó por fin – No sabía que ustedes quisieran entrar en la orden.
– Sigue usted presuponiendo.
– Es que…
– Yo le hice una pregunta muy sencilla y que me fue encargada por un miembro de su orden, ¿por qué nos hace perder el tiempo con alfombras?
– Es la costumbre de toda la vida.
– Pagar pleitesía – me volví hacia Montserrat – a lo cotidiano para buscar lo intemporal. Pues mire usted – otra vez hacia el turco – Seyyed Hajji no perdió ni un minuto conmigo cuando hablamos en Paris. ¿Ignora usted que el tiempo del planeta se esta acelerando?
– El tiempo… – el vendedor de alfombras pareció reaccionar.
– Quise decir la velocidad, ya que el tiempo, como los hombres de su orden saben, es pura creación mental para designar una mera comparación de situaciones.

En un trozo de papel finalmente y aún a regañadientes el vendedor de alfombras escribió el nombre del contacto en Estambul y una rudimentaria dirección, “La tienda de libros de Mamdouh Al-Mouslimani, en el bazar central”, volvimos al aeropuerto. Montserrat sin embargo me preguntó.

– ¿No vamos a visitar la tumba de Rumi?
– No me han dicho que hiciera eso.
– Pero estamos en Konia, y todo el que viene a Konia ha de visitar la tumba de Rumi.
– Otra vez, supongo. – repuse con un ligero encogimiento de hombros. – No forma parte de las instrucciones que tengo hoy.
– ¿No es obligatorio rendir homenaje al fundador de la orden de los Derviches Giróvagos?
– Rumi, como todos los maestros, está entre nosotros, como Cristo. La tumba solo es una reliquia que hay que visitar cuando es necesario, aunque también en el subsuelo de la tumba hay un centro de energía guardado y canalizado por algunos escogidos, pero eso es para otra gente, que no somos nosotros y que no tenemos instrucciones de visitar hoy. Puede que haya un vuelo a primera hora de la tarde y como es jueves podemos llegar aun a la ceremonia.

En efecto, encontramos la tienda de libros al fondo de uno de los callejones del gran bazar. Nos presentamos también con los saludos rituales y Yuksel, un turco joven, que no nos ofreció nada para vender, nos sirvió té de manzana al tiempo que encadenó con gran jovialidad una serie de preguntas sobre nosotros y de donde veníamos que parecía interminable, mientras nos indicaba que podíamos esperar allí mismo que él nos acompañaría a la “Escuela de Música”. Añadió que como el sufismo estaba prohibido por el Gobierno, incluso con un presidente musulmán, todavía, las “Hanaqa”, literalmente “tabernas” según la Tradición (reminiscencia del vocablo latino tabernáculo) debían ostentar en la entrada aquel rótulo de camuflaje, y los adeptos eran llamados, pues, alumnos de música tradicional.

En la entrada a la explanada de la mezquita del Sultan Ahmed, de camino a la Hanaqa, Yuksel se paró ante una de las fuentes de las abluciones para ofrecernos agua indicando en su inglés rudimentario que bebiéramos para empezar a recibir “baraka” (bendición, energía cósmica). A medida que nos acercábamos a nuestro destino, el joven turco fue saludando a los que iban confluyendo a aquel lugar, con el aire de ir preparando la gran fiesta semanal que iba a durar toda la noche. Sin detenerse compró por dos monedas un bonito pañuelo de seda y lo entrego a Montserrat con un gesto y la sonrisa de que debía cubrirse la cabeza. El resto, blusa ancha y vaqueros, estaba bien para una visitante del extranjero, aunque yo sospeché que solamente era el mensaje de Seyyed Hajji para Sheik Al-Akbar lo que iba abriendo puertas y facilitando accesos, y encontrando a cada paso la gente adecuada para que el viaje continuara sin obstáculos.

La ceremonia empezó al caer la noche y terminó con las primeras luces del alba, y se compuso de varias partes, hombres a un lado y mujeres en otro con algunos intervalos de reunión común para tomar té, comer pastas (bakhlava) y dátiles y compartir la experiencia. En uno de esos entreactos, que siguió a una larga ceremonia de danza circular, más de doscientos hombres cogidos por hombro y cintura alternativamente, marcando el paso que imponían los tambores y las largas flautas ney, bailando alrededor de un derviche giróvago con amplia falta y gorro en cono que ayudan a mejorar el equilibrio, Yuksel nos presentó al Sheik Al-Akbar quien nos recibió con la amabilidad y el interés usual de los maestros y nos ofreció cigarrillos americanos añadiendo que los prefería a los locales. Había otros extranjeros en esa reunión que tenía lugar en una de las salas centrales. Precisamente el Sheik acababa de explicar a un grupo de americanos que ellos no estaban obsesionados por la prohibición contra el tabaco, ya que cualquier cosa que entre por la boca ha de estar regida por el equilibrio de la mente, y que, aparte de que lo que hay que tener cuidado es con lo que sale de la boca no con lo que entra, tal equilibrio asegura la integridad de la salud. Y más importante aún, mencionó la celebre máxima de Paracelso, precursora de la homeopatía: Dosis sola facit venenum, “Nada es veneno y todo es veneno: es la dosis lo que hace que una sustancia sea veneno”, es decir cualquier materia saludable ingerida con voracidad o compulsión termina siendo el veneno más nocivo. Lo mismo puede decirse del trabajo, de la responsabilidad y de cualquiera de las virtudes que podamos imaginar, se convierten en venenos por la vía de la obsesión. Para corroborar lo del tabaco, en la sala había cuadros del moderno maestro fundador de aquella orden en la que sonreía medio oculta su cara por una gran bocanada de humo de cigarrillo. Añadió el Sheik que el cáncer se producía por un grave desequilibrio de la mente, no por el mero hecho de fumar. Uno de los americanos, escandalizado, comentó que los beneficios de seguir las enseñanzas espirituales de Rumi debían ser muy poderosos si no se daban casos de cáncer de pulmón entre los adeptos. El Sheik rió con ganas el comentario tomándoselo como un chiste y añadió que cada cuerpo genera las enfermedades que necesita para compensar los desequilibrios de la mente.

Eso fue una anécdota menor, comparada con la intensidad con que transcurrió la siguiente secuencia, una ceremonia vibrante en música y letanías entonadas por todos los presentes durante más de dos horas sin interrupción. Al final volvimos a sentarnos a la mesa del Sheik con otros invitados y nos dijo que estaba dispuesto a responder a todas nuestras preguntas; aquel era el momento de preguntar. Montserrat esperó a que los demás extranjeros y otros invitados hicieran sus preguntas y obtuvieran sus respuestas, y cuando el Sheik la miró directamente como apremiándola a hacer las suyas, ella se lo quedó mirando fijamente; los ojos enrojecidos por la intensidad de la ceremonia. Y por fin dijo con la voz pausada que yo conocía bien de las ocasiones en que había traspasado el velo de la realidad.

– Sheik… no tengo preguntas. Todo está perfectamente claro.

Su entonación fue tan firme y directa que llegó a turbar a aquel maestro capaz de conmover hasta la raíz del alma a más de cuatrocientos adeptos en una ceremonia que hacía temblar los cimientos de la gran mezquita. Otro silencio que regaló a los presentes con la serenidad de los tiempos sin tiempo, como antiguamente hubieran podido describirlo como la caricia de Dios sobre su imagen en el grupo de mortales. El Sheik sonrió finalmente como alguien que acaba de reconocer a un hermano bajando por la escalera del tren en una estación abarrotada de gente.

– ¿Cómo te llamas?
– Montserrat.
– ¿Qué quiere decir en tu idioma?
– Montaña aserrada. – Despertó a medias de su trance para explicar – Donde nací, Barcelona, a muchas chicas les ponen el nombre de la montaña sagrada. Un conjunto enorme de rocas cortadas a pico, como agujas, por la naturaleza, y donde desde hace muchos siglos habita una comunicad de monjes benedictinos y algunos ermitaños…
– Montserrat… – murmuró el Sheik – ¿Para qué querrá Dios una montaña serrada en agujas? ¿Acumular la energía? M… por el Principio de Faraday… Vaya. Pues menuda batería que tenéis en vuestro pueblo, – rió de nuevo – Podríamos instar unas antenas y nos dais un poco.
– Yo creo, – añadió ella después de que las carcajadas del grupo cediesen, – que aquí ya tenéis bastante energía.
– Ya… – murmuró el Sheik, después de otra carcajada, y pareció dudar en lo que iba a decir, pero lo dijo: – ¿Habéis oído hablar de los inmortales que soportan la continuidad de la Tradición? – Y añadió sin esperar respuesta – Uno de esos lugares esta bajo la tumba de Mevlana Jalal-el-Din Rumi, en Konia. Pero – se apresuró a añadir – si tenéis que ir a ese lugar día ya iréis; y ese día entenderéis claramente la señal.

Y no añadió nada más. Bebimos más té y comimos dulces de miel y avellanas. Pero el Sheik y yo cruzamos en silencio algunas miradas que probablemente ambos no sabríamos identificar ni tampoco nos hacía falta porque la transmisión seguía sus propios cauces, por supuesto independientes del intelecto.

A la salida, la gente se iba despidiendo al tiempo que saludaba al cielo que anunciaba el nuevo día, un hombre muy rico al que le esperaba un lujoso Mercedes ultimo modelo con chofer se abrazó calurosamente con un mendigo al que parecía conocer de toda la vida, y ese mendigo se abrazó a un hombre de traje gris, banquero, en cuya faz esculpida por la seriedad de su oficio aparecía la sonrisa de un niño al que acaban de regalar aquel juguete que había deseado durante años. Y el banquero abrazó a un rechoncho comerciante y este a un obrero portuario. Y las miradas francas, y el calor de los cuerpos y los tres besos en las mejillas eran el océano común por encima de los uniformes o condiciones sociales. Montserrat y yo bajamos a pie hasta la plaza de la mezquita de Sultan Ahmed y paseamos hasta medio día por los mágicos muelles del Bósforo confundiéndonos con la multitud que subía o bajaba de los ferrys, compraba en el mercado judío de especias, en el que un tendero sefardí habló en español arcaico a los dos visitantes y regaló un frasco de perfume de azahar que sacó de lo más recóndito de la trastienda, diciendo:

– En recuerdo de la época en la que habitábamos el mismo suelo, Sefarad, la Península Ibérica en hebreo, por supuesto, antes de los Reyes Católicos.

Más tarde, apoyados en la barandilla del Puente del Gálata, con el susurro de los restaurantes que hay en su interior, Montserrat se volvió hacia mí:

– ¿Qué viste? – comprendí enseguida que se refería a la ceremonia, y sin apartar la vista del mágico trozo de mar al que llaman “Cuerno de Oro” por su color dorado al atardecer, le respondí.
– Era un lugar desprovisto de edificios. Bailábamos sobre una especie de prado o sobre el mar, parecía lo mismo. Nosotros, los círculos de danzantes formábamos un remolino de energía que penetraba el suelo, fuera el que fuese, hasta profundidades insoldables y en el centro un potente destello de luz, el derviche del centro girando a la velocidad del viento. Luego el embudo se prolongó hacia arriba y muy deprisa se formó como una especie de ovillo gigantesco con aquella bola de luz en el centro, y los extremos del ovillo se fueron alargando indefinidamente en un espacio cada vez más inmenso, y el ovillo se fue agrandando hasta cubrirlo todo… – callé.
– ¿Eso es la Unidad? ¿Llegamos a formar la Unidad?
– Sí: Fuimos la Unidad… Quiero decir – tuve que precisar inmediatamente – que lo que yo vi no tiene importancia, solo es la forma que mi mente procesó aquel fenómeno; pude ver cualquier cosa, lo importante es la percepción, y esa misma percepción de la Unidad es la que tu también tuviste, como todos. Y no tiene ninguna importancia tratar de entenderlo intelectualmente…
– Cierto. Lo sentí con claridad aunque de otra manera. – Lanzó un largo suspiro para añadir – Siempre necesitamos interpretar las cosas en forma de milagros, de parafernalia fantástica, exotismo.
– Eso solo es lo anecdótico. Es nuestra incapacidad de aceptar la Realidad sin adornarla con lo sensacional.
– ¿Qué quieres hacer?
– Seguir el viaje contigo. No podría hacerlo solo; no tendría sentido.
– ¿Nos quedamos aquí? No hay muchas “Escuelas de Música” por Europa…
– La Unidad se puede vivir de muchas maneras.
– Pues, no sé… – protestó Montserrat – Han hecho falta casi cuatrocientos humanos, una banda de música, un jeque con una personalidad muy potente para montar todo esto, con que…
– Una vez has estado en la Unidad puedes repetirlo cuando quieras, donde quieras y como quieras, solo necesitas un acto de voluntad.
– Fe
– ¿Fe? – me volví hacia ella – No, voluntad. La fe es esperar ciegamente que un deseo ilógico ocurra. La voluntad es tener la confianza de que puedes producirlo, porque no es ilógico y porque ya lo has hecho, porque ya has estado allí. – Repetí – Porque puedes producirlo tú. La unidad supone la conciencia de que tú puedes estar y ser al mismo tiempo, y en el mismo lugar, y siempre que quieras. Es la transformación instantánea del estar en el ser gracias a un acto de voluntad sin esfuerzo.
– De acuerdo, compañero. Vamos… ¿Adonde?
– A averiguar quien es Dios.

Imagen: Miriana

QUINCE- EL VIAJE DE LA DIOSA

– ¿Montse?
– ¿Quién es?
– Esa es una pregunta difícil.
– ¡Cabrón, Hijo de Puta… Albert!
– ¿Estás bien?
– ¡Esa también es una pregunta difícil! ¿Qué quieres?
– Esta es la fácil: Volver contigo.
– ¿Por qué supones que va a ser fácil?
– Fácil la pregunta, el resto ya no lo sé. ¿Dónde estás?
– ¿Porqué voy a decírtelo?
– Porque no soy nada sin ti… – Como se produjo un silencio al otro lado, Albert continuó – He descubierto algunas cosas interesantes, pero sea como sea que funcione el mundo, no tiene sentido sin ti. Cuando estoy en el mundo, no duermo, no como, no vivo, si no estoy contigo. Luego salgo del mundo y es otra cosa…

No creo que Montserrat pudiera entender eso de que “cuando estaba fuera del mundo era otra cosa”, porque noté que estaba luchando por evitar verse envuelta en esos típicos comportamientos de mujer rencorosa, vulgar, provinciana de la gran ciudad, que se agolpaban en sus labios en forma de “¿Dónde crees que he estado todo este tiempo? ¿A qué esperabas para llamar?” O todavía peor, “¿Con quien has estado?”. Pero en lugar de tales sandeces y sin mediar demasiados instantes de silencio me sorprendió oír:

– Bueno, pues parece que tienes ganas de contarme todo eso, ¿no? ¿Lo quieres hacer antes o después de un buen polvo?
– ¿Estas en Le Havre?
– ¿Dónde coño quieres que esté? ¿Y tú?
– Un poco lejos… a tres horas de vuelo. – Y no esperé a que me lo preguntara. – Estoy en Argel.
– ¿Argel? ¿Qué se te ha perdido…?
– He de enseñarte algo.
– ¿Enseguida o nos tomamos algún día de… descanso?
– ¡Dios, como te he echado de menos! No puedes ni imaginártelo.

Montserrat me reveló que había estado esperando casi dos meses en Le Havre; yo había perdido por completo la noción del tiempo. Me pidió que fuera al hotel porque no se veía con fuerzas para irme a buscar al aeropuerto. Me dio el número de la habitación. Casi ni llegué a llamar a la puerta, me abrió completamente desnuda y me arrastró hacia la cama mientras me devoraba sin decir palabra. Yo tardé más en reaccionar, pero por supuesto ella se encargaría sobradamente de que lo hiciera. Después de un largísimo orgasmo se dejó caer de espaldas exhalando un ruidoso suspiro como su fuera el último y permaneció inmóvil mirando al techo. Poco a poco logró cerrar los ojos. Yo me la quedé mirando como el náufrago que contempla la tierra prometida por fin recobrada. Cualquier otra sensación que este mundo pueda provocar al ser humano jamás logrará igualarse a este tipo de orgasmos totales de una mujer que ha logrado hacer añicos al miedo a si misma.

Poco a poco, sin abrir los ojos fue balbuceando un largo monólogo que no quise interrumpir por nada del mundo.

– Caray, compañero. Le pones el alma en esto. Esa es la diferencia de hacerlo con cualquier otro. ¿Sabes? Cansada de esperarte estuve con otros hombres, fui a buscarlos. Me tiré a unos cuantos, pero amarte es… Uf… La mujeres estamos perdidas cuando un hombre ama como tu, entregando el alma sin reservas, fundiéndose sin miedo… Estamos realmente perdidas. Con la mayoría de las relaciones ocasionales es como follar al miedo y entonces es mejor masturbarse,… – Abrió los ojos para mirarme directamente – No me mientas, ya no lo necesito: ¿Vas a irte otra vez?
– ¡Qué va, compañera, qué va! Solo salí a buscar algo…
– Como el que sale a buscar un paquete de cigarrillos. ¿Lo encontraste?
– Sí… y también los cigarrillos.
– ¿Me invitas? Se me acabaron ayer.

A la segunda bocanada le dije:

– Quiero mostrarte algo.
– Espera, amigo mío, espera. Que una mujer tiene muchas necesidades, y una de ellas es hablar de sí misma.

Entonces empezó a relatarme su viaje. Se interrumpía para hacerme el amor o pedirme que le colmara alguno de sus caprichos o lo hiciéramos en alguna postura que se le acababa de ocurrir, pero volvía a coger el hilo enseguida.

Conduje de un tirón hasta Le Havre. He hecho más de una vez Barcelona-Paris deteniéndome solo para repostar. Pero aquello fue una carrera de locos persiguiendo a todos los demonios de la creación. No aminoré la marcha en ningún momento por más que en mi cabeza la jauría vociferaba frenéticamente: Nadie en su sano juicio podría creer una locura semejante aunque la viera en una película de la serie B. Pero no estaba dispuesta a volver al Palacio del Aburrimiento y la Mediocridad después de haber conocido el paraíso. Era como si la sangre no me cupiera en las venas. Voces que me machacaban: ¡Adónde vas! Ni siquiera te ha dado la dirección. ¿Qué vas a hacer cuando llegues? ¿Cuánto tiempo te vas a quedar, y haciendo qué? Su móvil sigue desconectado. No quiere que le encuentres. ¡Cuán bajo has caído! Tu que los tienes a docenas vas a ir a no se sabe dónde en busca de un asesino.

– ¡Sí, joder! ¿Y qué? – gritaba aún a riesgo de quebrar el cristal del parabrisas con la pasión de mis entrañas. – ¡Me importa una mierda lo que venga a continuación!

No llegué a romper el parabrisas, pero muchos de los fantasmas y muchas de las voces tuvieron que retroceder. Y es que cuando algo o alguien en este planeta invitan al cuerpo a vivir intensamente, todo lo demás es la muerte; la peor de las muertes, la muerte por querer asegurar que la vida no se mueva, que no corra riesgos, que todo quede bien controlado. Y durante el trayecto me vino también a la memoria, en algún instante de tregua, el recuerdo de tío Lucas. Al principio no pude hacer otra cosa que apartar de mí ese recuerdo, pero poco a poco, el mismo desenfreno con que estaba dando rienda suelta a mi vida, fue permitiéndome el paso a ese rincón tantas veces prohibido de mi infancia. Me costó decenas de kilómetros de autopista y el rugido del seis cilindros en V, pero por fin, los arrabales de Orleáns se difuminaron para permitir que sobre ellos se dibujara el marco de un paisaje maravilloso: Mi tío Lucas inclinado sobre las olas gobernando la embarcación con destreza y seguridad. Volví a ver su cuerpo musculoso, moreno, proporcionado, sus manos grandes y firmes, la timidez de sus transparentes ojos azules, sus cabellos rubios al viento y a la lluvia de agua salada. Y luego la sensación cálida de sus rodillas pegadas a mis pantorrillas, por la tarde mientras en su voz pausada me contaba historias de piratas y tesoros e islas de bucaneros y batallas y amores perdidos… como el suyo. Las brumas de la Dordoña vieron rodar gruesos lagrimones hacia lo más hermoso de mi baúl de los recuerdos, llamado corazón, y la garganta hecha un nudo, y el alma a presión por los poros como el vapor de una caldera a punto de estallar, y el vehículo lanzado hacia el otro lado del mundo. Encontrar grandezas o miserias solo es facultad del viajero, dependiendo de la “película” que lleve en su cerebro. “Somos lo que pensamos”, decía el viejo Sócrates, ¿recuerdas?.

De pronto me vi en plena plaza céntrica de Le Havre y el coche se me detuvo él mismo despacio, y él mismo empujó, suavemente hacia arriba mi pierna cansada para liberar el acelerador y quedar aparcado delante del “Hotel du Port“. Tardé aún bastante rato en darle la vuelta a la llave de contacto, e incluso cuando el motor se hubo parado el ruido de mi cabeza continuó imperturbable. La dejé caer sobre el volante y hubiera permanecido así, casi desmayada de no ser porque el mozo del hotel se me acercó para preguntar si me encontraba bien y si tenía reservada una habitación. Añadió que no importaba, cuando me volví para mostrarle mis ojos sin duda enrojecidos por el cansancio y la batalla, porque había habitaciones de sobras. Como una autómata me dejé acompañar, registrarme ante el mostrador y luego dejarme a solas en la habitación, tendida boca arriba sobre una confortable cama. El mozo evitó preguntar si quería que me trajeran alguna cosa del servicio de habitaciones porque mi expresión era más bien de quirófano que de whisky con hielo.

Me despertó un rayo de la mañana. No había movido la postura. Con la ayuda de una grúa imaginaria que tirara de mi espalda me incorporé para quedarme sentada mirando por le ventana. “Bueno”, me dije, “ya estoy aquí. ¿Y ahora qué?”. Había leído en más de una novela romántica de género inferior la de cosas que es capaz de hacer una mujer por su amado, pero aquella aún no la tenía en la colección. Y eso que mi aventura, o mi locura, solo acababa de empezar. Aquel rayo de sol recorrió un buen trecho en su habitual camino hacia el cenit cuando decidí incorporarme. Todas mis articulaciones crujieron como las jarcias de un velero, o como las junturas de un mueble viejo arrastrado sin cuidado. Continué con la vista hacia la plaza. No veía nada, solo un pedazo de mundo que no conocía lleno de gente que iba y venía, y que tampoco conocía, y el apremio de algo que hacer me impulsó a continuar moviéndome. De momento hacia el cuarto de baño.

La calle me pareció cualquier arrabal de Marte y los transeúntes poco menos que marcianos. Pero conseguí echar a andar. Hacia la tarde, en algún punto de mi particular exploración me di cuenta de que no había pensado en utilizar el teléfono móvil para llamarte, mi adorado asesino. Me metí en un bar y uno de mis fieles amigos, el estómago, no tuvo ni tiempo para temerse lo peor, porque se le vino encima como único alimento en muchas horas un gran trago de whisky de malta. Los otros compañeros de coro, garganta, visión, oído, etc., la mayoría de mi cuerpo, se estremecieron también durante bastantes minutos. Pero pensaron que debían acostumbrarse, porque aquel viaje me estaba provocando ganas de apurar la vida de un solo trago, especialmente después de escapar del encierro. No tardó en acercarse a la barra un tipo demasiado vulgar tratando de no se qué, a juzgar por el mar de dudas de su semblante. Me volví hacia él, me lo quedé mirando de arriba abajo y ni me tomé la molestia de ofrecerle siquiera una mueca de desagrado. El trago que yo necesitaba era un trago total, no a medias tintas. Se dio por sobradamente enterado y giró de talones para volver a su mediocridad. Bueno, ya sabes mi afición de ser cruel con los que no saben lo que quieren, que son la mayoría.

Por la noche cené en el restaurante del hotel. En mi cabeza iban ordenándose poco a poco los frentes de batalla, los ejércitos de demonios y ángeles parecían haber recibido la orden de replegarse a sus cuarteles de invierno y desfilaban ante mí haciendo cada vez menos ruido. Los contradictorios estandartes de “Volver a casa” y “Empezar a…” iban alineándose de forma que pudiera observarlos bien y analizar el porqué iba a tomar partido por uno o por otro de los ejércitos. Por la noche, tomando otra copa en el bar del hotel, se turnaron algunos huéspedes o parroquianos en aproximarse. No había pensado en maquillarme ni cambiarme de ropa, pero una pasa difícilmente desapercibida, ya lo sabes. Me habías dicho una vez que mi belleza era como si la luz del sol volviera a brillar en un día despejado de verano. Y ahora tú vas a añadir que como el sol está acostumbrado a radiar, no se sorprende al despertar admiración, simplemente sigue su curso hacia donde ha de ir. Y como lo dices sinceramente me provocas un deseo loco de follarte por todos lados. Pero aquella noche, aún después de haber abierto las sábanas y puesto el conjunto de dormir, conciliar el sueño resultó una infructuosa búsqueda a través de las interminables salas de un palacio abandonado, que ni siquiera se calmó mirando por la ventana al cielo para esperar la bienvenida de aquel rayo de sol que el día anterior anunció el nuevo mundo. Aunque en este día, ya no me iba pareciendo el mundo anunciado sino la misma cotidiana miseria. Me repetía con la insistencia de las letanías que.. “¿Qué importa si es un asesino el que te abre las puertas del paraíso?… o a lo mejor ha de ser precisamente un asesino el único capaz de hacerlo… “

Los estandartes de la batalla reaparecieron en otra forma. La excitación por el aroma de la fruta prohibida producida por la intranquilidad de que mi hombre fuera un peligroso asesino removía mis entrañas hasta el paroxismo, mientras que otra de las voces, la más sensata, machacaba insistentemente que un peligroso asesino no se comporta con su mujer en forma de un amante considerado, paciente, entregado y sobre todo tierno. La eterna contraposición entre la vida que reclama estímulos cada vez más prohibidos y la tierra que insiste en aferrarse a lo sensato, lo conocido, y crea leyes y normas, que la mayoría de las veces llevan al aburrimiento y la mediocridad.

A media mañana luché nuevamente contra la abrumadora decisión de salir de la habitación. Ya que la alternativa de usar el móvil me pareció muy vieja y gastada, aunque no por ello pude evitar mirar con atención aquel pequeño aparato que había contribuido a cambiar tan profundamente las costumbres de la sociedad del tercer milenio, y me sorprendí a mi misma saboreando la sensación del abismo entre la decisión de emprender aquella alocada aventura y la vacilación en marcar de una vez aquel número…

Por fin marqué el número: Desconectado.

Seguí durmiendo mal, me revolvía entre las sábanas, y finalmente la agradable sensación del roce de mi cuerpo en ellas empezó a provocar la imaginación de ser abrazada e inmediatamente apareció en la imagen de mis sueños alguien que me acariciaba, que me tocaba. Poco a poco las neblinas de mi imaginación fueron tomando forma de algún personaje masculino mostrando algunos de sus atributos, grandes manos que me acariciaban con ternura, firmes pero sin presionar, el recuerdo de la electricidad recorrer la piel, el aroma de hombre, unos ojos que me miraban con deseo, recorriendo todo el cuerpo inflamándolo. En sueños me sorprendí de que aquel no era tu rostro, Albert, sino otro. Poco a poco fue formándose la imagen de tío Lucas pero completamente desnudo moviéndose a mí alrededor, acariciándome y enardeciendo el deseo cada vez hasta el paroxismo. Unas manos, que eran las suyas, comenzaron a acariciar los labios de la vulva en la ascensión al paraíso, pero conforme flotaba cada vez más alto el rostro de tío Lucas se iba transformando en el de un monstruo, un verdugo, un sátiro demoníaco con los ojos enrojecidos por la perversión. Y contra mayor iba haciéndose la ferocidad de aquella expresión en mi mente más rápidos eran los movimientos de mis dedos, hasta que la visión de ser penetrada hasta el fondo de mis entrañas por un enorme falo de macho cabrío hizo estallar los cielos y eclipsar el universo para abrir las puertas a la gran mansión del otro lado del velo, allí donde ya no puede alcanzar la cultura ni sus inhibiciones, ni sus prohibiciones, ni sus contradicciones.

Después de la larga masturbación quedé inmóvil hecha un ovillo, encogida. En mi mente permanecía con insistencia aquel horrible rostro transformado de tío Lucas. ¿Por qué? Tío Lucas tenía el rostro de apóstol o de santo mártir. ¿Por qué le había puesto aquella máscara de las tinieblas? Me arrastré hasta el cuarto de baño, intenté ducharme, pero el agua que salía del grifo me pareció sucia, como si aspirara directamente de las cloacas.

El rayo de sol amigo volvió a rescatarme al amanecer. Bajé a la calle sin apenas arreglarme. Necesitaba que el aire fresco de la mañana despejara las costras de angustia agarradas a mi piel durante la tormentosa noche. Pero no pude apartar la imagen de monstruo demente que me había poseído. Las templadas brisas de la tarde me sorprendieron en la terraza de un bar frente a los malecones donde barcos de pasajeros cargaban su hormiguero. ¿Porqué no subirme a uno de ellos fuera a donde fuese? No me moví, me faltaba el estímulo para arrancar a andar hacia otro lugar que no fuera a aquel donde había decidido encontrar a mi hombre. Curiosamente, pensé, las fantasías más efectivas para provocar mis masturbaciones no llevaban tu imagen sino máscaras horribles fundidas en la piel de la cara de los hombres que habían soñado con amarme. Hasta tal punto se sentía anclada a aquel lugar, destino propiciatorio de mi viaje, que ni siquiera pensé en llamar a mi psicóloga para pedirle hora para la semana que viene. Escenifiqué la consulta con pelos y señales. Me di cuenta de lo que había ocurrido: Tan brutal fue la prohibición de reconocer las sensaciones que despertó el contacto con tío Lucas que lo había transformado en monstruo.

– Vaya… – murmuré hacia el muelle – Una cosa he ganado, ya no necesito psicólogos; lo puedo hacer yo solita.

En personas normales abrir las puertas de la mente solo es cuestión de querer hacerlo. Pero para ello hay que traspasar las innumerables barreras de la auto-censura, y no tener miedo a lo peor. Aunque en definitiva esas oscuras profundidades que tanto nos aterran y que nos resistimos a mirar de cara, no son otra cosa que imposiciones irreales, prohibiciones imaginarias impuestas por la cultura. ¿Por qué no iba a experimentar sensaciones agradables una niña de nueve años al contacto con la piel de otra persona? Me dije. Es la calificación de tales sensaciones lo que las hace prohibibles. Las células sensoriales de nuestra piel simplemente transmiten impulsos eléctricos a nuestro cerebro, y es precisamente lo que la educación y las primeras experiencias han almacenado allí lo que crea los fantasmas.

– … Nada más. – Añadí en voz alta. – Todo es una pura mentira. – Y de pronto noté como mi rostro se crispaba y con una mirada de fiera hacia cualquier parte, grité: – ¿Dónde coño estás Al? Ya no aguanto más.

Durante la tarde volví a probar varias veces por el teléfono móvil, inútilmente. Y por fin aquella noche decidí salir en busca de un hombre que substituyera a los monstruos culturales. Me pareció una solemne cobardía recurrir a la masturbación.

Supongo que a alguien en el fondo de la barra se le antojaría mi entrada en el bar como la del pistolero en una taberna del Lejano Oeste. Plantada en jarras a un paso de la puerta con la mirada panorámica de fiera hambrienta. No tardé en escoger mi presa: el típico ligón de oficinistas, vestido a la última moda barata, peinado imitación a presentador sex-symbol de televisión, etc., y que no pudo resistirse ni los indispensables quince minutos para terminarse la bebida y preguntar de qué país procedía mi acento francés, Noruega, respondí.

Con o sin orgasmo propio encadené sin dejarle tiempo a recuperarse, una eyaculación tras otra, usando las más variadas técnicas, muchas de las cuales aprendidas de mis propias fantasías húmedas. Hacia la madrugada el tipo protestó:

– ¿Es que quieres matarme?
– Eso parece, ¿no? O resulta que no eres tan macho como quieres hacerte creer.
– Lo que tú pides no tiene nada que ver con ser macho. Vete a la mierda.

Y salió corriendo como alma que persigue el diablo. Yo traté de echar por la ventana mis insatisfacciones, para quedarme con el placer de haber hecho por fin lo que siempre quise hacer en un bar de alterne, dejar el orgullo machito por los suelos con las armas contra las que jamás él podrá luchar. Y es que a una mujer no se la conquista con el falo. Eso para ella es solo un juguete. A la mujer se la conquista con el alma, pero para ello el guerrero ha de tener alma. Y para demostrármelo, ya en la habitación, de pié frente a la ventana dejé que mi cuerpo y mi alma fueran arrastrados por sus propios sentidos pensando en Albert, mi peligroso asesino.

Con los brazos en cruz agarrando el marco de la ventana por ambos lados, completamente desnuda para que la brisa acariciara bien cualquier pliegue de mi piel, empecé a balancearme y cerré los ojos, y fui cortando uno a uno todos los hilos de cualquier control. Poco a poco las sensaciones se hicieron tan intensas que iban recorriendo mi cuerpo; el placer mandaba. Contraía los músculos de la vagina como si algo me poseyera y así, una y mil veces el placer enloquecía todo mi ser. Vino en mi ayuda, aunque tal vez no me hiciera falta, tu recuerdo y sentí tus labios, dientes y lengua recorrer con aquella dedicación tan tuya la entrepierna y sobre todo entretenerse, como si todo lo demás se hubiera eclipsado, en los infinitos pliegues de la vulva, mordisqueando el clítoris y sorbiendo como sediento náufrago el manjar de dioses de sus entrañas, que cambia de sabor con la excitación. Nada me acariciaba físicamente. Solo las sensaciones me envolvían, y en ellas tú me abrías las puertas del paraíso en un éxtasis continuo. Más pronto de lo que hubiera supuesto la mente empecé a sentir los cortocircuitos del orgasmo. El mundo empezó a quedarse en blanco a oleadas, cada vez más intensas mientras aquellos mordiscos imaginarios arrancaban sensaciones de los pliegues de mi cuerpo y me sentí de pronto arrastrada con los empujes de un enorme geiser hirviendo hacia el cielo. El mundo, la racionalidad, las miserias de lo establecido, las cadenas de la cultura se pulverizaron en aquella muerte sublime. Ya sabes porque los griegos le llamaron “orgasmo”, literalmente “muerte”, a aquel estado de éxtasis. Ni me preocupé en pensar que algún sirviente del hotel asustado por mis gritos pudiera entrar con su llave maestra en la habitación. Supe que había traspasado una vez más el velo de lo irreal y entrado en la dimensión de los seres divinos. Los griegos llamaron “semidioses” no solamente a seres venidos de otros mundos si no a seres de éste que se diferenciaron del resto de los mortales.

Hubo otros hombres, y para completar esa incipiente colección de despecho hacia lo establecido por las normas culturales, llegué incluso a apuntarme a un prostíbulo, como puta, que terminé dejando cuando las miserias humanas estuvieron a punto de hacerme perder mi fe en la vida, y también en mi compañero de viaje, mi asesino desmemoriado que debía estar en alguna parte de la frontera entre sus propios sueños y los de los demás. Dar de comer a miedosos y mediocres, dejó de estimularme muy pronto.

En este viaje pude comprobar con creces que la fidelidad no se alimenta de sexo ni se viola haciéndolo con otra persona, porque apenas me había adormecido, cuando en sueños oí una llamada telefónica que me iba a aportar la prueba de ello. ¿Otras más de los papás preguntando si estoy bien o si me falta dinero? Soñaba que andaba por un callejón lóbrego y al fondo el teléfono de una cabina sonaba sin parar. Quise echar a correr, pero el embotamiento de los sentidos que produce la deformación onírica me lo estaba impidiendo, andaba despacio a pesar de que quería echar a correr. Por fin, mucho más pronto de lo que había supuesto me vi ante la cabina y el auricular en la mano. Por más hombres con que yo hubiera entretenido mi apetito o más mujeres con las que tu hubieras hecho lo propio, al oír tu voz supe que yo seguía siendo tu mujer y que tú eras mi hombre, y supe que la fidelidad es algo mucho más profundo que comer por unos momentos en otra mesa, diga lo que diga esta o aquella cultura. La fidelidad es algo que se lleva en el alma, no en el cuerpo, y se mantiene solo con sinceridad, sea lo que sea que hayas de explicar a tu compañero; precisamente por eso, porque le puedas explicar absolutamente todo y que con él puedas salirte del teatro de todos los días porque seguirá siendo tu compañero. A quien has de ocultar algo nunca será tu compañero, tan solo tu marido, y eso no es nada.

CATORCE – LOS MENSAJEROS DEL VACÍO

Para evitar ser reconocido en el aeropuerto embarqué en una gabarra que se dirigía a Le Havre, en la costa francesa y me di perfecta cuenta de que mi propio proceso, o algún interno resorte, me empujaban a olvidar Irlanda y a Sean O’Flagherty. Aunque más bien no se trataba de olvidar, ya que precisamente acababa de recordar, sino en realidad de cambiar de vida. Un accidente había alterado el curso de la representación teatral y me dio la oportunidad de cambiar de guión. Pero me pareció más que eso: La forma tan rápida en que decidí dejar atrás mi vida anterior sin apenas vuelto a ella, me sugería algo parecido a que ya se hubiera terminado ese ciclo, llegado a la última secuencia de un rito, o al último acto de una obra teatral y otra cosa distinta estaba asomando a continuación por el encuadre del mundo. Cada vez con mayor fuerza se materializaba la sensación de que “algo” me seguía de cerca, una veces a unos pasos de mí, otras en mi interior, otras a distancia, pero que no renunciaba a que notara su presencia como si quisiera despertarme y que averiguara qué estaba ocurriendo en realidad, o mejor dicho detrás de lo que yo conocía por realidad, y ese “algo”, para cumplir tal propósito, parecía haber cambiado el guión o “me habían dado la oportunidad de hacerlo”. Sin duda, porque cada vez con mayor claridad Sean O’Flagherty se iba alejando del plano presente para quedar recluido a un ejemplo de Complejo de Edipo mal reprimido típico de un manual de psicoanálisis.

Durante la travesía por el Canal de San Jorge y luego por el Canal de la Mancha, volvieron a aparecer las voces en la “pantalla” de mi mente, pero a mi Ulises interno no le hizo falta que lo ataran al mástil de su nave, porque había aprendido a desentrañar sus contenidos. Por cierto que la gente de antes del Siglo XX debió decirle de otra manera en lugar de “pantalla” de la mente. O bien podía ocurrir que por alguna razón las cosas en el planeta Tierra se estaban acelerando de tal forma que “alguien” permitió a la humanidad acceder a los entresijos de la cibernética y la física de las sub-partículas para comprender mejor la realidad: los seres humanos como conjuntos de impulsos eléctricos (o intercambios materia-energía) al servicio de o funcionando por la dirección de entes de otro estado energético superior. Por todo ello y por lo que me había ocurrido, tuve la percepción de que mi vida debía acceder a otro nivel de información y recapitulé lo que tenía hasta ese momento, que se reducía a la conciencia de que el mundo tal como lo conocía y los habitantes del planeta podían no ser reales y solamente producto de una ilusión de los sentidos, y también experimentaba la necesidad mantener todo lo posible la “conexión” con ese “algo” que podía estar fuera del mundo o dentro de mi, como los mensajeros del cuento del “Hijo del Rey” a quien su padre ha de ayudarle a rescatar la memoria de quien es después de haberlo enviado a ese lugar de sus pruebas.

Una vez aceptado que el mundo donde vivía (una interpretación amplia del mensaje de Cristo que rezaría “Mi reino no es de este mundo”) podía ser otra cosa de lo que pensamos que es, recordaba aquel enigmático mensaje del portador del Grial: “El conocimiento sirve al portador para que pueda servir a los demás”. En el grabado del anticuario, Perceval es portador de conocimiento que irradia al Rey para su propia sanación, que irradiará a sus súbditos, así como de la tierra misma, para la sanación de estos. Parecía que una vez el portador fuera adquiriendo conocimiento y este irradiaría a los demás, y que de eso no cabía preocuparme. Con lo cual todo se resumía, pues, en adquirir el conocimiento como servicio, como expresión última de Amor universal. El Conocimiento como servidor del Amor. Pero ¿por qué canal? O lo que es lo mismo ¿cómo conectarse? O también, ¿cómo abrir la conciencia para que se conectara lo que debía conectarse, ya que el resto fluiría por sí solo?

Al desembarcar en Le Havre me asaltó una visión similar a la del callejón cuando salvé de milagro mi vida, solo que esta vez el efecto fue global. Al bajar de la pasarela y poner el pie en el muelle la visión se desenfocó de pronto: el cuadro de la explanada llena de gente llevando cosas, conversando, parándose ante esta o aquella tienda, discutiendo un precio, intercambiando una mercancía o tomándose algo en la terraza de los bares, se convirtió en una acuarela reducida a claroscuros en ocres, sienas y pasteles de limitados tonos, igualmente como la vez anterior, como una fotografía sobre impresionada en la que los matices han desaparecido. Este efecto me permitía clasificar los movimientos de la gente en grupos y asociarlos entre sí, hasta descubrir que las conductas eran casi copiadas unas de otras, reproducidas exactamente ante esa tienda o en aquel extremo de la plaza. Los gestos, las palabras, aún sin oírlas, los tonos, las expresiones, los gestos de las manos, ejemplificando un desacuerdo, enfatizando sorpresa, un saludo, ira, desdén, podían reproducirse exactamente, una y otra vez, como en un teatro de autómatas. Me vi pues en un enorme circo donde se representaban varias escenas de la conducta humana y lo que me sobrecogía no era la ausencia de color o distinción de matiz sino que aquellos conjuntos de marionetas parlantes no eran otra cosa que la vida mundana, de la cual yo mismo formaba parte. Me dije que tal descubrimiento debía producirme terror, sobrecogerme mucho más allá de la “insoportable levedad del ser”, que se descubriera a si mismo Milan Kundera, y sin embargo algo se había desconectado en mi cerebro para que tal evidencia me estuviese produciendo el efecto contrario: La paz. La vida de un niño de seis años truncada violentamente por los mismos asesinos en los que él se iba a convertir, teniendo como único refugio un grabado en un libro de historia de escuela secundaria, hasta que otro acontecimiento violento me fue a dar la medida de lo absoluto: adquirir conciencia de la relatividad.

Poco a poco el color volvió a la escena y empecé a distinguir los detalles, los matices de color, las texturas y los acentos diferentes entre una persona y otra. Son los detalles los que diferencian una superficie de otra; dos autómatas pueden convertirse en dos seres humanos sin más que profundizar en las texturas y color de sus pieles, su detalle, el movimiento, el olor, su propia radiación personal, pero los gestos en cada esquema de conducta son idénticos. Me dije que de no ser por aquellas vibraciones que procedían de algo inidentificable dentro de cada ser, perceptible al entornar los ojos para producir aquel efecto de desenfoque, apenas se distinguirían los seres humanos de sofisticados autómatas ejecutando conductas programadas. Una mujer discutía acaloradamente con otra que, a pesar de estar de acuerdo con ella, parecía el blanco de sus ataques acerca de algo relativo a las costumbres de cierta comunidad de vecinos, y seguía vociferando como si quisiera degollar a gritos al hipotético agresor. Me fijé en ella porque se sentía agredida por ese enemigo imaginario, filosófico, enraizado en los condicionamientos infantiles de su “sombra”, tratando desesperadamente de liberarlos con la búsqueda de culpables fuera de sí misma; inútilmente. En otro grupo, un hombre le increpaba a quien parecía ser su colega y amigo porque aquel año el equipo de Francia iba a perder irremisiblemente el torneo de rugby de las Cinco Naciones, como si aquello fuera a provocar la mayor de las tragedias para su familia. Otra mujer, en otro grupo de personas, con argumentos muy distintos ejecutaba una conducta absolutamente similar: Necesidad obsesiva de dar exagerada importancia a las pequeñas y efímeras cosas de lo cotidiano. La psicología de la conducta estudia precisamente en esa parte del comportamiento humano, esquemas de conducta moldeados por los condicionamientos culturales que aprisionan a las personas dentro de unos determinados patrones o marcos de referencia, pero yo podía verlo directa y físicamente con esa insólita facultad que había adquirido. ¿Qué podía significar la posesión de aquella facultad? ¿Para qué? Incluso podía distinguir que las personas concurrentes a una determinada actividad tenían algo en común incluso en los rasgos de la cara y la expresión. Los comerciantes parecían alimentados por el mismo combustible o esculpidos sus rostros para ofrecer un abanico de expresiones muy similar, incluso constante, que les diferenciaba de otro grupo, por ejemplo aquel de los estibadores, o el de los empleados, etc. ¿Para qué necesitaba yo que mi vista dibujara físicamente en la pantalla de mi cerebro lo que había sido estudiado de antiguo en forma de tratados filosóficos o recientemente socio-psicológicos? Las grandes obras teatrales se basan en ese efecto, tanto para satirizarlo, dramatizarlo o denunciarlo, y en el escenario actores de carne y hueso ejecutan puntualmente esas conductas convertidas en guión. ¿Qué ocurriría si el espectador, al subir el telón para presenciar una solemne obra de Shakespeare, se encontrara con un guiñol de sombras chinescas en lugar de los actores?

Probablemente si me hubiera asustado de aquello, esa facultad se habría desvanecido y mi visión volvería a los limitados esquemas del ser humano, pero en lugar de retroceder, mi enorme curiosidad me hizo sentirme cómodo con aquel descubrimiento contrario a la lógica de lo cotidiano, y esa comodidad me permitió no solamente seguir gozando de él sino desarrollarlo. Es conocido que a la mayoría de los seres humanos les asaltan por breves momentos estados alterados de conciencia que les permiten acceder a niveles de percepción extra-ordinarios, pero el ser humano se asusta ante la percepción de lo extraordinario, y esos estados retroceden hasta desaparecer. Lo cual incluye momentos de intuición en los que se ve claramente que el tiempo es solo una creación mental, etc. No se trata solo de elucubrar intelectualmente que somos capaces de imaginar lo que sea, sino que es una percepción clara y física de la realidad, el verdadero mundo en el que vivimos esta ubicado en otra dimensión independiente del concepto del tiempo tal como lo entienden las claves culturales de los colectivos humanos en general. Es un instante en el que nos percibimos a nosotros mismos como espectadores de nuestro propio actuar y nos vemos metidos en un mundo de ficción en el que las dimensiones que creemos reales solo son producto de nuestra creación mental. Luego volvemos a ese mundo, pero habiendo visto su verdadera dimensión. Pero en general el ser humano se asusta de esas visiones y corre en busca del refugio de la lógica en forma de una explicación neurológica coherente con la cual tranquilizarnos. Sin embargo yo no me asusté, y con aquellas visiones empecé a tener conciencia, de forma muy lenta pero progresiva, del papel transitorio de la encarnación. Al poder verme a mí mismo como una creación mental moviéndome dentro de un mundo que se puede aislar para analizarlo como ocurre con las escenas de una representación teatral, entonces todo concepto de angustia, ansiedad, fobias, y otras formas de miedo quedan reducidos a meros atributos del rol que le ha sido asignado a este o aquel actor. ¿Sería ese el secreto de la felicidad? Tener conciencia de que los deseos y angustias, anhelos, la misma soledad, etc., no son más que características del personaje que estamos representando y que el mundo es lo que es, a pesar de nosotros. Bien, pues a lo mejor es necesario dominar el miedo a tener conciencia de que solo somos eso: Actores representando un papel en un escenario de cartón-piedra que al habernos identificado demasiado con el personaje nos parece real.

Iba saboreando mi café enfocando y desenfocando la escena cuando se me ocurrió introducirme a mí mismo en ella, y para lo cual tuve que rescatar de mi mente mi vida anterior al accidente y el ejercicio fue bastante significativo porque empezaron a aparecer, como en un cortejo antiguo, o algo parecido a la escena central de una película de Federico Fellini, los personajes que ya creía haber olvidado, mis compañeros de comando, los delatores, confidentes de la policía, los vecinos, algunos familiares, mi madre, mi padre…, y entonces entraron en juego las emociones, y todo lo que era relativo, provisional, pura creación mental se convirtió en realidad única y aterradora. El actor había entrado a escena por la vía de las emociones y se estaba implicando en ella. La representación teatral dejó de serlo para convertirse en única realidad, y esa ficción poseyó a mi persona hasta hacerla sucumbir a lo cotidiano. Hizo aparición el fantasma, “la sombra”, como yo mismo la había bautizado, especialmente en Montserrat, y entonces recomenzó mi propio proceso ante los aterrados ojos del espectador cuyo espectáculo lo estaba envolviendo para devorarlo. Mi propia sombra, creación de un asesino y de su venganza interminable, por las razones imposibles de la escena cotidiana, en la que la guerra se alimenta de sí misma y no nace en otra parte más que en la confusión que aprisiona la conciencia de la especia humana.

A los pocos minutos de levantarme de un salto y echar a correr ante la sospecha de que alguien me vigilaba desde el otro extremo de la plaza, estuve a punto de matar otra vez.

Fue tan brusco el salto desde el patio de butacas para meterme en mi papel como si fuera real, que al momento de enfocar los detalles del resto de personajes, me pareció que uno de los clientes que ocupaba otra mesa en la terraza de aquel bar no había dejado de mirarme fijamente. Dejé el importe exacto de la consumición sobre la mesa y eché a andar calle arriba. Es difícil cambiar de vida llevando al fantasma a cuestas, me dije, o lo que es lo mismo, ya puede uno retirarse a un monasterio de los Himalayas, allá donde moran los inmortales, que si uno no es capaz de destruir su propio fantasma no le habrá servido de nada. Ese viaje, por largo, exótico o peligroso que pueda ser, siempre termina en el mismo sitio, en el punto de partida, en casa, en uno mismo, se encuentre donde se encuentre y haya viajado a donde fuere. Viajamos siempre muy lejos, para terminar en casa, en uno mismo.

A lo largo de una caminata de varias travesías no dejé de reconocer que aquel que me seguía debía ser un inexperto o le habían encomendado la misión demasiado pronto, porque no hacía absolutamente nada por desviar mi atención o disimular que me seguía. Finalmente lo embosqué en una vulgar portería, e iba ya a descargar un golpe mortal en la yugular cuando me detuvo algo insólito: sonreía como el monaguillo que por fin ha recibido la iluminación. Desde luego quebró el semblante al ver mi puño lanzarse como un relámpago hacia su cuello, y se le quedó helada la sorpresa en pleno rostro cuando paralicé a tiempo esa arma letal. Faltó menos que un fugaz pensamiento para matarlo. No pude hacer otra cosa que gritarle:

– ¿Por qué demonios me sigue?
– Mais… ¿Antoine?… Oh! Pardon, excusez-moi… je suis absolument dessolé. Je croyais que vous étiez… – giró de talones y salió corriendo calle abajo ajustándose el ridículo corbatín y los faldones de una chaqueta muy extremada.

Falta de entreno. En otro tiempo, ya desde el instante en que noté que me miraba mientras aún estábamos sentados en la terraza lo habría descartado como un posible enemigo. Muy probablemente era un viajante de comercio, muy pulcro y puntilloso, probablemente homosexual, que había creído descubrir en mi a un antiguo amante. Me sobrecogió un pánico de leyenda el pensar que había faltado tan poco para que lo matara; con qué facilidad había aprendido a quitar la vida. Debía huir, me dije, pero en el mismo instante supe que solo podía huir de mí mismo y para eso no hace falta dar ni un paso. Pero como huir de uno mismo sin moverse de sitio es extremadamente difícil eché a correr por aquella misma calle en dirección contraria de la que había tomado mi frustrada víctima un instante antes. Me vi en la estación subiendo a un tren cualquiera, perseguido por la furia asesina del peor Sean O’Flagherty volviendo a aquellos tiempos en que huir era la actividad cotidiana. El miedo al irlandés me aterrorizó de tal modo que no se me ocurrió otra cosa que despedirme de Montserrat por el teléfono móvil:

– ¿Qué me estás diciendo? – repitió ella por tercera vez y ya a voz en grito.
– Soy un asesino, Montse. Un peligro. Hace cuatro días maté a un hombre… claro que de no haberlo hecho ya no te estaría hablando. Pero hoy casi mato a otro por equivocación… No puedo permitir que estés conmigo. No sé adónde voy a ir ni lo que voy a hacer…
– Espera, espera, compañero. – Insistió Montserrat – Habíamos quedado en algo, ¿no? Ahora ¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido que de repente quieres desaparecer?
– No puede ser. Montse… – insistía yo, pero cada vez más quedo, y como una última concesión, más a mí mismo que a ella, añadí – Dame tiempo…
– No puedo, Albert. No puedo esperar un segundo. Cuando has empezado a vivir ya no puedes volver atrás. La vida te arrastra, amor mío. No voy a quedarme en este mundo mediocre construido por todas las formas de miedo. Le tengo terror a volver a tener miedo. ¿Dónde estás?
– Le Havre…
– Voy para allá. Te encontraré. Cueste lo que cueste. No tengo nada mejor que hacer.
– Montse, cielo, amor mío, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida, lo único por lo que ha valido la pena vivir, y te debo eso. Has abierto para mí un mundo que no conocía. Me hiciste entrar en el paraíso. No puedo permitir que te ocurra nada.
– Salgo dentro de una hora. Hace días tengo hechas las maletas, con que…
– Montse: No podrás encontrarme. Si la Interpol no puede…
– Tú verás lo que haces. Llevaré el móvil y voy para le Havre. Si no estás ahí seguiré buscando hasta que te encuentre. Ah, y ya sabes, no hay otra mujer como yo.
– De eso estoy seguro, porque si no la hubiera ya la habría inventado.
– … Como hacen todos.

Tuve que cerrar los ojos, embargado por la intensa emoción que me llegaba de aquella guerrera que había decidido vivir. Pensé que probablemente el destino nos había separado y que debíamos seguir el camino cada uno por nuestro lado, y quedaba todavía un buen trecho. Por supuesto yo no me veía capaz de vivir una vida normal, especialmente después de comprobar que eso no era más que una película de serie B. Lo había comprobado en Belfast al matar a aquel pistolero de forma tan diestra, y en mi propio comportamiento en las cosas más cotidianas. No era de los que en una organización terrorista se consideran “quemados”, es decir irrecuperables para una posterior conversión a la vida en paz, podía vivir sin el recurso a la violencia; lo sentía dentro de mí. Pero el fantasma de Sean O’Flagherty, recién descubierto se me antojaba demasiado grande y poderoso, y mis motivos aún estaban lejos de ser aplacados. La sed de venganza por la estúpida muerte de mi padre se realimentaba, como todas, a sí misma, como el náufrago que no tiene nada más que agua de mar para beber. Mi madre trató en vano de convencerme que mi padre había ido a aquellos grandes almacenes para comprar una herramienta que necesitaba en su taller, no el juguete que yo con tanta insistencia le había pedido. Pero trató de convencer al Sean de 25 años, con varios asesinatos a su espalda. No atinó lavar aquella confusión del cerebro del Sean de 6 años, que aún hubiera estado a tiempo a asimilarlo. Crecí con el sentimiento de culpa de haber llevado a mi padre a la muerte, y como la mayoría de impulsos terroristas fue transfiriendo a los demás el odio hacía mí mismo. Y tan grande fue creciendo ese odio que necesité el asesinato para calmarlo, pero como ocurre siempre, lograba calmarlo solo de forma provisional, ya que la violencia solo se alimenta de violencia, y solo engendra violencia.

– Montse… – murmuré después de sentarme como un fardo sobre el suelo del compartimiento. – Nunca podré querer a nadie como te quiero a ti. He pasado un sueño maravilloso que ha durado dos años. Pero yo no soy Albert Brein. Ese solo es el nombre de un pasaporte falso.
– ¿Y qué me importa a mí el nombre? – añadió al cabo de unos instantes, para enlazar con mi largísimo silencio. – ¿Qué me importa lo que seas para esa gente o para nadie? Yo sé muy bien lo que eres para mí, y no voy a renunciar a ello. No me importa lo que pase a continuación.
– No sabes lo que dices, Montse.
– Sí, sí lo sé. Ya lo creo que lo se, amor mío. Sé lo que he sentido contigo, cuando he podido vencer el miedo al placer. Sé lo que siento ahora ¿Te me imaginas volviendo a calentar el asiento de esa puta fábrica que odio, sin saber nunca cual es mi sitio en la familia ni si en realidad quiero ningún sitio en ella? ¿Me ves otra vez fingiendo interés por alguna de las mediocridades elegantes y bien controladas de nuestra sociedad distinguida? ¿Te me imaginas volviendo otra vez a representar la comedia de todos los días, después de haber probado lo que es la vida?
– La vida… – murmuré. “Se le pasará”, pensé, “aunque las leonas enamoradas son peores que los más feroces guerreros. No se les pasa nunca y no se rinden. Esa es su grandeza”. – Montse…
– Dime.
– Llevo encima la muerte de mi padre, y de otros, aunque de algunos no me arrepiento. No podría soportar la tuya, si te ocurriera algo.
– Últimamente, amigo mío, no puedes soportad nada. ¿Qué se ha hecho de aquel gigante que me rescató de las mazmorras del palacio de oro?
– Desvanecido… por completo. No era de este mundo. Era solo un robot sin programa, un experimento de la naturaleza… Un accidente.
– Sabes que no es cierto. Sabes que lo has vivido y ya no se te puede borrar.
– Yo ya no sé nada… – mi voz era apenas audible al otro lado de aire.
– ¿Por qué no lo hablamos cara a cara?
– No podría. Te me follarías por todos los lados como una legión de ángeles y volveríamos a empezar, y ya no podría deshacerme.
– En eso tienes razón, porque tengo el cuerpo que…

Nos interrumpió el sonido de la batería agotada de mi móvil. Supe con absoluta certeza que Montse no iba a dudar un instante. Se vestiría la chaqueta de cuero, cogería las dos maletas que había hecho días atrás y saldría de Barcelona a toda velocidad. Sabía que el viaje era incierto, y aunque todos los viajes lo son, aquel me parecía empezar dentro de una tormenta de arena que ocultaba las formas del paisaje más duro que podía imaginar. Pero iba en busca de la vida, y a ese viaje los verdaderos viajeros nunca renuncian por más incierta que sea la carretera. Yo no podía hacer otra cosa pues que desaparecer de su vida y alejarme todo lo posible.

Me vi en Paris, bajando del tren en la estación terminal de Saint Lazare como si hubiera descendido en paracaídas en mitad de un mercado egipcio en una calurosa mañana de verano; Los altavoces anunciando salidas o llegadas de trenes se me antojaron, ignoro porqué, la llamada del muecín a los rezos de medio día. Pero no pasé mucho rato disfrutando del cobijo que la multitud otorga sin saberlo al fugitivo, porque un hombre alto, de tez morena, muy elegante, vestido con traje oscuro, se me acercó al poco de que la mirada excepcionalmente profunda de sus ojos azules hubiera reparado en mi presencia entre la multitud. No me moví y, tampoco sé porque puse toda mi atención en evitar que se dispararan fatalmente mis reflejos defensivos. El hombre sonrió y preguntó en inglés:

– ¿Nos conocemos?

Obviamente no supe qué contestar, pero su mirada me recordaba algo extraordinariamente familiar y muy próximo, llevándome hasta a mi lugar de nacimiento, pero incluso mucho más, como si aquel puerto pesquero cerca de Castlerock, en la costa norte del condado de Londonderry, fuera tan solo una estación de paso en la que vine a nacer. Y para aumentar aún más mi sorpresa no se le ocurrió otra cosa que preguntar.

– ¿A qué ha venido a Paris?

Le sonreí por fin. Miré a mí alrededor:

– Así que esto es Paris, ¿eh?. – hice un largo suspiro.
– ¿Le apetece que tomemos un café? A lo mejor así descubrimos de qué nos conocemos.

Echamos a andar por la inmensa estación y pasamos por delante de algunos de sus bares sin detenernos como si tácitamente hubiéramos acordado que no nos convenían y seguimos hacia la Rue de Rome sin aflojar el paso hasta que finalmente desembocamos al inmenso Boulevard Haussmann. Uno de los múltiples efectos mágicos de Paris sobre el viajero, por más que no sea ni mucho menos la primera vez que llega a esa ciudad, es la impresión de majestuosa inmensidad que lo paralizan al llegar a según qué avenidas o bulevares. Y por un momento ese fue el motivo de que nos decidiéramos por la terraza del bar que teníamos más cerca.

– ¿De donde es usted? – le pregunté por fin cuando el primer sorbo del aromático “express bien chargé” empezó a recuperarme.
– De Anatolia, Turquía, de un pueblecito cuyo nombre no recordaría usted jamás. ¿Y usted?
– Del Ulster.
– Pero ha viajado usted muy lejos… Muy lejos. – Repitió como si detectara que acababa de aterrizar de otra galaxia.
– Pues, bueno, tampoco… Tuve un accidente aéreo. – revelé por fin.
– ¿Un accidente? – pareció despertar él también de un cierto aire de banalidad al encontrar de pronto algo muy interesante y que supuse que no era precisamente en accidente en sí.
– Hace más de dos años el avión de pasajeros en el que viajaba se estrelló y sobrevivimos 12 personas. He estado todo este tiempo… amnésico.
– ¡Amnésico! – repitió como si aquella no fuera exactamente la palabra que estaba buscando para definir lo que le había llamado la atención de mi semblante, pero que finalmente le daba la clave del porque estábamos allí, tomando café y tratando de averiguar algo.

Yo me lo quedé mirando y por primera vez traté de desenfocar la imagen. Y pude conseguir otra vez que la calle, los transeúntes, los clientes del bar volvieran a convertirse en perfiles, claroscuros con sus sombras, todo el paisaje volvió a ser por una fracción de segundo el decorado de un teatro antiguo… menos él. Toda su figura permaneció de carne y hueso sin perder ninguna de las tonalidades de su piel ni los volúmenes. Entonces sonrió como si supiera lo que yo estaba haciendo y supiera qué fenómeno trataba yo de provocar. Por fin me salio de la boca:

– ¿Quién es usted?
– Oh, – hizo un gesto evasivo con la mano – Un buscador.
– ¿Un buscador de la verdad? – dije recordando uno de los libros capitales del sufismo Naqsbandi.
– Claro, ¿qué otra cosa, amigo mío? – pareció reflexionar antes de decir lo siguiente, pero para mirarme con mucha más profundidad si cabe: – Y a veces encuentro otros buscadores.
– ¿En mitad de una estación de tren?
– Claro. – rió con ganas.

Estuvimos un rato en silencio, que es como mejor se comunican las almas, y mientras experimentábamos aquella experiencia transparente, me preguntó:

– ¿Dónde piensa ir?
– No lo sé… Aunque en realidad me gustaría reunirme algún día con mi mujer. – añadí como un autómata.
– ¿Esta usted casado?
– No por la sociedad, pero ella es mi mujer.
– Claro. Si me permite, yo le podría sugerir algunas cosas.
– Adelante. Creo que es por eso que nos hemos encontrado.
– Exacto. Yo le sugeriría primero ir a Argelia, al Sur, a un lugar del desierto en el que puede usted encontrar algo interesante. Después viaje a Konia, en Turquía, y pregunte por… – escribió en la servilleta de papel. – Él le indicará el resto.
– ¿Nos volveremos a ver usted y yo?
– Vernos es lo de menos: Estamos en contacto. En cuanto a reunirse con su mujer, creo que sí, que ese camino ha de hacerlo con ella, aunque usted ahora crea lo contrario. Siento su presencia en usted de forma muy evidente. Ella le ayudará, y usted a ella, naturalmente. – Yo iba a preguntar por qué, pero él me respondió: – El suyo es el camino de la energía sexual. Cada uno tenemos el nuestro; Eso usted ya lo sabe. – Y añadió: – Ella se ha convertido ahora, después de su propio viaje, en el canal de transmisión de su fuerza. Debe aprovecharlo en beneficio de ambos. Es evidente que usted no está solo. Han encajado el conjunto de los dos opuestos. Y ella le está esperando. – A continuación rió diciendo – Y ya sabe también, amigo mío, lo principal: De lo único que podemos arrepentirnos en esta vida es de perder el tiempo. Y también sabe usted perfectamente lo que debe hacer, solo tiene que revelárselo a usted mismo.
– Pero… – quise objetar.
– Las circunstancias de este mundo, lo que usted haya hecho o peor aún, lo que haya creído hacer, no tienen importancia para el viaje que usted y ella ya han emprendido: solo son circunstancias pasajeras dentro de este mundo, que solo es un sueño de sueños; usted también sabe eso. Un sueño que creemos real al transitar por esta estación de paso que es el mundo, y que por lo tanto no tiene importancia. Usted ya sabe que el viaje es lo que tiene importancia, no la meta, y este mundo solo es una estación de paso, nada más. ¿Verdad?

Imagen: marionetas del Teatro de las Marionetas de Agua, Hanoi

TRECE – LA REALIDAD TAMPOCO TIENE LÍMITES, PORQUE ES UN ESPEJISMO

Durante el viaje en avión no ocurrió nada anormal, en contra de lo que Montserrat y yo habíamos temido. Al parecer mis contenidos inconscientes habían aceptado tanto el choque amnésico como el regreso al personaje y a sus contradicciones que sentí claramente que no habría un segundo accidente. Probablemente esos cambios tan profundos como el que yo había experimentado ocurren en el mundo muy pocas veces y a gente de lo más insospechado. La mayoría de las culturas enseñan que solo a ciertos iniciados les es permitido por su dios acceder a estados alterados de conciencia desde los que se pueden contemplar las cosas de este mundo con mayor claridad, pero mi caso y el de muchos otros testifican lo contrario; El destino, Dios o lo que sea que parece regir la vida en la Tierra había elegido a un revanchista asesino y a una jovencita caprichosa para transmitir una verdad fundamental que por supuesto ellos tardarían en percibir, si es que algún día llegaban a hacerlo.

Al salir del pasillo a la Terminal del aeropuerto de Belfast mi instinto e intuición aprendidos en los años de comando, me estaban diciendo que me faltaba algo, que no estaba poniendo en juego todas mis facultades de alerta y atención, y que por lo tanto el peligro de ser detenido podía truncar en cualquier momento mis propósitos. Y entonces me di cuenta. Dos agentes de policía pedían rutinariamente la documentación y con mi tarjeta de residencia española en principio no debía tener miedo, pero me quedé paralizado al darme cuenta que una de mis facultades adquiridas durante la amnesia, y en la cual estaba yo confiando para aquel peligroso viaje, no estaba en absoluto operativa. No había reparado en ello desde que me encontraron en la playa, pero en aquel momento en que repasaba una y otra vez todos los detalles de lo que debía hacer y por lo tanto del estado de mis facultades, me di cuenta de que ya no veía el caparazón de la gente ni la sombra de sus propios saboteadores; ya no era capaz de prever a distancia, mucho más allá del puro instinto animal de un comando, cuando alguien pensaría atacarme en los próximos minutos. Por un puro instinto de supervivencia había pensado que Albert Brein conservaría sus facultades, pero por lo visto no parecía estar funcionando demasiado bien el emparejamiento del Dr. Jeckill y Mr. Hyde, y ya no podía avanzarme a los pensamientos de los demás. Retrocedí unos pasos como si quisiera volver al avión, pero uno de los policías se dio cuenta y fue directamente hacia mí. Lo que aún tenía intacto era el repertorio de facultades aprendidas antes del accidente y por lo tanto sabía que no podía hacer movimientos bruscos, ni llevarme la mano a ningún bolsillo y por supuesto debía quedarme inmóvil y actuar exactamente como marcaban mis papeles, que eran el permiso de residencia español por razones humanitarias.

– Su documentación por favor.
– ¿Disculpe?
– ¿Habla usted inglés? – me repitió el agente.
– Sí. – imité el acento inglés sudafricano, diferenciándolo del inglés que hablan los irlandeses.
– Necesito ver su documentación, por favor.
– Ah, claro, claro, disculpe. – y muy lentamente entregué al policía una pequeña cartera que llevaba en la mano. – Aquí está.
– ¿Quiere abrirlo? – Abrí la cartera y saqué el permiso de residencia que examinó el policía atentamente.
– ¿Cuál es su nacionalidad, señor Brein?
– Sudáfrica – dije sin pestañear.
– ¿Su pasaporte?
– Lo entregué a las autoridades españolas para nacionalizarme español.
– ¿Quiere acompañarme, por favor? – Asentí sin brusquedades. Jugaba con la esperanza de que el tiempo hubiera hecho archivar mi fotografía y que no apareciera en el ordenador de la policía del aeropuerto, y por supuesto ni pensar en echar a correr. Con la suficiente rapidez mental me dije que tendría tiempo de pensar algo mientras comprobaban mi documentación con la embajada española o simplemente ya pensaría algo si me detenían.

Entramos en un despacho y el funcionario puso mi tarjeta de residencia con la foto cara abajo sobre el scanner. Yo tenía la pantalla de espaldas y no podía ver nada de lo que podía aparecer en ella. Durante unos minutos el scanner aparentemente estuvo tratando de relacionar mi foto con las fichas policiales. El que no llevara barba ni bigote y tuviera el pelo corto no iba a ser obstáculo para una posible identificación. Por lo visto no ocurrió, y al cabo de unos segundos el policía me miró de nuevo, me devolvió la documentación diciendo:

– ¿Cuál es el motivo de su visita al Ulster?
– Trabajo para la revista “Arte y Cultura”, – expliqué sacando un número de la revista de la mochila y una serie de mapas – y me han contratado para hacer un reportaje sobre los vestigios de la antigua cultura celta, los petroglifos, las tumbas, especialmente tengo interés en visitar una tumba llamada “Slieve na Caliagh”, y…
– Eso está en Irlanda, pero no hace falta que me cuente los detalles. Sea bienvenido, puede continuar.

Bueno, pues resulta que ya estoy en mi “casa”, me dije. Qué sensación más extraña. El paisaje, el idioma, las fisonomías, el aire deberían serme familiares, sin embargo algo ha cambiando dentro de alguna parte de mí y me parece estar en la misma situación que con Montserrat en Barcelona; creo haber vivido aquí y con esta gente, pero también me parece que me lo han contado o lo he visto en una película. Pasa ante mí la percepción clara de pertenecer a una especie doblemente vulnerable por el hecho de creer que su inteligencia le distingue de las demás especies al creer que no es solo una mera mota de polvo en el universo sino algo más.

Tomé un taxi como cualquier turista y fingiendo haber llegado por primera vez a la ciudad le pedí al taxista que me llevara a un hotel modesto, él me recomendó por ejemplo el Malon Lodge. ¿Por qué no? Le dije, aún sabiendo que no era ni mucho menos un hotel modesto, y porque la cuestión económica no era ni de lejos mi principal preocupación. Me recosté en el asiento del taxi. Para llegar al Malon hay que atravesar Belfast, tomando el Sydenham Bypass hasta Linsburn Road, pasando por la universidad Queen’s, es decir escogió el hotel más alejado para que la carrera resultara más larga.

Por la ventana va pasando una película antigua sobre la panorámica de las calles de hoy, donde gente parece circular despreocupada y haber olvidado esas hogueras y disparos de ayer. Vuelvo a ver gente despavoría corriendo por Howard street buscando donde guarecerse, mientras las tanquetas inglesas circulan para ponerse a tiro de mi lanzagranadas. Siendo como mis dientes aprietan un pedazo de rabia muy antigua tratando en vano de triturarla. Ambas películas se ven una sobre la otra, intercambiándose a las preocupaciones de un comando desaparecido misteriosamente que trata de prever si le van a pegar un tiro nada más asome la cabeza.

No vemos por los ojos sino que interpretamos los estímulos bioeléctricos que llegan al cerebro, y por lo tanto, al interpretar una imagen lo hacemos con la estructura y los elementos que ya ha grabado a fuego nuestro pasado y sobre todo a nuestra educación, y que por lo tanto filtran la información hasta crear una preconcebida de uno mismo. “Ustedes son una creación mental”, decía Buda. Y entre las sombras de otro lugar asoma la voz de un amnésico repitiendo incansablemente “¿A quién sirve el Grial?¿Cuál es mi nombre? ¿A quien sirve mi nombre?”. Respiré hondo; sabía lo inútil que es ahuyentar un pensamiento cuando este ha decidido llamar la atención. “Esta bien, me dije, ¿qué quieres?”. Sin más reflexioné sobre el hecho de que la tensión sufrida momento antes con el policía estimuló varios resortes mentales para hacerme dar cuenta de la cantidad de facultades que están dormidas en la inmensa mayoría de los seres humanos. Recuperada la memoria había perdido la capacidad de ver a través de las apariencias de la expresión mostrada por el rostro de las personas y adivinar sus verdaderas motivaciones. Recordé en ese momento lo limitadísima que es la visión humana, solo capaz de ver entre el espectro infrarrojo y el ultravioleta, es decir una pequeña franja del espectro de vibración de las cosas. Impresiones en el cerebro del niño mediatizadas por la cultura, las suposiciones, las asociaciones de ideas, los preconceptos, etc. que le hacen ver según lo que se le metió en el nuestro cerebro y no como son las cosas en realidad. A algo parecido los hindúes le llaman la Ilusión, el “Maya”. Los hindúes, seguí reflexionando a invitación de mi cerebro, dicen que solo vemos una ilusión, los budistas que hay un propósito del alma, los ocultistas que hay otros mundos pero que están en este, los druidas hablan de los seres y las cosas “al otro lado del velo”. Creo que sonreí: Hasta las interpretaciones místicas de las grandes órdenes de iniciados han de utilizar expresiones infantiles para referirse a los límites de la realidad, probablemente por la dificultad de entenderlos. Luego hablan todos de las experiencias que atraviesan el velo de las apariencias, y nos hacen ver “el otro lado” de la realidad, de lo que vemos para poder ver más allá, que Maslow le llama experiencias cumbre. Probablemente algunas prácticas místicas, de meditación u otro estado alterado de conciencia lleve a ver el gran vacío que es la materia, percibir la vacuidad que es el átomo y por lo tanto nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Y ante la dificultad de expresarlo en términos mentales decimos que la Realidad es otra cosa. ¿Y esas visiones que me habían asaltado la mente durante años y que instantes antes del accidente se materializaron en un sueño tan vívido e inquietante? ¿Qué significado tienen? Si pudiéramos percibir el mundo tal como es en realidad, esas visiones, interferencias y conexiones nos darían la verdadera dimensión del mundo y probablemente comprenderíamos quienes somos en realidad, aparte del sueño que creemos ser y vivir…

– O enloqueceríamos.- exclamé en voz alta al bajar del taxi. Y añadí echando a andar hacia la puerta del hotel. – ¿Qué mente deberíamos tener para ver a través del vacío subatómico, percibir el futuro o trasladarnos a un pasado generaciones antes del nacimiento? ¿La mente de Dios?
– ¿Decía Señor? – me preguntó el portero.
– Buenos días,… Eso es lo que decía: Algo tan simple y tan complejo a la vez como desear a alguien que tenga un buen día. ¿No le parece?

Me imaginé al portero y a mí mismo como dos conjuntos organizados de intercambios materia-energía explicados a penas por la ecuación de Einstein, o en todo caso estructuras celulares de conjuntos de vibraciones metabolizando hidratos de carbono miles de veces por segundo y emitiendo un amplísimo espectro de radiación ultravioleta e infrarroja, que convertía a todos sus miedos, planes y proyectos en algo no solo puramente anecdótico sino simplemente irreal. Pero por fin volví en mí y me dije algo parecido a “somos actores representando una obra ilusoria en un teatro inexistente porque no puede haber ningún teatro en el inmenso vacío del universo, pero como solamente tenemos los sentidos de la visión ordinaria y no podemos ver la realidad, sigamos actuando. El principal problema es que cuando has visto lo que hay detrás de la pantalla de rayos X o del microscopio electrónico ya no hay vuelta atrás… y sigues abriendo espacios en el interior para que el Grial, o lo que signifique, ilumine cada vez mayores parcelas de tu existencia”.

De pronto un antiguo resorte se disparó en alguna parte de mi interior y volví de golpe a mi papel de actor en el teatro imposible de la existencia humana: ¡Me han descubierto, – murmuré, – Ahora caigo. El policía debió reconocer mi foto y por eso me dejó pasar… para telefonear inmediatamente a la organización dando cuenta de mi llegada. No puedo quedarme en este hotel. Me habrán seguido. Pensaba con rapidez murmurando sin mover los labios, con la vista extraviada hacia la puerta del salón y la ventana. Apoyé el codo en el mostrador de la recepción simulando un gesto de aburrimiento. Ahora, pues, la cuestión era como y a quién informar de mi llegada para ponerme en antecedentes de si me habían dado por muerto al enterarse del accidente del vuelo de Luftahnsa, o sospechar que había sobrevivido y por lo tanto desertado. Debía temer siempre lo peor, y por lo tanto precisamente eso último, porque a los desertores se los ejecuta sin más. Pero la pregunta que con más insistencia empezaba atormentarme era: “¿Porqué demonios había vuelto al Ulster?”. El sueño de todo terrorista en algún momento de su carrera es desaparecer, que le den por muerto y rehacer su vida muy lejos. Y yo lo había hecho, aunque involuntariamente. Probablemente por ello me costaba aceptarlo. Lo había hecho gracias aun desdoble accidental de mi personalidad, y el problema era que mi anterior personalidad no aceptaba a la nueva. Se me ocurrió llamar a Montserrat para decirle que había llegado y estaba bien, pero por lo infantil de eso, porque lo más fácil de detectar es precisamente un teléfono móvil, me dije que no era extraño que la echara de menos. Hombre y mujer, me dije, dos compañeros en el frente de batalla que no son nada el uno sin el otro una vez se han comprendido profundamente y por tanto comprendido cual es el papel que cada uno juega en su complicidad frente a los peligros de la jungla. Por fin, y sin dejar de contemplar lo ilusorio que la lógica es capaz de producir en el cerebro humano frente a la realidad del universo, me fui a una de las cabinas del hotel y me decidí a hacer la única llamada segura en aquella mi tierra hostil. A pesar de que, al ser hijo de una madre dominante, solo una parte de mi pudo sobrevivir a ella para echarse a andar por la tierra, era la única persona en el mundo de Sean que no podía traicionarlo. Trató como es lógico de castrarlo, pero no lo entregaría a nadie más que a ella misma. No la veía desde años antes del accidente, aunque me fue imposible esquivar sus esporádicas llamadas telefónicas, porque los hombres nacemos de mujer y no podemos evitarla; muy a nuestro pesar la seguiremos buscando hasta la muerte, que también se conjuga en femenino. Bloqueando, como siempre, toda emoción y sentimiento, porque lo único que necesitaba era saber como estaba realmente mi situación en el Ulster, dije en gaélico:

– Buenos días, quisiera hablar con la señora O’Flagherty.
– Con ella habla. – me contestó una recia voz con aquella determinación de un jefe guerrillero. – ¿Y con quien habla ella? – preguntó.
– Soy un amigo de su hijo, y no puedo darle mi nombre – modulaba mi voz detrás de un pañuelo. – Su hijo está vivo. – Siguió un largo silencio al otro lado de cualquier parte y adiviné que no iba a conseguir nada más sin seguir hablando. – No le llama él en persona porque no está seguro de cómo están las cosas. No murió en el accidente aéreo. – continué sin detenerme. – Ha sufrido un fuerte traumatismo amnésico del que ha despertado hace pocos días y por eso me ha pedido que la llame yo, para no comprometerla.
– ¿Espera que me lo crea? – sonreí; otra vez la misma voz de “Madre Coraje”. A pesar de todo, una madre valiente con el mundo, aunque no consigo misma, te hace aprender a sobrevivir en este planeta, muy a tu pesar.
– Sí, señora. Eso espero. Y espero que me diga si Sean o usted no corren peligro sí él aparece para verla, porque eso es lo que debo transmitirle.

Adiviné que mi madre me había reconocido, lo cual tampoco me importaba mucho porque la respuesta iba a ser la misma. Esperé unos instantes hasta que me sentí sonreír otra vez al oír la misma voz, pero muy dulcificada.

– Dígale a mi hijo, aunque le cueste creerlo, que acabo de tener la única alegría en muchos años, muchos incluso antes de ese accidente al que usted menciona. – Calló otra vez.- Ya no deseo otra cosa que abrazarle, pero yo tampoco estoy segura de lo que pueda pasar. Se le ha dado por muerto, pero algunos no se creerían lo de la amnesia. Dígaselo así; él ya lo entenderá. Déjeme un par de días para ver como esta el ambiente y llámeme otra vez.

Colgué y salí del hotel para perderme por entre las callejas del barrio antiguo, donde es fácil encontrar algún antro donde ocultarse provisionalmente de los ojos crueles del mundo. Dispuse mucho de tiempo para sentir de forma muy palpable lo que significa andar sobre el filo de la navaja: Por un lado estar atento al papel que debía representar en el teatro de la vida, y por otro captar la sensación de los límites de la realidad, teniendo en cuenta que la realidad no tiene límites. El único secreto que tiene el símbolo de andar sobre el filo de la navaja es que has de hacerlo con tal desapego que andes tan suave que ni lo toques, vueles sobre él; es la única manera de no cortarte. Pero ya se sabe que el desapego es casi misión imposible para los humanos, pero es lo único que acerca a la trascendencia. Aunque aquellos dos años sumido en mi extraña amnesia habían desencadenado en mi cerebro una extraña facultad: La de contemplarme con la claridad de un actor en su propia escena. Aunque eso se puede conseguir durante breves instantes son suficientes para relativizar muchas cosas; no todas, como el apego a la mujer, pero también es sabido que el camino a la perfección solo es accesible a quieres tienen la fortaleza de renunciar a sí mismos. Finalmente me alojé en un hotel de mala muerte en los peores barrios del puerto. Andaba sobre la cuerda floja por encima del eterno nudo de víboras creado por las luchas intestinas entre facciones rivales de una guerra siempre interminable. Calculaba con mucho cuidado mis pasos, atento a todos los detalles que ocurrían a mí alrededor para adelantarme a descubrir quienes podían ser mis enemigos, y al mismo tiempo deseando volver con la mujer que amaba, y al mismo tiempo viéndome en el escenario cuyo decorado era una vieja calle de arrabal al otro lado de sombras tras de las que podía esconderse alguien dispuesto a matarme y veía con mis ojos de actor la luz del paraíso propia de los amantes, siempre sorprendidos de poder amar, y al mismo tiempo veía el patio de butacas vacío y el teatro suspendido como un viejo guiñol sobre la nada, en las brumas misteriosas de ese vacío que es el universo, apenas perlado por esa cosa tan ínfima que es la materia, y oía como saliendo de las ranuras de una vieja caja de música, las doctas elucubraciones de filósofos y pensadores dictaminando en vano acerca de lo que es el universo, acerca de la existencia de Dios, del destino de la humanidad, de su propósito, del plan divino… voces antiguas como emitidas por un gramófono de principios del Siglo XX, voces metálicas, monótonas, repetitivas, acentos categóricos, solemnes… rasgados y metálicos porque la cinta del magnetófono ha pasado demasiadas veces por el cabezal. Y me veía a mí mismo como el viejo guerrero de no importa qué guerra suspendido en esa cosa misteriosa que nadie supo jamás que era, aunque se mostraron tan seguros de la interpretación que tuvieron que darle, sintiendo sobre su cabeza las cuerdas de marioneta que a lo mejor nadie movía, nadie más que esa cosa misteriosa que tanta gente necesita, en vano, llamarle Dios, probablemente para llamarle de algún modo, o por ser tan inquietante, tanto como la propia percepción de uno mismo. Y en el momento siguiente veía a ese mismo personaje posarse sobre las tablas del escenario y, como desperezándose, como las ruedecillas dentadas de un viejo reloj que alguien tocó sin querer y que se pone en marcha para representar otra vez su papel de resentido asesino a sueldo de una organización militar, incapaz de amar y odiando de envidia al otro yo que surgió de improviso tras un accidente aéreo. El miedo obsesivo a la mujer del que nunca se pudo librar Sean O’Flagherty me anclaba al mundo de la revancha, de la venganza y del asesinato. ¿Quién iba a ganar?

Aquella misma noche que llegué al hotelucho vi una película de ciencia-ficción por el televisor, titulada “Nivel 13”, que me aclaró algunos de aquellos viejos conceptos de que hablan las filosofías orientales. La narración proponía la siguiente hipótesis. Una empresa cibernética en el año 2024 creaba un programa de simulación de la ciudad de Nueva York en el año 2000, y al mismo tiempo sus personajes (simples programas dentro del programa principal, conjuntos de impulsos eléctricos inteligentes) creaban a su vez otra empresa cibernética para simular la misma ciudad pero en 1937. Lo interesante del ejercicio es que las personas, tanto de la simulación del 2000 como del 1937 creían, sentían, comían, enfermaban, morían, etc., creyendo que sus vidas y su mundo era reales; nada podía hacerles imaginar que solo eran meros impulsos eléctricos, moviéndose según el programa escrito a tal efecto, dentro de un colosal conjunto de ordenadores. La propuesta era muy directa: ¿Por qué estamos tan seguros de que nuestra vida y nuestro mundo es real? Aunque sintamos nuestro cuerpo, percibamos nuestros pensamientos, recordemos escenas de nuestra vida, sintamos a los demás y lo que nos rodea, ¿podemos estar seguros de no ser un espejismo? La materia es un gran desconocido. Terminada la película dieron un programa científico informando sobre las mediciones de la sonda Pioner 10 según las cuales solo un 4 % del universo puede ser conocido, y eso se aplica a todo, también a nosotros mismos, al resto lo han bautizado como “materia oscura”. Vaya nombrecito para expresar nuestra implacable ignorancia. Estamos constituidos por átomos y lo que nos rodea también, y la ciencia nos demuestra que no tenemos ni idea de lo que realmente ocurre a esos niveles de la materia y que tampoco es posible tenerla, por el principio de indeterminación de Heissenberg. Y que solo podemos ver la materia, es decir a nosotros mismos y a lo que nos rodea, porque algo en el interior de los átomos se mueve, y además ese algo solo es una probabilidad estadística de encontrar un proceso de cambio. ¿Cómo podemos estar seguros de lo que es la realidad? ¿No parece, pues, una tontería seguir preguntándonos, “Quién soy. De donde vengo. Adónde voy”? Aparte el alimento financiero de religiones, doctrinas, filosofías, premios científicos, etc., ¿tiene algún sentido obstinarse averiguar lo que somos en realidad? El Premio Nobel de Física, David Bohm, trata de tranquilizarnos proponiendo que hay un Orden Implicado en ese concepto de la existencia, y que de paso podría haber ayudado al Einstein a terminar su Teoría Unificada de Campos y a reconciliarse con la física cuántica. Una especie de tercera vía a la manera de Kant. No vemos el mundo, sino que lo interpreta nuestro cerebro. ¿Y que hay en nuestro cerebro? Para ponerse a temblar: Condicionantes culturales, educación, patrones de conducta, preconceptos, modelos, etc. insertados en él. Probablemente, en contraposición con la irrealidad, nuestra única percepción del absoluto sea nuestro grado de conciencia, precisamente de lo irreal. Contra más concientes somos de la irrealidad, probablemente más nos acercamos al conocimiento absoluto.

Había vivido dos años como un extraño en mi propia piel; sabía bien lo que se siente al ser un observador muy fino, tal vez demasiado, de aquello que los demás toman por realidad, murmuré al apagar el televisor. En cualquier momento perdemos la memoria y si nos imaginamos que hay otro mundo, que también nos parecerá igualmente real. Haya o no creador no podemos estar seguros de lo que creemos, ni siquiera de la muerte.

Pero, sea o no real, éste era mi mundo o mi ficción en aquel momento y debía actuar en él, aun sabiendo que podía ser una ficción, incluso ficción el código esencial de mi propio nombre, de mi propio destino. Y busque otra vez una cabina de teléfono para llamar a mi madre y hacer la comprobación de cómo estaban las cosas, aunque a estas alturas de la percepción de la irrealidad me iba dando absolutamente igual.

– Dígale a mi hijo, – oí afirmar a la mujer al otro lado de esa dimensión misteriosa de donde vienen las voces de ninguna parte, – que el IRA ya no existe. Bueno, quiero decir que el IRA, tan como lo conoció él, ya no es lo mismo, ahora hay muchos Iras y “contra-iras” con siglas nuevas y gente nueva que sigue matándose por lo de siempre y creyendo que tienen razón. Todos creen tener razón, aunque no sepan qué es eso. Dígale a mi hijo, señor, que siga muerto o lo que sea y que trate de vivir lo mejor que sepa donde nadie le conozca, porque aquí ya nadie cree que esté vivo, y eso es lo mejor para él. Dígale que yo estoy bien, y que prefiero saber que él está bien, donde quiera que sea… – La voz de la mujer se cortó ahogando a duras penas un llanto repentino, pero escueto. Luego se repuso con la determinación de antes y terminó. – Eso es todo. Adiós.
– Señora… – conseguí decir antes de que ella colgara – Me encarga que le diga también que está con una mujer…
– ¿Una mujer? … – Oí un suspiro – Caramba. Si le ha pedido que me lo cuente es que… Bueno, – la voz se transformó en una melodía suave, acariciante; una voz femenina por fin – dígale que le quiero mucho, y que sus hermanos y yo estamos bien y que le deseo que sea feliz con esa mujer, aunque él no se lo crea… Y ahora adiós.

Me quedé inmóvil con la mano en el auricular a escasos centímetros aún de la oreja escuchando el monótono carraspear del flujo anónimo de electrones al otro lado, diciéndome que a lo mejor no es otra cosa que el mismo lado, y me pareció de pronto como que mi vida anterior, la de un comando del Ira llamado Sean O’Flagherty no era más que otra ficción, una película que vi en alguna parte, y que eso era la única relación que tenía conmigo. O en todo caso, como la realidad no es otra cosa que la interpretación que hacemos del mundo, no valía la pena malgastar los pocos años de vida que aún me podían quedar en películas desagradables. Caí en la cuenta de pronto que somos nosotros los que nos montamos la película de la visión del mundo, y que Sócrates tenía razón: “Somos lo que pensamos”. Y por extensión, somos también el mundo exterior. Y éste, como un pedazo de objeto, solo emite vibraciones, no es bueno ni malo, solo es. Nuestra interpretación es lo que lo hace maravilloso o terrorífico. Vemos a nuestro semejante como amigo y entonces amamos, o enemigo y entonces matamos. Pero es nuestro cerebro quien crea la película.

– Vemos lo que queremos ver y oímos lo que queremos oír. – pronuncié en voz alta como si las paredes del cuartucho fueran mis interlocutores. – Y yo lo que quiero oír es la voz de Montse y tocar el cuerpo de Montse y amar el alma de Montse. Por lo tanto hay que largarse de aquí… si puedo. Ya no me gusta la película que echan en este cine, voy a buscarme otro.

Pero antes el destino, mi propio nombre, el Grial, o quien fuera, consideró que debía experimentar, o mejor dicho, recuperar, ciertos estados de conciencia y transitar por ciertas situaciones adecuadas, supongo que para no desperdiciar la experiencia. Sin saber porqué y contra toda lógica de un comando de una organización como el IRA salí aquella mañana a dar una vuelta por los muelles, es decir exhibiéndome a plena luz del día. No fue una reacción inconsciente, pero en mi mente todas las alarmas de la más elemental precaución lógica se habían disparado en el momento en que pensé salir del cuartucho, aunque casi inmediatamente se redujeron a una tenue neblina rosácea que rodeara algo más poderoso que se estaba dibujando en el horizonte que mi mente creaba y que aún no podía definir. Y a la noche siguiente se produjo. Había salido otra vez al caer la tarde, y de regreso, al entrar en la pensión un individuo salió de detrás de la puerta pegando a mi espalda el cañón de un arma. “No hagas ni un gesto”, murmuró, “da la vuelta y volvamos a la calle”. Cuando llegamos a un estrecho recodo en la penumbra se giró y me encontré con su mirada, supuse al instante que aquel podía ser un pistolero que hubiera recibido la orden de matarme, aunque también podía ser un vulgar ratero de barrio bajo. Permanecí inmóvil mirándolo fijamente. Pareció que iba a decir algo, pero se le cortó en su garganta, y en ese instante tuve la primera percepción del vacío. De momento muy rudimentaria, pero con total claridad. Lo que primero empezó a desdibujarse fue la figura humana, luego el contorno de la pared del edificio, luego la calle y por último la lejanía. Todo ocurrió en un instante. Aquello que parecía la imagen de una persona apostada en un rincón de la calle se desvaneció como un fotograma que se quemara por sobreexposición hasta quedar reducido a un perfil en sombras tenues en blanco y negro, y toda calle se convirtió en un boceto esquemático como dibujado a carbón. El movimiento no se detuvo y el hombre, o la sombra recortada contra la sombra de la calle, emitió un sonido que normalmente debía ser una exclamación. Hizo un movimiento brusco como si quisiera esquivar un impacto y la figura cayó hacia atrás desvaneciéndose en las sombras de la noche. La figura había desaparecido del campo de visión. Al principio no supe como interpretar aquello. Todo había sucedido muy rápido y me preguntaba qué hacer para escapar del pistolero. En cualquier momento podía disparar y yo tenía que evitarlo. Me fijé mejor: la silueta de la calle volvió a dibujarse otra vez y apareció el pistolero apuntándome de nuevo y haciendo ademán de empezar a decir algo. Tenía que reaccionar rápido. Y en ese preciso instante se repitió la misma escena anterior: del fondo de la silueta del hombre, recortada contra las sombras chinescas de la calle, surgió un grito, el hombre se giró hacia un lado y desapareció de la visión al caer su cuerpo hacia atrás. Las sombras conformando el encuadre de la calle volvían a estar como antes; ninguna figura en primer plano. Me fijé mejor: la visión era absolutamente inconcreta, a lo sumo se podría describir como un conjunto de trazos imprecisos y vacilantes en un fondo de claroscuros cambiantes e informes. Era la interpretación que estaba elaborando mi mente la que hacía aparecer una calle y una figura humana en ella, nada más. Me di cuenta de ello, delante podía no haber nada o estar lleno de cosas; solo mi mente estaba interpretando la existencia de un pistolero a sueldo que algún jerarca del Ira temeroso de que mi reaparición pudiera deberse a una estrategia, envió para eliminarme. Repetí la operación; me fijé atentamente: volvió a aparecer la figura amenazante, e instantes después esta figura describía un gesto brusco hacia un lado, profería una exclamación y desaparecía del campo de visión. Repetí varias veces en mi mente la escena desde que salimos del hotel hasta que inexplicablemente el pistolero a punto de disparar se volvía hacia un lado y caía hacia atrás. Por fin adiviné lo que estaba pasando. Estaba viendo la secuencia futura de los acontecimientos como si estuviera manipulando un video echando atrás y adelante la misma película, y por ese mecanismo de vaivén adiviné que algo distrajo la atención del pistolero que se volvió a un lado, e inmediatamente aproveché yo para golpearle con precisión la nariz con la palma de la mano para ponerlo fuera de combate. La película volvió al momento en que salíamos del hotel y desarrolló otra vez toda la secuencia hasta que en el callejón y en el momento en que el pistolero iba a apretar el gatillo un ruido sonó a su lado y tuvo que volverse. Momento en el que aproveché para disparar mi mano y hundirle el hueso de la nariz en la base del cerebelo.

Permanecí bastante rato inmóvil contemplando el cuerpo si vida, la calle, los lóbregos edificios, las luces del atardecer desdibujando las formas del puerto, y la visión permaneció lineal, como yo y todos los humanos conocíamos durante la vida cotidiana, es decir discurriendo según la secuencia temporal tal como era conocido y parecía inmutable desde que se empezó a escribir la historia. Tuve la tentación de repetir el experimento para captar mejor el conocimiento que encerraba, pero me dije que éste debía aparecer de forma igualmente imprevisible y motivado por un elemento que me pareció esencial en aquel momento: la carga emocional. Indudablemente, me dije, después de la experiencia de alteración de mis estados de conciencia durante más de dos años, había, por lo visto, adquirido otra facultad poco común: ver lo que iba a ocurrir antes de que esto ocurriera. Escondido entre los postulados de la física cuántica se encuentra implícito el concepto de que esa magnitud que llamamos tiempo encierra en una misma ecuación pasado, presente y futuro. La adivinación del futuro no es otra cosa pues que resolver esa ecuación. El tiempo no es absoluto, solo es una relación entre la velocidad de dos acontecimientos ¿Qué otras facultades se habían desatado también en mí? Como un aprendiz de brujo al que el maestro acabara de enseñar algún sorprendente sortilegio y las enseñanzas prometieran mucho más, me había quedado con la conciencia de poseer aquel tesoro entre las manos y por supuesto no sabía aún qué hacer con él. Presentí que se había abierto la caverna de los secretos y yo apenas me encontraba a su entrada. ¿Qué más podría encontrar en su interior? Había leído en alguna parte que la mayoría de los aprendices de brujo tienen demasiada prisa y demasiada necesidad de fama, milagros y sortilegios deslumbrantes que acaban pronto con su recorrido. Tal vez por eso tardaría unos días más en querer recuperar las facultades aprendidas durante la amnesia.

DOCE- LA META ES EL PROPIO CAMINO

Volvió a amanecer para ambos en la terraza que daba a la inmensa ciudad mediterránea sumida como casi siempre en la bruma de la polución. Echados en ambas tumbonas nos despertamos con dulzura cogidos aún de la mano, e indefectiblemente nuestras miradas fueron a parar al mundo de los demás.

– ¿Quieres que vayamos a Irlanda?
– No lo sé. – Albert no pensaba en eso en aquel momento, flotando en las neblinas de lo que había llamado el paraíso, por ello Sean tuvo que hacer acto de presencia para controlar el aterrizaje en el duro asfalto. – Además, no sé si puedo. No creo que nadie me dé un pasaporte sin que les diga antes quien soy, y si se lo digo…
– ¿Quieres que nos quedemos en Barcelona? – preguntó Montserrat sin parar atención a la complicada problemática que “Sean” acababa apenas de esbozar.

Me volví a mirarla y encontré en la suya la íntima complicidad de los amantes, que saben que el Paraíso es un lugar personal e intransferible, alejado de las miserias de cualquier cultura, religión o filosofía impuesta, y que además no se puede describir, como los sentimientos; se siente o no se siente, se está o no se está. Es como creer en Dios, dijo “Albert” al mundo: “si no puedes sentir a Dios dentro de ti tendrás que creer en él, aunque eso ya es otra cosa”. Pero la sombra se Sean no tardó en cruzarse en el campo de visión, inquieto, incrédulo e incapaz de comprender ese gozo y plenitud.

– Quiero estar contigo, – dijo uno de los dos, Albert o Sean, y supongo que en mi inconsciente algo muy poderoso me impidió saber quién para no estropear el momento – y por lo tanto quiero estar donde menos problemas tengamos y podamos disfrutar la vida juntos.
– ¿No te gustaría volver a ver donde naciste, encontrarte con tu familia, con las personas que amaste, los paisajes…?
– Sí… claro, – repuso Sean poco convencido – pero dudo que pueda. – Me eché para atrás otra vez y Albert se dejó impregnar por la envoltura rosácea del cielo para recitar, esta vez para su amada: – La vida es un “de pronto”: De pronto me veo subido al carro de la violencia poniendo bombas a la gente o ametrallando a mis compatriotas, y de pronto estoy de bruces en un campo quemado junto a restos de un avión que parecía seguro, al pie de las montañas cerca del Mediterráneo donde no reconozco ni a mí mismo, de pronto te conozco a ti y vivo el tormento y el éxtasis. ¿Y ahora qué? … De pronto, qué. ¿Sabes? – Sean, embelesado por fin con la poesía se dejó empujar por Albert para hacerle otra confidencia. – Antes del accidente yo era un desastre con las mujeres, me bloqueaba y mi timidez me hacía ser tosco y a veces violento, era un caso clínico.
– ¿Qué?… ¿Porqué me cuentas eso?… Pues nadie hubiera dicho. ¿Tu un tímido con las mujeres? ¿Tú que me rescataste de mi cárcel con tanta pasión como paciencia?
– Yo tampoco me lo explico, supongo que fue la amnesia lo que me permitió ser. El que mis miedos y frustraciones quedaran enterrados bajo aquella losa me permitió comportarme como un ser libre y por lo tanto buscar tu libertad escondida, por supuesto, dentro de ti misma.
– ¡Dios mío, cómo nos ata nuestra historia!
– … O lo que creemos que es nuestra historia.
– ¿Tú un tímido con las mujeres…? Con esa soltura y esa mirada…
– Yo no sabía como… – quise terminar la frase de corrido, pero Albert tuvo que venir en ayuda de los dos – Yo crecí con la culpabilidad de…
– ¿Qué?
– En este momento me estoy acordando de lo que me dijo un viejo psiquiatra con el que comenté sin pretenderlo lo que nos ocurría antes de que pudiéramos consumar el matrimonio. – Montserrat bloqueó lo que iba a decir – Y estoy recordando como sentí una honda intranquilidad por lo que quiso decir, no por lo que dijo. Probablemente detectó en mí como las garras de una culpabilidad aprendida que me impidieran forzar la situación contigo…
– ¡Pero si era yo la que…!
– La pareja es un juego de dos, espera: Recibí una educación católica fundamentalista según la cual el acto sexual solo esta permitido para procrear…
– Toma, como aquí.
– Pero cada uno recibe los mensajes de la educación con impacto diferente. Nunca pude insinuarme a una mujer porque resonaban en ese momento implacablemente las palabras de mi madre: “Los hombres son el demonio. Toda mi vida he tenido que escapar de los hombres. Por eso me case con tu padre, porque…”
– Sigue.
– No puedo… Mi padre… No puedo poner a mi padre en la balanza del psicoanálisis. No puedo…
– Una madre castradora, ¿eh? – teorizó con sencillez y sin intención de herirme, recitando solo una síntesis del Complejo de Edipo, de todos conocida. Pero no pudo continuar porque el monstruo de Sean O’Flagherty, o “la sombra”, empezó a poseerme como el más brutal de las culturas del terror y de la opresión.

Me levanté de golpe y fui hacia una de las ventanas con ganas de abrirla de un puñetazo y saltar afuera. Sentí que Montserrat no se movía. Mi sangre se había helado y mis mandíbulas eran mordazas cerradas con la fuerza de una prensa hidráulica. Largos minutos iban a interponerse en nuestras vidas de forma inexorable y destruir con todo lo que habíamos vivido y pudiéramos todavía vivir. Sean O’Flagherty iba a asesinar lo único que valía la pena en este miserable mundo, de no haber sido porque la mujer a mi lado se había librado milagrosamente de sus propias mordazas y la vida entraba a raudales de forma también inexorable. Escuché su voz serena y firme:

– No voy a dejar que nada se interponga, Al. Pégame, maltrátame, haz lo que quieras conmigo. Ese el origen de la violencia doméstica. La culpabilidad, el rechazo al placer, la educación represiva en el pecado, las frustraciones. Ese tipo de obsesión paranoica esta muy bien estudiada en psicología, no hay secretos en esas miserias. No se quien eras antes ni me importa, solo sé lo que eres ahora. Y no voy a perderlo, cueste lo que cueste porque no tengo ni me interesa nada más. Tú decides.
– ¡Dios! – me volví de golpe sin soltar el marco de la ventana, dudando en hacerlo añicos – No entiendo nada…
– Me llega hasta aquí la batalla que libras en tu interior, y yo formo parte de ella. ¿Oíste? No es que quiera formar parte de esa batalla, sino que soy parte de ella. Algo inesperado tuvo que bloquear tus egos para hacerme desprender de los míos. Ahora ya no podemos volver atrás. No te dejaré que salgas huyendo, pase lo que pase. Para detenerme tendrás que matarme, y sé que ese es tu oficio, pero no me importa, mejor muerta que viviendo cómodamente en cualquier jaula de oro.
– ¡Montse! – gritó Albert por fin al conseguir romperle el cuello a Sean. Corrí hacia ella abrazando sus maravillosas rodillas presa de un pánico atroz. – ¿Qué ha ocurrido?
– Un maravilloso accidente aéreo.
– ¿Accidente…? – balbuceé temblando.
– La mayoría de los hombres han de inventarse a su mujer ideal, porque son poquísimas las que pueden mostrarse como son si miedo al hombre, es decir a si mismas. Tu no hace falta que lo hagas. Aquí estoy. Aquí estoy. – Repitió con la decisión de una curtida guerrera, y luego carraspeó – Ejem… me estabas hablando de que “de pronto”… ¿Y ahora, cual es el “de pronto”?
– Ahora tengo que volver a Irlanda… – dijo Albert al cabo de un rato reponiéndose con enormes dificultades, incapaz de soportar más tiempo el riesgo a defraudarla, por más que supiera que ese riesgo no era más que otro fantasma adquirido en algún momento de la infancia del propio Sean.
– Bien, pues vamos…
– Pero necesito hacerlo solo. – me oí murmurar.
– ¿Por qué?
– No podría explicarlo, pero algo se ha desatado aquí dentro y no se que puede pasar… He de ir solo. Como has dicho, tu estas en medio de la batalla, pero no quiero ponerte en peligro… Eres demasiado preciosa para mí.
– ¿Otro cumplido?
– Más que eso, tú eres el mundo…

Montserrat no insistió, me miró con la expresión de comprender que el náufrago tenía necesidad de volver allí de donde partió. Y no insistió a pesar del riesgo de que el náufrago no volviera más.

Por la noche busqué en los archivos de las páginas web del “Guardian” y del “Times” y descubrí que meses atrás David Trimble, el ex-jefe del gobierno provisional había provocado la disolución del Parlamento al acusar al Sean Fein de utilizarlo en espiar para los unionistas para el Ira. De modo que las esperanzas depositadas por Montserrat y la mayoría de los irlandeses en los llamados Acuerdos de Viernes Santo, se habían esfumado, como muchos territorios en este planeta, y los ingleses volvían a intrigar a sus anchas en el Ulster creando enemigos y conspiraciones a su conveniencia y por lo tanto la guerra continuaba.

Me volví a Montserrat despacio, y entonces ella vio en su hombre una mirada que no había visto antes; era un niño desamparado perdido en medio de la selva más inhóspita y peligrosa del mundo. La recuperación de la memoria estaba dando a Montserrat todas las dimensiones de su hombre, y en aquella dimensión no era más que un niño que aprendió hace mucho tiempo a no permitirse mostrar a nadie que está a punto de llorar.

– Yo estaba sentado en el porche y oía a mi madre canturrear desde la cocina, – empecé como si recitara un viejo poema para mí mismo – cuando de pronto a lo lejos por la carretera vi acercarse un camión cargado de milicianos disparando al aire sus fusiles automáticos y gritando consignas revolucionarias contra el imperio. De pronto me subí a ese camión sin pensarlo dos veces, como a las crines de un caballo desbocado, y por las noches, cuando cesa el ruido de la guerra, me oigo suplicar a las estrellas que me muestren el camino de vuelta a casa. – La mirada se aguzó otra vez en las pupilas de la mujer – Sí: Durante el día todo es ruido de guerra, de modo que no tengo tiempo para pensar en nada más. Ni saber quien soy ni donde he de estar. – Lancé un largo suspiro y volví la cara para mirar el anochecer de la ciudad, que ya había entrado en la alcoba. – Volver a casa… Pero, ¿cuál es mi casa?
– Yo soy tu casa, Albert. – se oyó sentenciar la mujer, más solemnemente de lo que ella misma hubiera imaginado – Y tú eres la vida que hay en ella. Sin ti es el silencio y el vacío. Sin ti no vale la pena…

Entorné los ojos para poder sentir mejor la profundidad de aquello y noté como la mujer no se sorprendía de la grandeza de lo que acababa de expresar, tal vez porque para expresar grandeza no hace falta ningún esfuerzo. Recordé haber leído en alguna de las leyendas artúricas, aquella en la que Lancelot es entrenado por Vivianne, La Dama del Lago, que en los viejos guerreros la memoria de haber conocido el lado luminoso de la mujer es el apoyo indispensable para dar el salto al otro mundo, a la conquista del cielo. Hay mujeres como Montserrat con las que el guerrero vive entre Vivianne y Morgana, entre la luz y las tinieblas, el éxtasis y el tormento, en permanente estado de alerta para no acabar hechizado como Merlín, pero saboreando las mieles del paraíso como describe Omar Khayyam en otra parte del mundo, y eso los hace más fuertes, tanto que pueden evitar el recurso a la violencia y al orgullo, que irremisible les deje caer en el hechizo. Cuan más fuerte es el guerrero más tierno se muestra con Vivianne y más firme con Morgana, pero la fortaleza es, en todo caso, la soledad de un corredor de fondo.

En los días siguientes Montserrat fue comprendiendo poco a poco la dimensión del peligro, pero evitó expresarlo para esperar a que su compañero tomara sus propias decisiones sobre la cuestión capital: Tarde o temprano debería enfrentarme a mi propia identidad. Ella se sentía decidida a estar conmigo en ese momento, pero sabía que a ciertos lugares, como a la muerte, un hombre ha de ir solo, y Montserrat iba sacando progresivamente toda su dimensión de mujer como para darse cuenta de esas cosas. Además, ante un peligro real y de grandes dimensiones algunas niñas malcriadas que adoptaron esta autoimagen por desconocimiento de su propia gallardía, recuperan la expresión de su alma universal de una forma increíblemente rápida.

Turbado por el descubrimiento de mi verdadera identidad ya casi me había olvidado del Grial, el crisol alquímico donde el oro termina destilándose del resto de los metales y que parecía haber quedado en un alejado segundo plano, pero la vida, el Ser, sigue caminando al lado del guerrero y no se rinde nunca porque tiene toda la paciencia del universo y por lo tanto se va manifestando en los momentos oportunos para recordarle quién es. El universo no utiliza métodos coactivos con los guerreros, porque necesita de su máxima energía, y esta solo brota espontáneamente del corazón y movido por el arrebato, no por el cálculo mental que se desencadena artificialmente al conocer el desenlace de las cosas. El personaje adecuado aparece en el momento oportuno, para revelarle a lo mejor otra cosa distinta de la verdad, pero es lo que el guerrero ha de oír en ese momento.

Íbamos aquella tarde como perdidos en una ciudad desconocida y sin embargo era el mismo Barrio Gótico de Barcelona que había presenciado tantos episodios de nuestra historia reciente. Yo miraba a todos lados buscando algún indicio, una pista que me indicara la próxima dirección a seguir, tan temeroso como Montserrat de realizar por fin el viaje a Irlanda. La mujer seguía atenta a las reacciones de su compañero. Para ninguno de los dos la opción de esconderse e intentar desaparecer del mundo buscando el anonimato en algún suburbio marginal era válida porque conocíamos nuestra incapacidad para resistir ningún encierro. Amábamos demasiado la vida y por lo tanto la libertad. Por ello nuestros corazones estaban abiertos a cualquier otra solución y al mismo tiempo temerosos de cual pudiera ser. Y los caminos acaban confluyendo en las encrucijadas que les son naturales. Volví a detenerme frente al anticuario y en ese momento Montserrat iba a mi lado, e iba a serle revelado el porqué de la afición de su hombre a los grabados antiguos y a las viejas leyendas. Encontrar un anciano en un anticuario es ya un plato fuerte, de modo que encontrar dos raya en lo indigesto. Al entrar vimos al Doctor Bueno conversando con el anticuario hojeando unos pequeños libros sin grabado alguno. Ambos se giraron al ver a los jóvenes abrir la puerta. Normalmente los guerreros se encuentran finalmente con el druida después de muchas penalidades en el camino, pero, ¿qué hacer si uno se encuentra con dos? La respuesta a eso podía escribirse en el hecho de que la sabiduría nunca se estorba a sí misma. El Dr. Bueno inmediatamente y sin el más mínimo preámbulo se dirigió a mí como si hubiéramos estado conversando desde hacía poco rato y me contestara:

– Es la pregunta que olvidó formular Perceval ante el cortejo.
– ¿Cómo? – balbuceé completamente desconcertado, pero como parecía que el Dr. Bueno no podía permitirse ni un solo segundo en dilaciones o dar vueltas, continuó directamente:
– Todo estriba en que Perceval no hizo la pregunta, se olvidó de lo esencial, se dejó deslumbrar por el oro y las piedras preciosas, por las bellas muchachas y los enigmáticos símbolos, y se olvidó de lo esencial. – volvió a repetir con pasión. Adiviné que el anciano se refería a una de las primeras leyendas artúricas, “Perceval ou le Quête du Graal” del provenzal Chrétien de Troyes, según la cual el guerrero olvida a qué vino al castillo del Rey Pescador y al terminar de pasar ante él el cortejo de los portadores del Grial, olvida hacer la pregunta, el cortejo se desvanece y con él el castillo y sus moradores, y por ello se ve obligado a salir en busca del Cáliz esculpido en el diamante que se creó al caer una lágrima de Dios sobre la Tierra. El Dr. Bueno me seguía mirando con ojos fulgurantes y esperando mi reacción. Jamás había visto en el anciano psiquiatra una mirada tan intensa de viejo brujo.

– ¿A quien se sirve con el Grial? – recité muy despacio.

En el rostro del anciano hubo al principio una profunda sorpresa, como si esperara que yo ya hubiera trascendido aquella pregunta, luego el fuego de su pasión fue dejando paso a la serenidad del universo y sonrió:

– ¿Qué otra forma tiene esa pregunta?
– No lo sé. – respondí con sencillez, como indicando que yo ya había cumplido con lo esencial, que era hacer la pregunta que olvidó Perceval, el resto, adivinaba, debía encontrarlo en el camino que tenía por delante, como el mismo Perceval, y por lo tanto debía hacer como él, es decir buscarla.

El anciano se acercó a los dos, con el aire de haber cumplido su misión y felicitar a los ganadores del extraño torneo, y volvió a enlazar con alguna conversación que hubiéramos tenido días o meses atrás.

– Al parecer, – empezó – la figura sentada en el trono no tiene importancia, sino la luz que desprende el vaso flotando en el aire o sostenido por la mano del guerrero.
– ¿A quien sirve? – repetí con la intención de que el anciano me diera alguna pista, aun a sabiendas que no lo haría.
– Las preguntas solo son respuestas en desorden. – recitó la vieja receta. – Formulamos las preguntas cuando en nuestro corazón palpitan las respuestas luchando por salir. Y tengo la impresión de que ha leído usted ya lo bastante para saber lo que significa el Grial y de ahí podrá averiguar qué hacía metida en su mente esa imagen a lo largo de casi toda su vida.
– ¿No me va a responder?
– ¿Por qué necesita que lo haga? No iba a servirle. Esas preguntas se refieren a la verdad del Universo, y solo sirven a quien pregunta, a nadie más. Yo puedo encontrar mi propia respuesta, y aunque la verdad es única, a usted no le sirve mi respuesta ni la de nadie, solo le sirve la suya, porque la verdad se presenta a cada uno a su propia imagen y semejanza. Por eso cada uno ha de buscar individualmente su propia respuesta.
– Contésteme a algo más sencillo, por favor: – pregunté adivinando que con aquello el viejo ya me había dado suficientes pistas: – ¿Debo entregarme a la policía o esconderme?
– Eso, – sonrió el anciano – eso sí que es irrelevante. Cualquier decisión que tomemos no hará variar lo que estamos hablando… – calló por unos instantes y llevó su mirada al otro lado del escaparate, por entre los libros expuestos, hacia la calle, y su expresión no tenía el aire de buscar en su mente lo que quería añadir a continuación, sino más bien deleitarse en la contemplación de algún punto que había llamado de pronto su atención. Finalmente, como si saliera de su ensimismamiento para volver a la conversación añadió: – No importan nuestras decisiones porque solo vemos a un milímetro de nuestras narices, nada más, no podemos ver lo que ha de ocurrir ni visionar el pasado que no vivimos. No tenemos visión de conjunto sobre las cosas y los acontecimientos, y estamos atrapados en las corazas ignorantes de ese autómata ciego que llamamos Ego, y por tanto – hizo un gesto evasivo con la mano – da igual; A la Búsqueda y al Camino no le afectan ese tipo de decisiones coyunturales y absolutamente transitorias, nada de eso ha de variar el curso del rio. Y ahora si me lo permiten… se me ha hecho tarde. – Y salió después de despedirse brevemente del anticuario y de nosotros.

Supe que aquella era la última vez que me encontraba con el anciano psiquiatra debido a lo directo, contundente y sin concesiones de su corto diálogo. No había perdido un instante en cortesías ni siquiera para preguntar si aquella que iba a mi lado era Montserrat, ni como estábamos, o cómo nos iban las cosas. Había pasado completamente por encima de todo lo circunstancial e ido directamente a la esencia. Probablemente porque se le estaba acabando el tiempo, pensé, pero a quién, a él o a mí.

No nos entretuvimos mucho más en el anticuario, yo ya había recogido todo lo que aquel cofre del tesoro podía darme y recité para mí interior la formula clásica, con la intención de que ella trazara la siguiente etapa de mi camino:

“El Grial es el Conocimiento, la Luz primordial que el Mensajero entregó a los hombres, y sirve al Rey, es decir al ser humano en sí mismo, al héroe cotidiano, y por tanto a la tierra en la que habita. Y sirviéndole a él, sirve a los demás, a la humanidad en su conjunto. Perceval, “Albert” o usted o yo vamos en busca del Grial para beneficio propio, porque si no podemos gozar de la luz del Conocimiento no podremos ayudar a los demás. Y el Conocimiento es la luz que no se almacena, sino que inunda constantemente y atraviesa a la persona para irradiar a los demás. Por esos quienes ha adquirido el Conocimiento ya no se apegarán a las cosas ni a las personas, porque saben cuan férreas son las cadenas del apego, del deseo y de la esperanza, o cualquier otra forma de miedo que oculta la Luz. Por eso el Conocimiento ha de fluir y transmitirse. Sabemos distinguir quien ha recibido Conocimiento porque lo transmite inmediatamente, aunque deba mantener la ancestral fórmula de no dar perlas a los cerdos”

Y la búsqueda del conocimiento, como reza el viejo proverbio sufí “si quieres conocer a Dios, conócete a ti mismo”, empieza por penetrar en los más íntimos secretos de la propia historia. Y mientras aquel recitado se abría camino por los senderos de mi mente, una clave se fue desprendiendo como las volutas de humo al salir de una pipa acaban formando una imagen en el aire: Mi nombre, o el código de mi nombre; mi destino.

– He de marcharme enseguida… antes de que olvide a Albert Brein. – le dije por fin a mi compañera. Habíamos llegado hasta el final de las Ramblas, ese hermoso bulevar que entre tiendas de pájaros, flores, libros, artistas y todo el colorido de la especie humana transita hacia llegar al puerto, al punto donde dice la historia que desembarcó Cristóbal Colón en uno de sus viajes de regreso del Nuevo Mundo. Las tranquilas aguas del puerto me despertaron de mis reflexiones como placenta que expulsa por fin al ser.
– ¿Quieres entregarte a la policía?
– No hace falta, ni siquiera que siga escondiéndome.
– Pero…
– Siempre hay una tercera vía.
– ¿Qué vas a hacer?
– Mi especialidad era el camuflaje, burlar los controles, y por otro lado Irlanda está en la Unión Europea y no necesito pasaporte.
– Pero eso ya lo hemos hablado: Debido a la Guerra Contra el Terrorismo, la policía puede pedir pasaportes en los aeropuertos, en cualquier momento.
– No te preocupes, es mi especialidad. – repetí enfatizando el tiempo presente del verbo, y añadí enseguida, pero más bien para mí: – Aunque… ¿quién sabe como estarán ahora las cosas, después de tanto tiempo? He de temer más a mis antiguos compañeros que a la policía, porque pueden pensar que les he traicionado. Un comando no puede abandonar más que muerto.

A Montserrat le costó responder con claridad, a medio camino entre la irritación por verse excluida y el miedo a perder aquel espejismo llamado Albert Brein. Finalmente se dijo que había escogido la vía de la pasión y le dio más miedo aún retroceder a sus antiguos refugios familiares cuya mediocridad e inmovilidad le aterraban aún más.

– Quiero ir contigo.
– ¿Eh? – Yo estaba ya muy lejos viajando hacia lo desconocido sobre el reflejo de las luces del puerto en el manto tranquilo del agua. Volví y me la quedó mirando. – Montse, vida mía, no sé lo que puedo encontrar. Mientras me crean muerto estoy a salvo, pero una vez resucite puedo resultar demasiado incómodo a algunos. Además… necesito estar solo cuando me encuentre con mi origen, porque nos conocimos en un lugar muy alejado de él, nos conocimos en un accidente y por causa de un accidente.

Montserrat hizo un gesto con la mano que pretendía resumir tanto su absoluto desconocimiento de lo que aquello podía significar como que le daba igual. Y me la quedé mirando con admiración mientras pensaba con rapidez qué excusa podía elaborar para que desistiera de ello, pero efectivamente, pensé que volver al refugio familiar, que jamás mitiga los miedos sino que los aumenta, podía significar la muerte de la diosa, y eso era lo último que yo podría soportar, pasara lo que pasase con Sean O’Flagherty. Prefería en la mujer el tormento y el éxtasis a la comodidad y la seguridad, porque éstas no eran más que formas de una muerte más devastadora que la muerte física, entre otras razones porque dicen que con la muerte del cuerpo no se colapsa la energía sino que se transforma, mientras que con la muerte del espíritu sí que ocurre indefectiblemente ese colapso fatal.

ONCE – RECUERDA QUIÉN ERES

Una mañana me desperté de pronto sobresaltado por la intensa sensación de encontrarme en otro lugar. Durante los primeros momentos no reconocí la habitación, la cama, quien dormía a mi lado, la ventana. Despuntaba el alba lentamente. Di una larga y profunda inspiración. Poco a poco fui recordando donde estaba y el nombre de la mujer que dormía a mi lado, los objetos, el día de la semana, etc. Pero un cierto efecto de desenfoque permaneció controlando mis sentidos durante los días siguientes. Hablaba con la gente, iba por la calle, acudía al trabajo, discutía con mi mujer, etc., pero desde la distancia, como si un desdoble de mi yo estuviera actuando en el escenario para representar un papel preconcebido y mi verdadero yo me estuviera observando desde el patio de butacas. Estaba y no estaba, ponía todo mi interés y me implicaba en lo que hacía, pero como si de pronto un brote esquizoide hubiera asaltado las conexiones de mi cerebro desdoblándolo hasta el punto de verme actuar desde otro lado, como el director de escena que observa como uno de los actores representa un papel en esa obra que ya lleva años en cartel, y cuyo interés principal para el público estriba en ver representarlo a diversos actores. O como si el protagonista de una película fuera al mismo tiempo el director detrás de la cámara.

Las escenas iban pasando ante mí y dentro de mí. Y como no sentía la sensación de apego, porque mis registros cerebrales solo reproducían la información captada recientemente y además a la manera del explorador que registra lo que ve básicamente por curiosidad, no sentía miedo de ese efecto de desdoble, simplemente lo observaba como una facultad interesante. Y desde luego trataba de evitar que una sonrisa apareciera en mis labios al observar las actitudes de la gente.

Por ejemplo cuando mi mujer me soltó aquella noche que desde hacía tiempo tenía sus dudas sobre si trasladarse a otro apartamento que “estuviera mejor”. No presté atención a sus argumentos sino a captar la sensación de miedo que me llegaba de esa niña, dominando por completo las decisiones de la adulta, a actuar de forma independiente, y por lo tanto a abandonar la protección del hogar familiar. Observaba por encima de ella y sentía compasión por aquel fantasma en forma de niña de corta edad debatiéndose entre la exigencia de odiar a su padre y la agradable sensación que estar cerca de él le producía, y, como consecuencia de aquel conflicto, la necesidad de destruirlo. O soñando todavía en unirse en amor profundo con tío Lucas. Por encima de la cabeza de una actriz llamada Montserrat que se empleaba a fondo gesticulando un bien aprendido rol de niña caprichosa, voluble, y locamente adorable, aparecía la sombra de un sutil asesino permanentemente ideando la manera de destruir al hombre cuando no había logrado esquivarlo. Un asesino en forma de espejo que producía el doble contrario de lo que el sujeto quería ser, un permanente lado tenebroso de la verdadera esencia del ser. Sobre todo ingeniándoselas, en el caso de Albert, que había sido tan astuto como para hacerla transformar hasta alcanzar el placer solo reservado a las prostitutas. Yo sabía que tenía la partida perdida porque las formas del transformismo del inconsciente de los habitantes son infinitas, con lo cual lo mejor que podía hacer era retirarme. Se lo traté de decir al fantasma, de explicar que ya no iba ya a presentar batalla porque el Paraíso es un lugar sagrado y a salvo de toda batalla, pero me di cuenta de que era igual; el fantasma vive de la lucha y la violencia, y el conflicto es su alimento. La mejor victoria es desactivar la violencia, aunque es la victoria más difícil. El general ganador, leí en el libro de Sun Tzu, “El Arte de la Guerra”, es aquel que no necesita librar ninguna batalla. O, me dije, dos no se pelean si uno no quiere…

Y de pronto esa frase hecha, corriente en el mundo de los nativos, despertó otra vez algo en mi mente, como si la chispa de un relámpago despertara el polvorín encendiendo una mecha que alguien hubiera dejado descuidada colgando de una ventana. Y como si esa mecha encendiera un segundo polvorín, esa frase hizo aparecer otra: “Ojo por ojo y diente por diente”. Entonces, la imagen de Montserrat y su fantasma se desenfocaron por completo y me encontré sentado en una estancia amplia, bordeada de columnas, solo iluminada por un potente haz en diagonal de luz del día que entraba por un ventanuco practicado en el techo. En el centro una figura sentada en lo alto de un trono mayestático que me hablaba, pero yo no podía oírla. Llevaba un objeto en la mano, una especie de cáliz de cuyos bordes irradiaba una luz muy potente en todas direcciones. Estábamos sentados frente a frente dejándonos impregnar por aquella luz hasta ser uno con ella, hasta que toda la estancia fue la luz y toda la estancia fue Él y toda la estancia fui yo.

No supe el tiempo que había pasado en ese éxtasis, pero la escena permaneció en mi mente de forma indeleble, y poco a poco empezó a activar algunos resortes que yo ignoraba. Al principio fue solo una sensación de inquietud, como el día en que me fijé por primera vez en la litografía del escaparate del Anticuario. Un ligero aguijón en la boca del estómago, parecido a la sensación que se siente después del anuncio de una tragedia; Algo va a ocurrir que nos llenará de terror o que nos dejará desprotegidos. Una sensación conocida por haberla vivido, pero que irrumpe en el momento actual sin causa aparente. O a lo mejor no es el anuncio de una tragedia sino el despertar de algo, que por intenso nos parece un mal presagio.

Sentí claramente que algo se estaba despertando en mi interior, y entonces, poco a poco Montserrat y su mundo se iban alejando, desvaneciendo, como personajes de una vieja función que lleva años en cartelera y que hemos visto ya tantas veces que solo nos estimula verla de nuevo porque cambian los actores. En alguna ocasión desde el día del accidente pensé que a lo mejor estaba soñado, eso sí, un sueño muy largo y muy vívido, pero el orden repetitivo de los acontecimientos que se iniciaba con el día y la propia estructuración de las cosas me hacía descartar esa idea. Sin embargo aquella sensación de alejamiento, de desvinculación del entorno estaba agudizando el desdoble de mis propias vivencias.

Y tal agujón, esa sensación de sentirme desprotegido, como si de pronto me encontrara desnudo en pleno desierto frente a una terrible tormenta, me hizo volver la vista a ambos lados de la habitación. Montserrat se había calmado al encontrar algo con que distraerse. Los niños se calman cuando quien los cuida logra encontrar un nuevo estímulo que los atrae y por lo tanto despierta resortes en sus sentidos y se produce una cierta actividad mental creando una ilusión de seguridad o por lo menos de estar protegido. Los adultos, mera envoltura de su niño, se calman ingiriendo algo que active la ebullición en el estómago y por lo tanto llene de fluido energético sus vísceras o buscando algo nuevo, un estímulo de novedad que los atraiga. Todo estaba en orden, la casa confortable, llena del rumor apacible de los habitantes, Montserrat, la actriz que representaba a su madre en aquellos momentos de su obra teatral, estaba tranquila, canturreaba, acabábamos de cenar. Por lo tanto, imitando uno de los miles de resortes automáticos aprendidos de los nativos-robot fui al mueble bar y me serví una copa de coñac. La inquietud no desapareció ni al terminarme la segunda copa, sino que parecía ir en aumento. Surgió otro resorte automático: hacer el amor. Mi niño sabía muy bien seducir a la madre, por mucho que la niña Montserrat sintiera terror de sucumbir a los encantos de su padre. Al terminar, no me preocupaban ya los ataques del fantasma de Montserrat sino que esa inquietud no había cesado, sino todo lo contrario y no sabía como calmarla.

Salí a la terraza. Hacía una noche espléndida, apacible, estrellada. El hormiguero rutilante de la ciudad quedaba suficientemente lejos. Me senté y cerré los ojos. Hice tres respiraciones hondas y dejé luego de controlar la respiración. Me concentré en que los pensamientos entraran y salieran sin quedarse ni provocar ninguna reacción, pero no lograba calmar aquella sensación en la boca del estómago a punto de provocar el llanto. Al cabo de un rato no tuve más remedio que intervenir. Intelectualicé la situación. Le hablé al niño y le ordené que me escuchara: No había lugar para sentirse desprotegido. Después de sobrevivir a un salto en el vacío había logrado hacerme una posición social entre los nativos de un mundo que empezó siéndome absolutamente desconocido, y que esa posición no era más alta porque yo no quería. El país estaba en calma, no había amenaza de guerra, etc. etc. Pero no fue suficiente, tuve que aislar intelectualmente la sensación de desprotección con reflexiones como: Solo los niños humanos persisten en aferrarse al nido, en creerse débiles y acreedores de los padres. No hay ninguna especie en el planeta que bloquee el instinto de conservación de la misma al infundir miedo e inseguridad a las crías para que no abandonen el nido. Etc. Etc. Finalmente abrí los ojos. Sin duda se trataba de otra cosa. ¿El qué? Y entonces se me coló en las tramoyas de la mente una idea extraña. ¿Sería verdad la versión de los nativos y en realidad yo era uno de ellos solo que aquejado por una pertinaz amnesia? ¿Estarían en lo cierto con lo del accidente aéreo? Hasta aquel momento ni por asomo había considerado que los nativos tuvieran razón, pero aquella honda e inesperada sensación me hacía dudar de todo, incluso de mi propio origen, de Arghven, de las montañas rojas, de los entrenamientos. ¿Sería verdad aquella versión de mi vida? Y entonces, ¿estaría empezando a lo que los nativos llaman “recordar”? ¿Habrían empezado a despertarse los bancos de memoria de quienquiera que yo fuese, y a descubrir también a un niño a quien su propia cultura tampoco enseñó a ser libre? ¿Se estaría resquebrajando la corteza de la supuesta amnesia?

Durante la semana siguiente mi mente se vio sacudida por destellos de imágenes de otro lugar y otra situación. Personajes que no tenían nada que ver con Montserrat y su mundo. Eran sin embargo escenas de familia. Un paisaje muy verde, partes de un caserón rural, gente parecida a los nativos con los que había estado viviendo, pero sus rasgos eran diferentes, más rubios y de tez más sonrosada. Y hasta tal punto la irrupción de aquellas imágenes perturbaba mi vida normal que Montserrat acabó intuyendo lo que ocurría:

– ¿Estás recuperando la memoria, verdad?

Aquello sonó más a lamento que a pregunta. En general por muchas diferencias y trifulcas que haya en la pareja, siempre preside el miedo a la pérdida. Y en Montserrat, al darse cuenta de que su marido podía por fin recordar quien era y por consiguiente volver con los suyos le entró pánico.

– No lo sé… no sé que me ocurre. – Y añadí con aire jocoso – Bueno, ya sabes, mi “pelota” esta un poco… – terminé la broma con una expresión evasiva con la mano.
– ¿Pero qué recuerdas? – Insistió ella.
– Todo es muy vago, no sabría decirte…
– ¿Ves imágenes?
– Escenas… Una casa, un paisaje, una gente…
– Los reconoces.
– No…

A veces parece que el devenir de la vida sigue pautas muy curiosas, pero también muy precisas. Un día en que cenábamos en casa de unos parientes, los sobrinos habían puesto en el video una película de dibujos animados, “El Rey León”, y acerté a cruzar el salón en un momento muy preciso de la película aquel en el que el fantasma del padre muerto, dibujado en el cielo le dice al hijo perdido fuera de su lugar y comportándose como un individuo de otra especie: “Recuerda quién eres”. Me quedé petrificado delante del monitor. La película siguió encadenando otras escenas, pero aquella quedó indeleble por mucho rato ocupando toda la “pantalla” de mi vida. “Recuerda quién eres”…

Recuerda quién eres.

Esa frase se instaló en mi mente como un inquilino dispuesto a quedarse. ¿Sería mi mundo el de las escenas que estaban irrumpiendo en mi mente en los últimos días? Un paisaje y gente de otro lugar, un cielo y un mar de otro color. Leí en algún lugar que la verdad, o lo que uno busca, está fragmentado como las piezas de un rompecabezas y estas se encuentran esparcidas por doquier. Hay que irlas detectando, reconociendo y recopilando para que vayan encajando una a una hasta que el dibujo del rompecabezas empiece a tener sentido. Si aquello era verosímil, ¿qué piezas había encontrado hasta aquel momento? ¿Cómo podía identificarlas y cómo buscar en el almacén de mi memoria? ¿Habría algún signo que identificara el hallazgo? Durante el devenir normal de las cosas, es decir el curso de mi vida junto a aquellas gentes, mis sentidos navegaban monótonamente por aquel océano de aguas poco profundas; las conductas, las expresiones, las frases, los quehaceres transcurrían con mecánica repetición. Mis sentidos habían ido aprendiendo desde el primer día las diferentes variaciones de la conducta humana e iba haciendo inventario. A lo largo del día todo era lo mismo en esencia, aunque coloreado externamente de infinitas maneras. Uno puede estar observando la actividad de un hormiguero durante horas y al final puede tomar un papel y un lápiz y hacer un a lista de todo lo que hacen las hormigas, sus reacciones ante lo imprevisto, sus conductas, etc. Probablemente todo quepa en una sola hoja de papel. Pero, diferenciándose claramente como hitos en el camino, mis sentidos se conmovieron como en las contadas ocasiones en que algo sucedió que iba mucho más allá de aquella rutina cotidiana. Mi reacción interrumpió sin lugar a dudas la proyección de la película de todos los días para introducir algo. ¿Serían esas las piezas que estaba buscando? Y aunque no lo fueran me puse a ordenarlas: El grabado medieval del Rey recibiendo o entregado el cáliz de luz y un mensaje a lanzado través de un medio cotidiano como un aparato de televisión, vulgar, pero certero: “Recuerda quién eres”. Como si hubiera encontrado el interruptor, un resplandor muy intenso se desató en mi interior como un fogonazo. En la pantalla de mi mente apareció una frase, pero en blanco. Veía una frase pero no podía leerla. Era un mandato relativo a una escena de leyenda o de iconografía religiosa y al rey Artús, pero aún no podía completarla. Lo que sí veía era el mandato y alguien ordenándomelo. ¿Quién? ¿Alguien de mi gente, de mi mundo? ¿Alguien de aquel hermoso paisaje rural? ¿Qué tenía que encontrar en un anticuario perteneciente al Rey Artús? ¿Un mito? Me había dicho mi amigo el anticuario, que eso podría ser algo que solo se encuentra en el fondo del corazón y que por lo tanto es lo único que resiste al tiempo, porque se transmite de corazón a corazón. ¿Sería el mandato buscar el mito de aquellas gentes de otro país que había empezado a ver en sueños?

Y al igual que el animal olfatea el alimento y va en su busca, así el corazón del superviviente fue al encuentro de otra de las claves, o recíprocamente ella fue a buscarle olfateándolo como su destinatario. Montserrat me había pedido que fuera a la agencia de viajes para contratar el viaje de las próximas vacaciones. Y como solo el que no es ciego puede ver, al entrar en el establecimiento mi mirada tropezó con una imagen que me volvió a dejar petrificado: Un poster promocionando viajes a Irlanda, básicamente compuesto por una gran fotografía de un hermoso paisaje rural en la costa Norte.

Retrocedí hasta la puerta porque aquel cartel se convirtió instantáneamente en las ventanas de un edificio de las que salían las llamaradas de una enorme explosión. El cristal de la puerta casi se rompió contra mi espalda. La pared del fondo, los mostradores de la agencia de viajes, con sus dependientes y sus ordenadores y los billetes y los folletos era en aquel momento un edificio de cinco plantas ardiendo por completo. Y con igual violencia irrumpió en mis oídos un gran estruendo de alaridos y exclamaciones de dolor, ulular de ambulancias y bomberos y otros ruidos inidentificables de variada procedencia. Seguí retrocediendo y ese edificio en llamas y la gente que salía de él también envuelta en llamas me fueron persiguiendo enloquecidos…

… Con la suave cadencia de una danza nómada, los remolinos de polvo del desierto se llevan los ecos de las palabras del extranjero que no quisimos ver partir…

Colinas verdes de perfil suave se recortan contra un cielo de plomo donde no existe el horizonte y donde las brisas imprevistas llegan cargadas de las notas de un músico desconocido que toca su violín y baila sobre la hierba. Soy la bruma que recorre las tierras altas y me apiado del corazón de los hombres que no logran entender que su espada es la prolongación de su alma. Y llevo el recuerdo del extranjero que creyó ver la luz emergiendo del cáliz suspendido en la atmósfera mayestática del templo. Soy el sonido de mis propios recuerdos tratando de recordar quien soy, y soy el aroma de mi propio perfume suplicando por permanecer un instante más. Y por fin ya no soy yo, para convertirme en tu…

Estuvieron cinco días buscándome. Montserrat recurrió a todo, policía, bomberos, detectives privados, anuncios en periódicos, fotos por las calles, etc. Por fin me encontró el policía local en una playa cerca de Barcelona, inconsciente, sentado con la espalda curvada hasta tocar con la cabeza las plantas de los pies. Dicen que al tocarme me desplomé quedando tendido boca arriba. Apenas respiraba. Me desperté en la ambulancia. No sé cuántos días había pasado en blanco. El enfermero le contó a Montserrat que hice un gesto muy extraño, por lo menos para él, no para mí. Apenas abrir los ojos y darme cuenta que aún estaba con vida hice ademán de saltar hacia la puerta para escapar por ella, pero me detuve inmediatamente, dicen, que mirando con ojos de fiera acorralada a los tres camilleros que me retuvieron, aunque sin perder la amabilidad. Me palpé el cuerpo y la ropa, y los costados y me quedé quieto boca arriba mirando a todas partes mientras apretaba los dientes. Pensé que era mejor no moverme porque probablemente no sabían quien era yo, ya tendría tiempo de huir si sospechaba que me habían descubierto. No eran de la Interpol ni por supuesto de la policía inglesa; estaba en España. No articulé palabra hasta que al cabo de varias horas Montserrat entró en la habitación. Sentí una extraña sensación al reconocerla, como si me lo hubieran contado, pero no dudé un instante en haber pasado los últimos tiempos junto a aquella mujer, pero lo que sí me sorprendió fue su belleza, como si hubiera en ello una flagrante contradicción. No tuve tiempo de pensar en nada más, pero me pareció que una mujer tan deslumbrante no era para mí. La policía había reconocido mi descripción y Montserrat les puso al corriente de mi estado amnésico y que probablemente habría sufrido una crisis. Ella se echó a la cama a abrazarme sin pensarlo dos veces y a pesar de los médicos, las enfermeras, los camilleros que normalmente en estos casos se portan como autómatas y tratan de impedir estas proyecciones emocionales, que no sirvieron de nada porque llegó a gritarles ferozmente que si no se apartaban la emprendía a puñetazos. Que ese era su marido y nadie iba a tocarle más que ella.

– Hola Montse… – balbuceé como pude – No sé lo que me ha sucedido…
– No hables, cielo, no te preocupes de nada, ahora voy a buscar el alta y nos vamos a casa. – Y volviéndose hacia el doctor: – Y si no me la dan quemo el hospital.
– Esta bien, señora. – dijo el doctor calmándose por fin. – Solo queremos asegurarnos que está bien. Ha de estar en observación hasta mañana…
– ¡Dónde he de firmar para eximirles de tal responsabilidad! – gritó encarándose al doctor.

Yo casi no podía caminar. Probablemente permanecí en aquella playa dos o tres días inconsciente. Al bajar del coche Montserrat y su padre tuvieron que ayudarme hasta la escalera del edificio. Ella iba diciéndome que su madre insistió en llevarme a su casa, pero que ella repuso que aquel apartamento era nuestra casa… Eso también me pareció extraño, por más que reconociera el lugar. Todo me era tan extraño y sin embargo lo reconocía como si lo hubiera vivido efectivamente. Pero no encajaba en absoluto con mi vida, con lo que yo era, sobre todo el que una mujer tan hermosa, joven y con aquel cuerpo, me abrazara solícita y parecía desvelarse por mí. Eso era lo más sorprendente.

Permanecimos los dos solos en la habitación, yo tendido sobre la cama boca arriba con la mirada fija en el techo, ella sentada en el borde cogiéndome la mano. El padre se había ido hacía unos minutos. Me acordaba de todos los detalles y de haber vivido allí, pero al mismo tiempo me daba la sensación de que no había sido yo el inquilino de aquella escena, como si alguien hubiera puesto en marcha un vídeo y yo me estuviera mezclando con lo que ocurría en la pantalla. Me sentía estar allí claramente, pero al mismo como si solo se tratara de un sueño muy real. Y sobre todo incomprensible.

– Ya sé quien soy. – empecé por fin muy despacio, porque sentía la presión de tener que decir algo. Noté que se congelaban los dedos que asían mi mano. No pudo articular palabra. Algo me dijo que debió temer ese momento desde tiempo atrás. – He empezado a recordar. Soy irlandés, de Belfast, y estoy recordando que mi casa está en una ciudad llamada Armagh en la que hay una basílica dedicada a San Malaquías…
– ¿Sabes ya como te llamas? – Pudo por fin peguntar Montserrat. Intenté decir algo, pero ese detalle no me llegaba aún. Esbocé el gesto para darle a entender que ya llegaría. – ¿Vas a volver con los tuyos?
– … No lo sé. Empiezo a recordar, pero los recuerdos siguen estando muy lejos….
– ¿Qué quieres decir?
– Tengo la sensación de haber estado aquí, contigo, pero… Supongo que necesitaré unos días para poner en orden…
– ¿Quieres marcharte? – se apresuró a preguntar
– Oh, no… No lo sé… Eso es precisamente lo que trato de decir. – Y entonces, sin saber porqué y contrariamente a mi lógica, sentí que hacía a Montserrat una confidencia. – Hay algo en mi mente que se contradice… No se porque, pero siento claramente que no quiero recordar quién soy… ni quién fui. No quiero recordar…

No sé cuanto rato floté como en el silencio de un monasterio en ruinas. Un paisaje tan inmóvil como mi cuerpo, que iba dejando que los pensamientos lo fueran poseyendo a su ritmo.

– Creo que… empiezo a recordar quién era yo antes del accidente… Me viene a la memoria que me hablabais de un accidente aéreo… También me vienen imágenes de mi familia, mi lugar de nacimiento y lo que yo hacía… A mi padre lo mató una bomba en pleno centro de Belfast cuando yo tenía 6 años… Pero hay un extraño pensamiento que da vueltas en mi cabeza con insistencia: Se trata de una escena en la que un ser… no sé… como celestial me pide algo, pero nunca consigo oír el qué. Veo la frase en mi mente pero sin poder leerla. – Noté que Montserrat iba a decir algo pero se contuvo – Y además, recuerdo haber tenido ese pensamiento desde hace muchos años, más bien durante casi toda mi vida… – Me costaba mucho hablar, pero una extraña presión interna me empujaba a hacerlo – Y ahora me veo aquí, en esta ciudad… Teniendo el mismo pensamiento, pero se trata de algo es distinto y no sé lo que es. Recuerdo un anticuario, una tienda y yo estoy mirando un grabado que ilustra un libro medieval en el que aparece exactamente esa escena… – cerré los ojos porque la imagen me hacía daño.
– ¿Qué tienes, que te ocurre? – saltó Montserrat inclinándose hacia mí.
– No… no es nada, solo que es un a imagen muy intensa… Recuerdo haber estado examinando otros grabados en la misma escena pero variando algunos detalles… – Traté de incorporarme, pero sin la ayuda de Montserrat no lo hubiera logrado – Pues bien, por fin, cuando el otro día fui a la agencia de viajes a contratar las vacaciones todo estalló en mi interior… Fue terrible, pero por fin sonó la frase… Una frase que es un mandato, y en el que se me pide que viaje a Barcelona en busca de algo, y me lo manda mi padre… ¡Mi padre! – repetí mirándola de lleno a los ojos, sintiendo que le hacía daño mi mirada. – ¿Te das cuenta? Desde los seis años no tuve nadie que me hiciera de padre, y sin embargo recuerdo haber oído esa frase con frecuencia, y sobre todo recientemente. Mi madre, una mujer con el coraje de 100 hombres, nos crió a mí y a mis cuatro hermanos trabajando de lo que fuera y no permitió que ningún hombre se acercara ni a ella ni a nosotros, decía que ya había tenido bastante violencia. He pensado que a lo mejor se trataba de una orden del IRA y que en mi amnesia lo disfrazó de forma exótica, o no es más que un recurso de mi inconsciente para compensar la permanente búsqueda del padre que perdí. – entonces me incorporé un poco más y la miré con curiosidad como si acabara de conocer a alguien que debe ser muy próximo y que sin embargo lo siento como desconocido. Finalmente me armé del valor que jamás tuve con una mujer, para soltar: – Montse: Soy un comando del IRA. Un asesino. Tenía por misión pasar por Barcelona de camino a una localidad del País Vasco, para entrevistarme con gente de ETA. Cuando viajamos solemos dar algunas vueltas para despistar a la Interpol. Hice escala en Frankfurt. Iba a reunirme con la cúpula de esa organización terrorista para entrenar a reclutas. Estuve 8 años en la cárcel. Mi pasaporte era falso. No me llamo Albert Brein sino Sean O’Flagherty, un nombre por lo demás muy corriente en Irlanda. Como tapadera tengo un pub en Armagh. – quedamos unos minutos en silencio. Yo jadeaba, exhausto por la larga y precipitada revelación. Oía los latidos de mi corazón como un tambor de galeras. Supongo que en mi expresión debió dibujarse estar buscando la manera de despedirme para desaparecer sin hacer ruido y no poner en peligro a aquella mujer que me inquietaba mucho más que la recuperación de mi memoria y de lo que yo era en realidad. Ella fue variando la suya ligeramente; a la preocupación introdujo un esbozo de sonrisa aun sin decidirse, pero me dejó terminar: – Supongo que por eso no he querido saber quien era yo realmente. Me viene ahora también a la memoria que la gente de aquí me decíais que estaba amnésico y que mi amnesia la produjo ese accidente aéreo. De eso si que no me acuerdo… bueno, quiero decir que recuerdo haber subido a ese avión, pero nada más, no recuerdo nada del accidente. Pero el resto empiezo a verlo claro, esa amnesia me daba una cobertura inconsciente para escapar de mí mismo. Me dediqué a explorar el lugar donde había ido a caer y a estudiar como erais en lugar de esforzarme por averiguar mi pasado. Pero… aún hay tanta confusión… muchas cosas incompresibles se cruzan aún en mi mente

Quedamos unos instantes en silencio. Ella buceaba en mi rostro como si necesitara averiguar algo en concreto a toda costa, algún detalle que yo no estaba mencionando y que para ella parecía importante. Aunque no creo que fuera esa insistencia lo que me inquietaba. Por fin le dije a modo de conclusión, como despidiéndome:

– No debes preocuparte. Saldré de aquí sin que nadie se dé cuenta. Estoy acostumbrado, sé como hacerlo. Desapareceré…
– ¿Estás casado? – me interrumpió.
– ¿Qué? No…
– ¿Te espera alguna mujer en alguna parte?
– No…

Montserrat se recostó por primera vez en el cabezal de la cama y lanzó un largo suspiro. Sonrió más abiertamente. Yo la miré sin comprender, iba a preguntar por qué sonreía, cuando ella me lo explicó:

– ¿No has leído sobre los Acuerdos de Viernes Santo?
– ¿Qué?
– Hace más de un año se firmó la amnistía y hay un gobierno provisional en el Ulster. Los presos del Ira están en la calle.
– ¿Qué dices? ¿Cuánto tiempo he estado…?
– Casi dos años.
– Dos años…
– Pues sí. No me preguntes los nombres de los que forman el gobierno porque no recuerdo ninguno… Un tal Gerry Adams apareció bastante por televisión…
– Gerry…
– Es curioso que no te dieras cuenta, porque seguro que más de una vez tuviste que verlo por televisión en los programas de noticias, porque no hablan de otra cosa… Pero, supongo que eso es lo que fue: algún mecanismo de defensa que te impidió reconocerte, y que debió haber bloqueado tu atención, precisamente para no descubrir quien eras. ¿Ves como yo también le doy al psicoanálisis?
– Supongo que es lo que dices… – me detuve y me la quedé mirando con curiosidad; yo era consciente de conocer íntimamente a aquella mujer, pero me costaba salir de la sensación de atmósfera irreal y aceptar que había sido yo mismo el que vivió aquella situación, y no que nadie me ha hubiera contado. Ella seguía hablando como continuando lo que decíamos ayer, sin darse cuenta de que recuperar la memoria me estaba convirtiendo en otra persona muy distinta.
– Se lo que estás pensando Al… ¿Sean?
– Da igual, llámame como quieras…
– Supongo que te estará sorprendiendo verme distinta a esa niña caprichosa y temerosa de lo que dirán, ¿verdad? – No pude responder a eso, pero ella continuó – Y es que toda esta situación ha resultado demasiado para mí y ya estoy harta de estar a la defensiva. Seas quien seas y adonde vayas, iré contigo. Ya estoy harta de obedecer lo esta bien de lo que esta mal y evitar la vida, ya estoy harta… Bueno, supongo que mañana me entrará el tembleque y volveré a ser la niña asustada que se defiende siendo caprichosa y cruel. Es un riesgo que hay que correr… bueno, si quieres, claro… Pero desde hace algún tiempo sé que no te has marchado porque… bueno porque te doy lo que necesitas. Y aunque últimamente has estado más afuera que dentro no tengo ahora celos de tus amantes; probablemente mañana me ponga insoportable, pero, bueno, eso también es un riesgo. ¿Qué dices? ¿Soy tu mujer?¿Cuándo nos vamos?

¿Celos de mis amantes? Eso sí que era insólito. Ya me estaba costando mucho entender cómo había seducido a una mujer de tan explosiva belleza, con el miedo que siempre me ha dado acercarme a las mujeres y mucho mas aun que descubran que ardo en deseos por ellas, y por lo tanto el que ella hablara de mis amantes me sonaba absolutamente inaudito. Supongo que también tengo que hacer el esfuerzo por recuperar la memoria de mis tiempos de amnésico porque seguro que fui otro hombre totalmente distinto. Me recosté sobre un codo, más bien me derrumbé. No entendía lo que estaba ocurriendo, pero no me resultaba difícil recorrer, por lo menos en la superficie, aquellos dos últimos años. Todo venía a mi mente muy deprisa, por más sorprendente que fuera, en especial recordar mi desparpajo en decirle a aquella diosa abiertamente lo que sentía por ella, lo cual hubiera sido impensable, antes del accidente. El resto, las dificultades en consumar el matrimonio y los problemas con la familia ya parecían algo más normal, aunque mi mente no estuviera recibiendo aún todos los detalles.

– ¿Te estoy sorprendiendo, verdad? – volvió a preguntar porque hacía rato que yo no podía articular palabra.

No contesté, no sabía qué decir. ¿De qué podía estarme sorprendiendo? Sonreí y me incorporé otra vez hacia ella, y se me ocurrió abrazarla, porque recordé que eso es lo que hacen los amantes. Y eso pareció pulverizar de golpe los cerrojos de una cárcel. Ella giró su cara hacia mí y empezó a besarme cada vez con más pasión la piel de mi cuerpo que sus febriles dedos iban liberando de ropa, hasta que acabó haciéndome el amor una y otra vez hasta el amanecer.

La miré como dormía y traté de identificar quién podría ser aquel ser de novela heroica. Recordaba bien la sensación de plenitud y gozo que el amnésico Albert Brein, o como se llamase, experimentó en aquel lugar y con aquella mujer, pero que no tenían nada que ver con las angustias del obseso reprimido de Sean O’Flagherty, o como se llamara, que se metió a terrorista para compensar entre otras sus frustraciones sexuales, y que había pasado aquellas horas con la mujer ideal para la mayoría de los mortales tratando de contener la respiración y evitando darse cuenta de los intensos momentos que estaba viviendo. Cuando salió de la ducha me encontró en la terraza tratando de hacer mío aquel sentimiento de mirar la ciudad a lo lejos que recordaba haber experimentado de amnésico. Ya había preparado café y tostadas con algo para acompañar. Se sentó sobre mis rodillas y dejó caer la toalla. Yo me sentí terriblemente incómodo de sentirme incómodo. En el interior de Sean O’Flagherty se había disparado hacía rato el resorte de salir corriendo, porque jamás una mujer de aquella belleza le había propuesto nada parecido.

– Yo también estoy sorprendida. – dijo siguiendo aquel curioso hilo de sus elucubraciones cuyas claves yo trataba de recuperar a prisa de la memoria de Albert Brein. – Algo está pasando y no sé lo que es; a lo mejor la perspectiva de no verte más por culpa de toda esta mierda de normas sociales me está haciendo reaccionar. Sí, amor mío, ya me puedes mirar con esa cara. Hace tiempo que tenía ganas de soltarlo, mucho tiempo, pero me parecía que hacerlo era darte ventaja y quedarme yo en inferioridad. Ahora me importa un cuerno. Es una delicia entregarme en cuerpo y alma, sin resistencia, para que me poseas como quieras y por donde quieras, y que yo no pueda hacer nada más que gozar, porque entonces es total. ¿Quieres que volvamos a joder antes o después del almuerzo? Y ya puedes decirme eso tan machista de: “¡Ah! Esta es mi chica”, que no me enfadaré, también estoy hasta los ovarios del feminismo y de tanta confusión.
– Yo tampoco sé quien soy… – Balbuceé como pude, pero supe que debía continuar, en parte también porque yo lo necesitaba. – Tienes razón en que algo está ocurriendo; algo que no somos capaces de comprender, y la prueba somos nosotros mismos. No se cuanto tiempo me llevará encajar mis dos vidas… Recuerdo muy bien que eras la mujer que eclipsó el mundo, pero lo recuerdo como si me lo hubiera contado alguien o leído en algún libro. Estoy recordando todo lo ocurrido en estos años, pero como si no lo hubiera vivido yo, porque no podría haberlo vivido; me conozco bien. – Sentí como Montserrat iba a interrumpirme y por tanto continué como pude.. – Es cierto que en los últimos meses recuerdo haber estado con otras mujeres, lo cual también es muy sorprendente en mí… – Adiviné un gesto de sorpresa que no supe entender y por tanto tampoco quise continuar por ese camino, de modo que le dije lo que estaba esperando oír: – ninguna se acerca a tu belleza ni de lejos, ni tiene tu fuego, ni tu profundidad, tu totalidad, ni creo que la haya en este planeta.
– En otra persona eso sonaría a puro piropo, pero sé que lo dices así, en directo, como siempre lo has hecho.
– ¿Siempre?
– Sí Albert, tu siempre eras muy directo… – explicó aceptando por primera vez en la situación de mi doble personalidad, antes y después de la amnesia, pero como no pude contestar nada a eso, algo más poderoso se interpuso de pronto y sin concesiones y me oír decir como un autómata:
– “Busca el cetro de Salomón en un Anticuario de Barcelona”.
– ¿Qué?… ¿Otra vez con tus acertijos?
– Es la frase de “mi padre” al enviarme a emprender el viaje. – tuve que responder sin poder mitigar la entonación mecánica, ausente a mi mismo, porque no podía hacer otra cosa. – Y lo que he encontrado es un grabado en el que hay un cáliz desprendiendo luz ante un rey que probablemente se llame Artús.

Montserrat iba a advertir a su hombre que le había dicho que no tenía padre, y que le acababa de decir que viajó para entrenar a unos comandos de ETA, pero esperó nuevamente, estábamos los dos viajando a mucha distancia de la lógica y por primera vez desde que nos conocimos el vértigo de lo desconocido, de lo insólito, de lo inexplicable la excitó de tal manera que después de unos prudenciales minutos y cuando le pareció que yo salía de aquel extraño trance, empezó a besarme nuevamente por todas partes hasta transportar a Albert o a Sean, quien quiera que fueran, al paraíso de las 1001 noches como por una legión de expertas odaliscas de harén. Y el vacío abismal que separaba ambos personajes se me volvió a petrificar en alguna parte cercana a la boca del estómago, para recordarles que la vida era irremediablemente indigesta. El primero, un superviviente con nombre falso no podía ser más que un hombre libre, mientras que el segundo, atado por un nudo de culpabilidades sexuales aprendidas solo en piel ajena y materializadas en su imposibilidad de expresar a una mujer lo que sentía por ella por miedo a que descubriera que la deseaba. Cuando no podía más Sean se refugiaba en Albert para que la mujer no descubriera qué miserable depresivo era en realidad, el “enigmático asesino” que la había enamorado de aquella manera. En el fondo lo que más teme un niño es a ser descubierto, por eso huye tan desesperadamente de su madre encajándose cuantas máscaras encuentra y cree inútilmente que van a poder ocultarle.

Y cuando ya los fuegos del templo de las Vestales dejaron paso a la confabulación de los cómplices, Montserrat dijo:

– ¿Te parece que hagamos primero una lista de todos los Anticuarios de Barcelona, a ver si encontramos eso que buscas?
– Ya estuve en el anticuario. ¿Recuerdas mi afición repentina por los grabados antiguos? – Albert Brein siguió en primer plano, porque me resultaba mucho más adecuado para continuar con aquella conversación y también por supuesto para no defraudar a aquella mujer extraordinaria. – Pues bien: No encontré nada relacionado con Salomón, pero ya sé lo que significa el grabado. – Montserrat no me interrumpió. – Cuando mataron a mi padre me quedé con un vació tan grande que en lugar de jugar o hacer los deberes que me ponían en la escuela, me pasada horas y horas ante el dibujo de un libro de historia antigua que mi padre pocos días antes de morir me enseñó para explicarme los dioses griegos y en concreto a Júpiter. Aquel que aparece en mis visiones es el templo de Júpiter. Y está fijo en mi mente porque era lo único que me podía recordar a mi padre, y a la sensación de protección que eso implica, en los años que siguieron a su muerte. Y al parecer esta ha sido la conexión con mí pasado durante todo este tiempo en que perdí la memoria… un pasado que, por otra parte, yo no quería recuperar.
– ¿Pero, y el cáliz, y Arturo?
– No lo sé, ni siquiera sé lo que significa “el cetro de Salomón”. Puede que también, durante la amnesia se produjo alguna remota conexión con otros planos del universo y algún pedazo de mundo antiguo se introdujo en mi mente. – Recordé, pero sin mencionársela, la tercera identidad que hube tomado de un monje guerrero habitante de un pueblo primitivo, probablemente celta, porque recordé también que el amnésico solamente lo reveló a uno solo de los habitantes de la ciudad, un viejo psiquiatra. – Y puede que el Grial solo sea un señuelo, un paradigma, un eslabón hacia un mundo paralelo que hizo irrupción en mi conciencia en el momento del accidente y que por lo tanto he de descubrir. Sea lo que sea, recuerdo perfectamente como de niño me pasaba las horas enteras invocando a mi padre muerto en el dibujo de Júpiter en su trono dentro de la nave del templo. Pudo ser cualquier otro dibujo, pero aquel representaba la idealización del padre que perdí demasiado pronto. Ahora lo comprendo. Probablemente me enrolé en el IRA para dar expresión a mi odio y rencor o porque necesité acercarme a algún carismático jefe de la organización que substituyó al fantasma de mi padre. La realidad me fue tan difícil de aceptar que recurrí a la revolución, pero que una vez desenmascarada su decadencia, es decir perdida la exaltación de los sentidos que producen los momentos insurreccionales y encontrándome con la manipulación política de todos los días necesito salir en busca de eso que se coló en mi mente y que tal vez pueda dar un a explicación al accidente amnésico.

Y entonces Montserrat, después de un instante de reflexión, dijo algo muy impropio de una niña malcriada, tan impropio como:

– Eso parece compañero, y ahora es cuando empieza el camino. ¿Vamos?

DIEZ – EL PARAISO ES UNA ISLA

Pero el Paraíso es una isla. Y en este planeta, uno de los lugares más peligrosos de la galaxia, hay que mantenerla en el interior y en secreto. Para lo cual hay que saber algunas cosas, o descubrirlas lo antes posible. Los profetas tratan de ayudar y hacen de apuntador entre bastidores, pero a veces su voz no llega a los actores y estos han de ir descubriendo como ejecutar lo mejor posible su rol en la siguiente escena. Buscando a Artús en la Biblioteca di con el mito de Prometeo, que reveló el fuego de los dioses (el conocimiento) a los humanos, lástima que no tuvo tiempo para enseñarles a mantenerlo porque fue encadenado y torturado por sus jefes.

Al principio el ver a Montserrat tan feliz y radiante fue motivo de regocijo para todos, pero poco a poco hubo más y más gente que vio a Montserrat “demasiado” feliz y radiante, y esa diferencia entre lo esperable y lo sorprendente empezó a crear un extraño objeto en la nebulosa invisible que conecta las conciencias de los aborígenes para condicionar sus conductas, poniendo en funcionamiento todos los mecanismos de defensa ante el miedo a lo desconocido. Probablemente por eso el miedo al miedo es el emperador de los comportamientos sociales. Y el miedo agranda las sombras, tuerce las actitudes y provoca toda clase de reacciones defensivas, por supuesto ante un enemigo inexistente, porque el único enemigo real es el que crean en su interior.

Ni Montserrat ni yo habíamos tenido nunca necesidad de llegar puntuales al trabajo. Ella jamás había llegado a la hora y por lo que a mí respecta siempre hubieran preferido que me quedara en casa para no molestar las maquinaciones de los dos hermanos mayores. Pero, aunque eso no podía decirse abiertamente, como casi todo, tales ausencias fueron una señal de atención para la familia. Otra señal fue que nuestras visitas se espaciaron excesivamente, y la madre de Montserrat se extralimitó en su ansia de saber qué estaba pasando y decidió visitarnos. Tenía la llave, por supuesto, y entró un día de improviso para descubrirnos en el recibidor en una postura más propia de una revista de porno duro que de la moralidad de aquella familia.

El aire se fue enrareciendo y como no habíamos tenido la precaución de crear un manto que hiciera invisible nuestra isla, nos vimos atacados a campo abierto por los eternos descendientes de los primeros padres de la Iglesia. Y como estos inquisidores eran gente cultivada y elegante utilizaron la más mortífera de las armas, la sutileza, la diplomacia, el disimulo, para segar la hierba bajo los pies con el eterno recurso a la moralidad en aras de una pretendida causa superior. Para mi no había mayor causa que vivir la naturaleza y descubrirme a mí mismo para compartirlo con Montserrat, pero al pensar de los nativos yo estaba loco, mi cerebro sufría una grave enfermedad y no era dueño de mis actos. En cambio Montserrat era consciente de lo que hacía y de las normas de sociedad en la que estaba viviendo. El entorno, debido a su elevado grado de cultura y educación jamás utilizó la palabra directa, el comentario explícito, la censura, sino que, incluso de forma inconsciente en cada uno de ellos fueron proyectando en Montserrat, la que estaba “sana mentalmente”, sus propios miedos e inquietudes, hasta hacer resucitar a la Sombra, la criatura de las tinieblas que habían creado expresamente para aprisionarlos.

Por ejemplo un día apareció una revista de contenido pornográfico en alguna parte del apartamento y Montserrat se vio directamente reflejada cambiando el rostro de una de aquellas muchachas por el suyo propio. ¿Quién puso aquel objeto allí, a su alcance? Eso es lo de menos, pero de golpe Montserrat se sintió inmigrante metida a puta de barrio bajo y todos los demonios de la creación cayendo sobre su piel.

Otro día alguien de la familia comentó el drama de una pareja conocida cuyo marido se iba con cualquiera solo porque le gustaba experimentar nuevas sensaciones, y Montserrat volvió a sentir la lanza en el costado. Y una de las formas en que se manifestó la herida fue una noche en que estábamos cenando en un bonito restaurante del puerto y no pudo evitar preguntar a su marido:

– ¿Algún día me dirás quién era?
– ¿Quién?
– ¿Quién va a ser?

La conocida arma eclesial de la confesión y penitencia se manifestó mediante el argumento de “hacer limpieza”, y se instaló en la mente de Montserrat, probablemente por que habían conseguido que se sintiera sucia al identificarse con una puta, o por el recurso, eterno también, de la estrategia a referirse a la “suciedad” de la gente, y proyectó hacer limpieza en su marido exigiéndole cada vez con más vehemencia que le relatara con quien y cómo la había “engañado”. Probablemente también influía ese sentimiento muy extendido incomprensiblemente entre los nativos de necesitar “estar seguro” de todo, y el fundamento de tan colosal engaño es que no hay la más mínima posibilidad de garantizar ninguna seguridad puesto que en el universo todo es un constante y desconocido proceso de cambio.

– No puedo darte su nombre porque no sé si la conoces. – iba repitiendo yo con paciencia.
– Algo mes estas escondiendo. ¿Seguro que no te has visto con ella otra vez?
– Seguro.
– Pero, ¿qué sentiste entonces? ¿Seguro que no estas aún enamorado de ella?

El tono y la enervación de las preguntas iban en aumento, ella insistía en que yo tenía que limpiar lo ocurrido, yo preguntaba pacientemente el qué, y el hecho de que yo no considerara sucio haber hecho el amor con otra mujer enervaba aun más a Montserrat. Finalmente yo trataba de terminar aquel diálogo de sordos con:

– Yo creí que habíamos acordado partir de cero, volver a empezar, tú y yo y nada más.
– Pero yo necesito estar segura… – replicaba ella.

Entonces yo le recordaba con voz pausada que nadie podía estar seguro de nada como ocurría en mi mismo caso, fueran los que fuesen los proyectos o sueños que hubiera tenido en mi vida anterior, un inesperado accidente los interrumpió. E insistía:

– En cualquier momento puede pasar lo más inesperado aunque tú te hayas calentado la cabeza tratando de controlar todas las posibilidades. Simplemente no puedes controlarlo todo porque la vida es inesperada. Nunca puedes estar seguro de nada.
– Necesito estar segura de lo que sientes por mí, de lo que piensas de mí.
– Uf – levanté las cejas y los hombros – ¿Aún no me conoces? Todo el mundo aquí dice que mi mente es un gran vacío que se alimenta de las sensaciones del día a día, de lo que percibo y de lo que trato de entender. Solo te basta con mirarme a los ojos.
– Pero me ocultas cosas. No me dices todo lo que piensas.
– No podría hacerlo. Hay cosas que creo que he de callar, pero que no tienen nada que ver con nuestra relación, y lo que te digo es absolutamente lo que pienso.
– ¿Y qué es lo que te callas?

No respondí, continué mirándola con semblante neutro. Desde hacía bastante rato en medio de aquella discusión sin sentido había empezado a ver otra vez la sombra detrás de Montserrat. Supe que ella estaba fuera de sí, buscando a cualquier precio seguridades, respuestas, certezas, inútil ejercicio del que son muy aficionados los moradores de este lado del mundo. Es decir estaba presa de las garras de la contradicción, y era necesario esperar o encontrar algún modo de desactivar el instinto de agresividad humana, esa actitud voraz sin límite que, a diferencia de las demás bestias del planeta, se dispara fuera de control hasta que la aniquilación del supuesto enemigo se ha consumado y no queda nada más por destruir. En muchas de las crónicas de los antropólogos se describe al hombre desarrollado, civilizado, a diferencia de los indígenas en estado tribal, como aquella especie cuya agresividad no queda saciada demostrando su superioridad frente al intruso sino que ansía destruirlo por completo, aniquilar a sus gentes, incendiar las cosechas, esparcir sal sobre sus tierras, etc. Por ello me quedé callado, atento a cualquier resquicio en la sombra que me diera indicios sobre cómo desactivar la agresión, o bien, aguardar a que la energía se hubiera consumido por si sola y Montserrat terminara derrumbándose en sollozos de niña. Que es lo que en aquella ocasión también sucedió.

Entonces yo la abrazaba sin decir nada, solamente dejando que mi corazón abierto le transmitiera sin barreras mi amor y mi cariño. Montserrat se calmaba, pero no por mucho tiempo. Al día siguiente la sombra volvía a atacar en la habitual forma de introducir intranquilidades imaginarias y en la necesidad de aplicar algo más imaginario aún: el control y la búsqueda de seguridades.

Me dije que combatir a la sombra es tarea de especialistas y yo apenas tenía recursos para encontrar los cabos sueltos que recompusieran mi propio lugar en aquel mundo, aunque fuera por medio de un nombre.

Entonces recordé el único nombre que parecía despertar en mi cerebro alguna conexión con aquel mundo superpuesto a la realidad, al que había ido a caer: Artús. Y aquel día supe que debía volver al anticuario. El anciano me saludó con aquel arqueo de cejas que denotaba un interés especial y dejó lo que estaba haciendo para atenderme. A continuación de los buenos días añadí simplemente:

– Artús.
– ¿Dígame?
– ¿Le dice algo este nombre?
– ¿El rey Arturo?
– Probablemente. ¿Qué le dice a usted este nombre?

El anciano arqueó aún mas las cejas e hizo un gesto evasivo con la mano.

– La leyenda de un gran rey y de un gran hombre, ligada de forma tan completa a la tierra que gobernaba que al enfermar él enfermó ella. ¿Se refiere a ese mito, señor?
– No lo sé… supongo. – Y pregunté a continuación – ¿Tiene algún objeto que le haya pertenecido? – Pregunté, pensando en el mensaje que escuché emergiendo del grabado de Zeus.
– ¡Uy! ¿Quién puede tener algo de Arturo? Es una leyenda. De hecho es un conjunto de muchas leyendas, tal vez más de trescientas. La mayoría que conocemos se localizan en el Norte de Francia hacia el alto medioevo, en lo que se conoce históricamente como la Bretaña Armoricana. Los textos más relevantes encuentran en La Biblioteca Nacional de Paris, “Le Roi Pécheur”, “Le Chevalier de la Charrette”, “Lancelot du lac”, “Perceval”, etc. De esa época solo se conservan las piedras y los manuscritos, centenares de poemas, pero que yo sepa ningún objeto ha sobrevivido a la leyenda.
– ¿Nada?
– Ah, señor, – levantó las dos manos al cielo – Es como buscar algo que perteneció a Cristo o como buscar el Grial, suponiendo que siga existiendo en alguna parte. Ha habido tanta confusión y comercio de reliquias a lo largo de dos milenios, que incluso hoy hay quien asegura saber dónde se encuentra el Grial, y a su alrededor se tejen las más estrambóticas elucubraciones.
– Para mi solo es un nombre, y los nombres tienen poco valor en el lugar de donde vengo.
– Se lo he puesto como ejemplo. De esas épocas del mundo antiguo apenas se conservan vasijas o utensilios de bronce en algún museo, pero quien sabe a quien pertenecieron de verdad, aunque no según los vendedores de reliquias.

Permanecí un rato en silencio. El anciano anticuario se sentó sin dejar de observarme atentamente, para respetar mi silencio.

– Por tanto – concluí – cualquier objeto perteneciente al rey Arturo es solo un mito, como él mismo.
– Sí, y no. – Respondió el anticuario después de pensar un poco la respuesta. – La búsqueda del Grial puede ser un mito o una realidad, depende de donde uno busque. – Y como viera que el recién llegado parecía aguardar algo más, añadió: – Dicen que buscar un cáliz que usó Cristo, un objeto físico, por ahí, en alguna parte de la Tierra es una quimera sin sentido. Pero deja de serlo cuando por Grial se busca algo precioso en el interior de uno mismo. Entonces la copa es el atanor alquímico dentro del cual la purificación de nuestra conciencia tiene lugar, y su búsqueda se vuelve realidad.
– Dentro de uno mismo… – murmuré – Debe ser por eso que la realidad es tan difícil de encontrar.
– Porque no creemos que exista nada puro dentro de nosotros mismos y buscamos fuera. – Terminó el anciano.
– ¿Es ese el objeto radiante suspendido en el aire?
– ¿Cómo dice?

Entonces fui al volumen que contenía el grabado de la sanación de Arturo y de su Tierra, del escocés Allen McGraw, y al abrirlo lo hice inconscientemente por aquella página y entonces reparé en un detalle que me había permanecido oculto: El Grial, en efecto, era el objeto que estaba suspendido en el aire, pero en el extremo izquierdo del grabado podía distinguirse la silueta de alguien y su mano derecha abierta como si acabara de entregar la copa. El anciano observó como yo detenía mi mirada ahí y por mi aire de sorpresa adivinó que me daba cuenta de aquel detalle por primera vez.

– Es Perceval, el caballero de corazón más puro, quien recupera la copa y se la da al rey para curarlo y devolverle la vida, y con ello sanar la propia tierra…
– No es Zeus. – interrumpí – No es un dios, es un rey, quien esta sentado en el trono…

Me lo quedé mirando sin lograr ningún pensamiento, porque algo resonó bajo la superficie. Un tercer personaje hacía su aparición en el grabado, alguien que recupera un objeto precioso y se lo devuelve al rey… como explica la leyenda que nos cuentan en Arghven que hace el hijo del rey al recuperar la memoria. Sentí de golpe la ingravidez de desplazarme muy lejos en el espacio-tiempo, a cualquier punto del inmenso vacío, donde parece que la mente se detiene y la persona percibe a su propio Ser. Luego regresé a la tienda y a estar con el anticuario, y seguir con el hilo de las cosas del mundo y percibir esa incierta frontera con la realidad que es el momento presente. Al cabo de un rato de conversación me despedí del anticuario dándole las gracias por haberme mostrado un camino, y al encontrarme en la calle la luz del medio día me deslumbró. Tuve que entornar los párpados y eché a andar un buen rato flotando en el intervalo donde no tienen sentido las preguntas, donde se puede viajar distancias enormes contenidas en la fracción más ínfima de espacio, donde se produce el vaivén de la percepción entre mí mismo y lo que percibo a mí alrededor. Los pensamientos se detienen, como si se grabaran en una pared inexistente y fueran desfilando repetidos una y otra vez, como máscaras de una representación teatral antigua, sombras chinescas mostrando la misma danza que hemos visto una y otra vez. Y nuestra propia imagen mezclada en ese carrusel tampoco tiene ya no ningún valor, ningún contenido que le de importancia.

Aquella noche a Montserrat su marido le dio otro sobresalto. Era su culpa por haberse enamorado con alguien tan extraño. Lo encontró sentado en una silla, casi en el borde, las palmas hacia arriba apoyadas sobre las rodillas, la espalda recta, los ojos entornados. Absolutamente inmóvil.

– No me jodas. – Exclamó nada más entrar en la habitación – ¿Ahora vas a jugar a eso de la meditación? También lo he probado y no funciona.

Pero su marido parecía estar muy lejos porque ni pestañeó. Montserrat no podía ni imaginar que todos sus sentidos estaban entregados a las sensaciones que emitía su cuerpo, yendo arriba y abajo de la columna vertebral para ir desde la espalda hasta el pecho por el interior. Encontraba muy agradable y nueva esa sensación. Había abandonado el control de la respiración minutos atrás y mis miembros y la musculatura estaban tan relajados que un suave hormigueo los recorría sin cesar. Era agradable, pero al mismo tiempo una nueva intranquilidad había comenzado a palpitar en la base del esternón, en el “nodo de la vida”. Sentía como si en una de las paredes del fondo de la habitación se estuviera dibujando una puerta que amenazaba con abrirse. No debía tener miedo a descubrir lo que albergaba mi inconsciente, eso nos habían enseñado en el templo de Arghven, sin embargo aquella puerta que podía abrirse en cualquier momento me llenaba de una intranquilidad desconocida. Pero a pesar de ello mi mente siguió dejando circular cualquier pensamiento sin concederle ninguna importancia y de ese modo producir la sensación de tener la mente en blanco.

En los días siguientes ese estado intermedio de existencia fue ocupando cada vez más mi tiempo de vigilia, por más protestas y amenazas que recibiera de los indígenas, en forma de proyectos de ruptura matrimonial, que jamás se llegarían a materializar, o amenazas de despido, cuya importancia era para mí absolutamente nula. Disfrutando de mi nuevo descubrimiento me dediqué a transitar por la ciudad, la casa o el lugar de trabajo en ese estado de conciencia desde el que se ven las cosas de forma muy diferente. Al no estar pendiente de los detalles, del deseo o la esperanza de esto o aquello, condicionado por unas reglas impuestas y por supuesto sin la más mínima intención de programar nada, mi papel de observador fue haciéndose cada vez más total.

Ya no me costó, por lo tanto, ver mejor los movimientos de la gente absolutamente predecibles, mecánicos y condicionados por unos patrones fijos y predeterminados. Descubrí que la mayor parte del sufrimiento era pura ignorancia, es decir miedo a ensayar otra conducta mejor. La gente seguía patrones preestablecidos por miedo a alterarlos, desconociendo qué beneficios podría obtener moviéndose a otras situaciones. Por ejemplo, la hermana y el hermano menor de Montserrat, sufrían por temor a desprenderse de la comodidad que les otorgaba obedecer las reglas familiares y seguir bajo sus dictados sin tener ningún papel que jugar ni obviamente tener la oportunidad de hacer nada creativo, cuando obviamente desconocían qué beneficios podía reportarles probar otro estado con algunos grados de libertad.

Los libros van en busca del lector y no al revés, cuando el lector es un lector y no alguien deseoso de distraer sus miedos. Así, en mis prolongadas excursiones a la biblioteca pública, me encontré, o ellas se encontraron conmigo, obras como “La Vida es Sueño” de Calderón de la Barca, “El Gran Teatro del Mundo” de Lope de Vega, “Hamlet” de un inglés llamado Shakespeare, de quien me fue imposible encontrar una biografía, “Esperando a Godot”, de un curioso escocés llamado Samuel Becket. Y empecé a sintetizar lo que había ido aprendiendo de aquel mundo y de sus gentes, encuadrándolas dentro de la escena de un teatro en el que se iba representando la misma obra una y otra vez, indefinidamente, en círculo. Mientras estaba con alguien, Montserrat, mi suegra, mis cuñados, amigos, etc. entraba en aquel estado de alejamiento hacia atrás a partir del cual veía a la gente comportarse con pautas tan previsibles que incluso me permití adivinar cual iba a ser el siguiente movimiento de este o aquel interlocutor o transeúnte. Pero lo que me pareció más interesante fue divisar las sombras, como yo había bautizado a los intrusos que poseían a cada persona, en plena actuación.

Por ejemplo advertía a la sombra de Montserrat tratando de buscar mi propia sombra y provocar el conflicto, por ejemplo obligándome a tropezar con esto o aquello para romper algo que para alguien era valioso, o entretener más de lo permitido mi mirada en las piernas de la amiga de Montserrat que nos visitaba en aquel momento. Una sombra de la que advertía claramente la intención de destruirme empleándose a fondo para provocar cualquier tipo de disputa o excusa para iniciar una guerra. O las sombras de los demás, provocando tensiones entre unos y otros, mientras las voces que salían de sus respectivas bocas y las muecas que dibujaban sus rostros querían reflejar todo lo contrario. Un teatro de marionetas en el que a penas caer el telón volvía a levantarse para representar exactamente las mismas escenas, una y otra vez, una y otra vez….

Montserrat por una parte, cuando las disputas habían rayado peligrosamente el límite de la separación, trataba de procurar a su marido los anclajes idóneos, sexo, cariño maternal, emotividad de la niña que suplica a su padre que no la abandone, los mejores manjares, etc., y cuando creía que su marido se sentía cómodo y pudiera valorar que no compensaba perder todo aquello, entonces arremetía con los acostumbrados agravios encubiertos para castigarme el hecho de haberle hecho llegar a extremos de placer no permitidos. Tal estrategia, de todos modos, me atravesaba como atraviesa una nube a otra, sin tocarme, porque la estaba detectando antes de producirse. En realidad había empezado a importarme muy poco estar a un lado o a otro del escenario, y tampoco parecía importarme abandonar el escenario ni esperaba que ningún demiurgo me rescatara de él. Aunque la estructura del guión era siempre la misma, las formas de variación de una escena concreta se multiplicaban hacia el infinito, y lo que estimulaba en los últimos tiempos mi curiosidad era en ver hasta qué punto podían llegar esas interminables variaciones de lo mismo.

Me paseaba por el mundo cada vez con el menor deseo de pertenecer a él, aunque sospechaba que esas facultades estaban siendo acrecentadas por las prácticas físicas de autohipnosis, que, por otro lado, no conseguían disminuir aquel miedo inconcreto de que la puerta dibujada en la pared del fondo se abriera por fin.

Imagen: Shane Woodward

NUEVE- EL REY ARTÚS

A pesar de que Montserrat llegó a verse varias veces por razones de amistad y profesionales con su psicóloga, ésta jamás llegó a revelarle su relación conmigo. Muy a punto estuvo, pero algo parecía protegerme, o por lo menos delimitarme el campo de batalla. Batalla que ya había empezado a librarse en el terreno de las disputas domésticas por motivos naturalmente inexistentes. Probablemente como en mi mente no podía haber culpabilidad porque no existía el condicionante cultural llamado “adulterio” y por lo tanto amar a otra persona caía dentro de lo más evidente y natural, no se crearon los resortes inconscientes para provocar las disputas por la sospecha de que existiera esa aventura extramatrimonial. De modo que poco a poco Montserrat empezaba a disfrutar de experiencias sexuales cada vez más profundas y por lo tanto en su inconsciente el peligro de rayar en lo prohibido empezó a estimular todos los resortes de la represión. “La sombra” fue agrandándose y en los momentos álgidos del coito la crispación entraba en paroxismo. El aire doméstico empezó a enrarecerse con elementos típicos como: “¿Cómo no te has fijado que llevaba puestos estos zapatos, que no me pegan ni por asombro con este vestido?” o “Estas siempre pensando en otra cosa, no me prestas atención”, o “Te has olvidado del cumpleaños de mamá”, etc.

Yo respondía con sencillez y siempre de forma directa, lo cual para los aborígenes, que abandonaron hacía siglos la sencillez y la transparencia, sonaba a orgullo, pretensión de superioridad, estar por encima del bien y del mal y otras confusiones de este estilo. Un día, en medio de una de estas discusiones domésticas, en que yo insistía en decir algo tan inconveniente y domésticamente incorrecto como que “eso no tiene importancia, es circunstancial”, etc., Montserrat, fuera de sí, me gritó:

– ¡Pero tú quien te crees que eres, el Rey Arturo!

Yo iba a contestar que me sonaba ese nombre, o algo parecido, y que no había tenido oportunidad para saber quién era ese señor, pero me detuve: algo había hecho impacto en mi mente, no supe qué era, pero me dejó paralizado. Montserrat insistió:

– ¿Qué té pasa? ¿No te gusta que te digan las verdades?
– No es eso… – murmuré.
– ¿No es eso, no es eso? Siempre dices lo mismo, entonces, ¿qué es, según tú?

Aquella discusión acabó como todas, estrellándose como espuma contra un muro de reivindicaciones imaginarias. Pero mi mente registró un fenómeno semejante a aquella aparición tiempo atrás del grabado de Amfortas, de Parsifal, en el aparador del anticuario, y que el Dr. Bueno relacionó con Rey del Grial. Y sentí la misma presión, la misma urgencia por descubrir lo que llevaba encerrada aquella revelación. Empecé a angustiarme y los improperios de Montserrat se fueron desvaneciendo entre los decorados y tramoyas del escenario. Pasé unos días absorto en aquella repentina angustia hasta que vino en mi ayuda un elemento importante que la aligeró por completo: Mi mano dando la vuelta al pomo de la puerta del Anticuario la primera vez arrastrado por el viejo psiquiatra y la segunda por el impulso de mi propio coraje. Y aquella misma noche, durante la cena en la que por supuesto Montserrat ya no se acordaba de la discusión de días atrás, le pregunté:

– Montse, perdona una pregunta: ¿Quién era el Rey Arturo?

Montserrat iba a montar en cólera otra vez, ofendida por aquella interrupción a su largo discurso sobre cualquiera de las banalidades cotidianas, de no haber sido porque un inesperado resorte mental también acudió en su ayuda para recordarle que su hombre sufría amnesia crónica y que por lo tanto era muy lógico que no supiera lo que un niño de 6 años en su cultura ya sabía.

– ¿De verdad no recuerdas ni quien era el Rey Arturo?
– No, Montse, te lo aseguro. Me suena haber leído su nombre en tratados de litografía y leyendas comparadas, como la de los Nibelungos con las leyendas artúricas, pero en mi mente solo es un nombre, no una persona o una historia…

Supongo que la dulzura en mi mirada provocó, a pesar de las sombras y los intrusos, la aparición del instinto maternal en el corazón de la mujer y me explicó solícitamente lo que sabía sobre el Rey Arturo, que a decir verdad me pareció un cuento para niños demasiado distante de lo que debió impactar mi mente. Sin embargo, sirvió a los propósitos del momento, y en mi mente un inesperado artesano empezó una paciente labor de atar cabos.

Muy pocos detectaron mi nueva afición salvo que ya no parecía interesarme tanto por las técnicas de restauración de ilustraciones medievales sino por una parte de la historia antigua un poco al margen de la ortodoxia bibliográfica que había consultado hasta el momento. Y dado el obvio desconocimiento del problema atribuyeron a esta afición por los libros relativos a las leyendas bretonas y la tradición celta a los rescoldos de la moda editorial y cinematográfica que años antes debió asolar las inquietudes escolásticas de los nativos inquietos.

No se dieron cuenta, sin embargo esos nativos perspicaces, de que pasé muy por encima la moderna literatura reivindicativa sobre la pureza de los viejos caballeros guardianes del honor y el servicio al Grial, y sobre las mil interpretaciones que sobre la simbología artúrica, pre o post cristianizada, habían hecho las delicias de los editores en aquellos años. Desde el principio me interesé por la figura de Arturo, no por la de sus tardíos y controvertidos seguidores, por más que hubieran hecho las delicias de los comerciantes de sensacionalismo histórico. Mi mente vacía de aquellos contenidos evitaba prestar atención a las envolturas, a dar rodeos, o perderse en disquisiciones que no tuvieran un objetivo claro. En Arghven las mentes de los guerreros son como las de las bestias que saben que ha de atacar a su presa para sobrevivir y evitan pérdidas de tiempo en sentimientos de odio y venganza, precisamente para poder sobrevivir.

Al cabo de días de estudio y comparación, me di cuenta de que la figura del Rey Arturo para los nativos era solo un objeto decorativo desvirtuado hasta límites insospechados sobre la base de interpretaciones y versiones muy dudosas, en forma de textos, películas, cargadas de empalagosas atribuciones mágico-litúrgicas, etc. Visioné varias veces la versión cinematográfica realizada por John Boorman, “Excalibur”, meditando sobre varios puntos interesantes, como por ejemplo aquella enigmática respuesta que recibe Perceval durante la iniciación: “El Grial, ¿a quien sirve? “. Leí las obras de Jean Markale, Jean Phaure, Philippe Lavenu, Robert Ambelain, etc. Buscaba a un hombre que fue un gran rey, no a un mito. Buscaba los hechos y las contradicciones, la iluminación y los avernos de su alma, el tormento y el éxtasis. Porque buscaba mi propia alma, mi tormento y mi éxtasis, y como no me consideraba a mí mismo un mito ni una leyenda, necesitaba penetrar en Artús al hombre en su totalidad. Y sobre todo penetrar en el significado de los destellos de luz que desprendía aquel objeto, el cáliz, suspendido en el aire del grabado del Parsifal de Wagner que encontré en el anticuario. Pero me topé con otra de las características de aquella civilización: Al parecer las claves se habían perdido o habían sido tan profusamente modificadas que la búsqueda de esa verdad había quedado erizada de contradicciones. En lugar de la realidad, del hombre en su esencia, los nativos solo apreciaban el mito en sus diferentes versiones según los intereses de quien la elabora. Muy pronto me vi también en un callejón sin salida, solo encontrada el mito y su montaña de textos e interpretaciones, pero, ¿en qué podía consistir la clave?

Mientras tanto mi vida conyugal seguía por los derroteros creados por la cultura, apartándose cada vez más de la complicidad de dos seres compartiendo la vida en la forma más total y genuina que la Creación les había otorgado: el acto de amar. La mujer sintiéndose exigida en su sexualidad y por lo tanto creando mecanismos de defensa en un campo de batalla artificial. Tanto que Montserrat debió luchar también en campo ajeno, reaccionando y contraatacando los comentarios de sus amigas íntimas cuando le insinuaban las virtudes de su marido presuntamente no machista, vocablo que al parecer se refiere a una antigua castración que dio origen a la incomprensible necesidad de dominación física del hombre sobre la mujer. Por alguna razón que la historia no cuenta, en la mente de la raza de los conquistadores se introdujo la esquizofrenia de considerar a su compañera como su enemiga y por lo tanto la necesidad maltratarla, que se extendió a la perversión de maltratar la propia tierra, comenzando por creer que la poseían o que podían comprarla, y mucho más, explotarla. El Dr. Bueno, en uno de nuestros encuentros en la biblioteca me enseñó un proverbio de los indios Navajos que dice que quien no siente respeto por sus semejantes destruirá su medio natural, sin darse cuenta de tal suicidio. Esas tribus no consideraban a la tierra como una propiedad sino que formaba parte de ellos y ellos de ella, por tanto no tenía sentido comprarla o venderla. Nadie para esas tribus era propiedad de nadie, tampoco la tierra. Yo no tenía miedo a la mujer, a lo femenino, sino todo lo contrario, lo que deseaba era fundirme en ella, y por lo tanto no tenía ningún sentido en mi caso hablar de exigencia, de malos tratos, de dominación masculina, y todos esos absurdos. Domina quien se siente débil y por lo tanto no es capaz de amar. Recurre a la fe quien no es capaz de sentir a Dios. Decía también el Dr. Bueno, refiriéndose a Adler, uno de los padres de la psicología moderna, que la obsesión de poder, no nace de la fuerza sino de la debilidad. Yo no deseaba dominar sino amar, entregarme, pero no podía hacerlo a una pared protegida por fantasmas armados hasta los dientes.

Entonces Montserrat, en un desesperado intento por justificarse, no sabía obviamente de qué, recurrió a mi origen y circunstancia laboral. Pero como tampoco podía acusarme de parásito y de aprovechado, porque trabajaba y me merecía el puesto como el que más – mi instinto tampoco me hubiera empujado a hacerlo de otro modo – tuvo que recurrir a esa etiqueta que los nativos echaban mano como último recurso: Incompatibilidad de carácter. A ella, decía, le gustaba la vida mundana, divertirse, aprovechar la fortuna que Dios le había dado, embarcarse en proyectos, fiestas, etc., y yo no participaba en nada de eso, más bien me interesaba el arte antiguo y recientemente la mitología, y ella, protestaba, no iba a pasarse la vida encerrada en polvorientas bibliotecas. Teníamos – usando un término de la psicóloga – proyectos de vida distintos, aunque yo no sabría definir bien eso. Y cuando, una noche en que Montserrat exageró la insistencia en aquello, le dije dulcemente.

– ¿Quieres que nos separemos?
– ¡Qué! – repuso de golpe dejando lo que estaba haciendo – ¡Así de fácil! ¿Ya está? ¿Te crees que eso es la solución?
– ¿Ha de haber una solución? Amarse no me parece un problema matemático sino una cuestión de sentimientos y los sentimientos no necesitan solución; uno siente lo que siente, nada más.

Yo estaba más atento a las sombras de Montserrat que a sus palabras, porque algo me decía que esa lucha es personal e intransferible, y que si la persona no sabe o no quiere luchar, cualquier intento del exterior es inútil. Por lo tanto en los últimos días me había limitado a estar disponible. Disponible pero sin representar un papel que no era el mío, ese marido imaginario que Montserrat al parecer se había creado. En ningún momento pasó por mi mente pretender ser como Montserrat quería que fuese. Y eso en parte porque no había datos en mi mente para imitar o crear ese papel, y en parte porque intuía que eso nos llevaría a un juego de transformismo tan interminable como inútil, ya que la causa estaba en otra parte. La destrucción, tanto de un ser humano por otro como la destrucción de algo que crece y tiene vida es más inútil para quién destruye que para lo destruido.

Sin embargo Montserrat se asustó ante la posibilidad de la separación. Muchos elementos estaban en contra, la admiración y envidia que en general sus amigas y amigos sentían por nuestra apariencia de pareja perfecta y envidiable, los inconvenientes comerciales, su propio orgullo al intuir que no seria ella la que llevaría a cabo la separación, porque yo jamás le suplicaría quedarme, etc. Y por último, en palabras del Dr. Bueno, el síndrome infantil del abandono. De modo que tuvo que replegar su estrategia de búsqueda inconsciente de acusaciones hacia otra cosa. Y como que el inconsciente no es más que un niño muerto de miedo, escapó por la vía del desconsuelo, la incomprensión, el desencanto.

Y poco a poco me fui diciendo que iba siendo hora de buscar la sexualidad en otra parte. La aventura con la psicóloga había sido solo anecdótica porque yo estaba más concentrado en entender qué estaba ocurriendo entre Montserrat y yo. Notaba perfectamente como Montserrat me deseaba y no entendía que pusiera tantas barreras, desvíos, múltiples formas de represión. Finalmente empezaba a convencerme que era una lucha desigual y además que tal como yo lo veía, el amor es todo menos lucha. Era como si alguien me estuviera sugiriendo empuñar la espada para acariciar a un niño. Simplemente no tenía sentido para mí. Y cuando Montserrat me decía que en eso consistía el arte la seducción, es decir emplear el equívoco, la disputa, los insultos para buscar luego la reconciliación, yo le contestaba sencillamente que no me hacía falta ninguno de esos estímulos para excitarme, mi único estímulo era ella misma. Pero Montserrat no podía admitirlo porque era como dar la razón a la sexualidad profunda y total, y eso la aterraba.

Como es natural la madre intervino en las disputas de pareja tratando de hacerle ver al “marido” que su hija tenía una sensibilidad con la que él aún no se decidía a conectar. Y la operación “rescate” por parte del matriarcado se prolongó durante bastante tiempo ante mi respuesta siempre franca y dulce en permanente estado de tratar de entender.

Poco a poco fue tomando cuerpo la idea de marcharme. A decir verdad en muchas ocasiones había acariciado esa alternativa, pero hasta aquel momento la asocié con la de marcharme de la ciudad, alejarme de aquella gente y buscar la salida de aquel mundo por otros derroteros, pero esta asociación provocaba indefectiblemente un extraño cortocircuito en mi mente, una desconexión que no sabía identificar y evitaba que abandonara la idea. Algo me decía que era en aquella ciudad, e incluso con aquella gente, donde iba a encontrar la salida, el camino de vuelta a casa. Entonces reducía su dimensión a un nivel más manejable, más pragmático: Me decía que marcharme no debía necesariamente significar irme de la ciudad sino de aquella familia en concreto, y eso producía un efecto tranquilizador, aunque no acierto a entender porque. Por otra parte las barreras de Montserrat me habían hecho fijar los ojos en otras mujeres y dejar que una pasión semejante me invadiera el cuerpo.

Un día viví la escena que aterroriza a muchos maridos, y que forma parte de las curiosas contradicciones de aquella cultura.

– ¿Dónde has estado? Te has ido a medio día del despacho y apareces ahora, casi a la hora de cenar. ¿Dónde has estado?

Me senté frente a ella. No tenía ninguna duda de que había roto el ritual y que eso era muy grave para aquellas gentes. En sus libros sagrados esa palabra, “adulterio”, era casi lo peor que podía pasarles, por más que muchos siglos habían transcurrido de constante adulterar todos los rituales, y en el siglo que en que estábamos una parte de la gente no lo consideraban tan terrible e incluso hablaban casi abiertamente de ello, aunque no era lo común. Actitudes que antaño fueron consideradas peor que el adulterio, como la homosexualidad, eran aceptadas, por lo menos de cara al exterior, pero aún en parejas que se llamaban muy avanzadas, el ritual, la unión entre ambos iba presidida por una especie de pacto de fuego que les hacía difícil hablar de otras relaciones y mucho menos tenerlas. Yo había ido a caer en una familia corriente, en la que seguía el ritual más por las apariencias que por la esencia misma de las costumbres culturales. Podía aceptarse cualquier cosa, como mentir a la gente en lo relativo a asuntos tan importantes como por ejemplo la educación de sus hijos, o sobre las causas reales del hambre en el mundo, o tratar de actuar en contra de la especulación urbanística, o atacar las causas de la pobreza y las desigualdades sociales o identificar el impulso de ambición que provoca las guerras y que subyace en el ánimo de quienes pagan a los gobernantes, etc. Aunque ciertamente fueran objetivos tan inalcanzables para la gente corriente que preferían seguir representando un teatro de sus vidas y aferrarse a prohibiciones tan artificiales como el adulterio. Y por lo tanto yo sabía que lo que le iba a decir a Montserrat era poco menos que una condena a muerte, pero en mi mente no había otra opción. Pude crearme la necesidad de ocultar, de guardar para mí o modificar mis pensamientos a la hora de expresarlos a los demás en el caso de la angustia desconcertante que me produjo el escaparate del anticuario, pero en lo tocante a la sexualidad no había nada desconcertante, todo era diáfano y claro, no tenía porqué ocultar nada. Había entendido que para la mayoría de los aborígenes las relaciones sexuales han de ir acompañadas de un ritual y yo lo había seguido hasta donde pude, puesto que no encontraba nada confuso en ello, a lo sumo me resultaba antropológicamente curioso.

– He estado con una mujer. – respondí con sencillez.
– ¿Qué? ¿Cómo dices? ¿Qué has estado qué…?
– Vengo de estar con una mujer.
– ¿Quién es? – preguntó sin coger aliento.
– No puedo decírtelo.
– ¡La conozco!
– No estoy seguro. Por eso no puedo decírtelo.
– ¿Es la primera vez? – preguntó interrumpiendo.
– No.

Entonces Montserrat tomó aliento para proceder a la segunda parte de la escena. Se giró de espaldas, dio unos pasos en la habitación y consumió algunos minutos tratando por todos los medios de evitar aquello tan mísero y deplorable que había oído a su madre, a otras mujeres y sobre todo en las películas, pero terminó escapándosele de la boca, muy a su pesar:

– ¿Cómo has podido…? ¿Cómo has podido hacerme esto… a mí?

Qué pregunta más inútil, pensé, porque eso se contesta por si solo, como por ejemplo “He ido a buscar otro manantial porque este se ha secado”, etc., pero esperé a que dijera algo más sustancial, más genuino. Montserrat también, esperaba algo más de sí misma y no pudo contener la rabia de sentirse vulgar y sobre todo ver en sí misma lo que había criticado y repudiado en los demás, sobre todo de su padre y por lo cual le odiaba tanto. En la vida uno acostumbra a encontrarse tarde o temprano de bruces con lo que más odia o de lo que más obsesivamente trata de huir, probablemente porque al odiar, lo esta atrayendo con mucha más fuerza. Y no pudo hacer otra cosa que repetir un guión gastado y autómata:

– ¿No me contestas? ¿Cómo has sido capaz?.
– Lo que ha ocurrido, Montse, – empecé, sin ganas de prolongar aquel suplicio, – es que un día, no sé cuál, dejaste de ocultar el mundo…
– ¡Qué! ¿Qué estas diciendo? ¿Vas a escapar por alguna de tus idioteces?

Esperé, tampoco tenía ninguna prisa ni ánimo de hacer daño. Montserrat descargó algunas frases más a voz en grito, hasta que se le acabaron los argumentos e imperó:

– Continua, te has quedado mudo.
– Un día dejaste que fuera el mundo el que te ocultara y ya no fuiste el centro…
– Sigues con tus estupideces… ¡Está bien no voy a interrumpirte!
– Cuando nos conocimos el mundo dejo de existir. No había nada más. Nada me importaba excepto tu. El sol salía y se ponía solo contigo. Respiraba tu aire, solo me protegía tu piel, mis emociones eran las tuyas. Nada, absolutamente nada de este mundo importaba lo más mínimo. Pero un día dejaste que las cosas te ocultaran, o simplemente te ocultaron.
– ¿Qué dices? ¿Qué cosas?
– Bueno, – hice un gesto con la mano – todo, el trabajo, la familia, la decoración de la casa… – iba a referirme a las sombras, pero supe que lo entendería menos y callé.
– No me vengas con esas. Sabes que hay que trabajar para vivir y que tenemos una familia y unas relaciones, y a ti también te gustaba meterte en la decoración…
– Sí, pero para mi todo esto está en segundo plano, es accesorio, no es fundamental.
– Ah, ya, dilo de una vez. ¡Atrévete! No tienes cojones. Lo que ocurre es que eres un pervertido y yo no te he dado lo que tú querías, ¿verdad? ¿Es eso? Y ahora te vas con putas para que te den lo que tú quieres, ¿verdad?
– No es ninguna puta, pero da igual, sea quien sea…
– ¿Quién es? – insistió Montserrat con el ánimo de liberarse de algo, no sabía bien de qué.
– La sombra… – murmuré por fin.
– ¿Qué? ¿Qué sombra?
– La sombra ha ganado… – y como pensé que Montserrat no tenía ni idea de lo que estaba hablando porque obviamente ella desconocía la existencia de su propio saboteador, el espejo que reflejaba constantemente el lado oscuro de sí misma, interrumpí aquel diálogo que solo creaba sensaciones malignas que yo no deseaba. – Está bien, Montse, si quieres mañana me iré. No me llevaré nada. Vine con una camisa y unos pantalones que me dieron en el centro de rehabilitación y me iré así. Escribe los contratos y declaraciones que quieras y los firmaré sin leerlos, nada de todo eso tiene la más mínima importancia… No, no, Montse, no hace falta que digas nada más. No tiene sentido. Cuando has dejado de eclipsar al mundo otra mujer puede ocupar enseguida tu lugar y por lo tanto no puedo mantener el ritual contigo. Voy a ver si encuentro algo de comer y dormiré en la habitación de los invitados, no debes preocuparte… Nunca has de temer nada de mí.

Al salir de la habitación sentí la angustia de Montserrat clavarse en mi espalda, debatiéndose entre la cólera y el rencor, una última manifestación del orgullo y el miedo a perder. Finalmente pudo más lo último y ese miedo dejó paso en su mente al dolor de perder los recuerdos gloriosos, lo que sintió cuando nos conocimos, lo que sentía en la actualidad cada vez que hacíamos en amor, o siquiera cuando nuestras manos se tocaban o nuestras miradas se cruzaban, nuestros paseos, el misterio de irnos descubriendo y una infinidad de etcéteras que no podía controlar. Entró finalmente en la cocina. Levanté los ojos del plato para mirarla con dulzura. Ella se sentó al otro extremo de la mesa. Los ojos a punto de estallar en lágrimas, los labios temblando como hace un niño cuando necesita reconciliarse con la madre que le ha reñido. Dejé de comer y suspiré.

– ¿Qué quieres que haga?
– No… no te vayas.
– Como quieras…
– ¿Pero?.
– Habrá otras mujeres.

Para Montserrat fue como si estallara una bomba de alta potencia en los sótanos de la casa, empezó en grito pero siguió en llanto.

– ¿Cómo puedes decirme eso?
– Porque es exactamente lo que estoy pensando.
– ¡Maldita manía tuya de decir lo que piensas! ¿No puedes engañar alguna vez? Todos lo hacemos. Si no disfrazamos la realidad no podríamos vivir. Hemos de ponerle adornos, modificarla, hacer ver que la cambiamos… La realidad, lo que cada uno piensa es demasiado dramático y terrible… No se puede vivir diciendo lo que se piensa, nadie lo hace…

Montserrat se vio de pie en medio del familiar desierto de ninguna parte, en ese punto donde se han borrado todos los caminos y no hay lugar adonde ir ni nada que hacer a continuación. Y como el vacío es lo que un ser humano no puede soportar y tiene que llenarlo con algo, por ejemplo pensar qué podía hacer a continuación, vago espejismo que no llena ni el ojo de un alfiler, se oyó decir:

– Nos esperan para la cena de cumpleaños de mamá.
– ¿Me visto?
– Sí.

No hablamos hasta encontrarnos con la familia que iba reuniéndose en la mansión de la parte alta de la ciudad. Y, como ocurre muchas veces, los acontecimientos que marcan la vida de los habitantes llegan en su momento adecuado; o también puede ser que llegan cuando los habitantes están preparados para entenderlos. Se fueron sentando todos a la mesa, yo iba a hacerlo también cuando la sirvienta abrió la puerta al tío Lucas, que como siempre llegaba tarde y solo, como lo hace quien a los 50 años sigue pensando que la soltería es lo más prudente en este mundo tan complicado. Me detuve en seco. No supe por qué, pero de pronto la persona del tío mayor de Montserrat se destacó entre los presentes como el mástil plateado de un barco hundido en pleno océano. Me lo quedé mirando fijamente como si acabara de conocerlo o como si por alguna razón llevara alguna insignia, un uniforme distintivo o simplemente alguien le hubiera quitado su careta de pariente anodino, impersonal, invisible, que aparece en las reuniones solo porque es de la familia, pero que no hace ruido para no molestar. En aquel momento encontré algo en aquel ser gris y silencioso que me atrajo poderosamente la atención. Nadie habría notado nada, pero sí “un perturbado con una grave disfunción cerebral” que parece distinguir formas más allá tanto del espectro ultravioleta como del infrarrojo.

Cuando, terminada la fiesta, volvimos a casa, nada más entrar solté un penacho de la pipa de mi mente en ebullición:

– Tío Lucas… Nunca me hablas de él.
– ¿Qué?: ¿Tío Lucas? ¿Qué pasa con él?
– No lo sé…
– ¿Entonces?

Fui hacia la ventana y me quedé como siempre en aquella posición de salir por ella a buscar la explicación que andaba buscando o aspirar el mundo a su través para encontrarla. Montserrat recuperó la sensación de volver a ese lugar en medio de ninguna parte donde ni siquiera sirve dar vueltas en círculo. La ventaja, o bien todo lo contrario de estar con alguien que no sabe ponerle preámbulos, cortinas o parapetos corteses a la vida, es que identificas muy pronto que algo va a producirse y también que no vas a poder recurrir a esas habituales defensas. Montserrat esperó pues a que se produjera aquello y sin saber porque empezó a temblar. Por fin me volví hacia ella y empecé todo lo despacio y suave que pude.

– Montse, no sé por qué, pero me da la sensación como si no fuera de la familia, como si fuera algún sirviente a quien se permite estar entre los señores sin trabajar, pero a condición de que no moleste…
– ¡Por Dios! ¿Qué tonterías estas diciendo? – cortó Montserrat a voz en grito. – Tiene su propio negocio y una casa magnífica de tres plantas y amplio jardín no lejos de aquí.
– Nunca se casó…
– ¿Y qué tiene eso que ver? – Montserrat seguía gritando – ¿Es eso un pecado? ¿Qué te ha dado ahora por tío Lucas?
– No me había fijado antes en él, y de pronto…
– ¿Quieres desviar la atención…?
– Todo lo contrario: De pronto es como si su persona llevara la clave en pleno rostro.
– ¿Clave…? ¿qué clave? – Y como si saltara un remoto resorte la voz de Montserrat se quebró.
– Nunca me has hablado de él. Nunca. Y ahora que caigo me parece que la psicóloga no sabe que existe.

Yo iba siguiendo el hilo de una elucubración interior sin cambiar de expresión como sí alguien fuera de mi cuerpo estuviera transmitiendo a través de un canal remoto y yo fuera solo un muñeco que se limitara a abrir la boca para dejar escapar las palabras. Y al mismo tiempo Montserrat se encogía y reculaba en busca de algún rincón donde refugiarse.

– Lo único que creo haber escuchado de él – continué sintiéndome un autómata – es que veraneaba con vosotros en S’Agaró cuando tu debías tener como 6 u 8 años y que se habló mucho de su boda que jamás llegó a realizarse. Pero ahora que recuerdo tú nunca aparecías en esa conversación, ni nunca mencionaste su nombre, cuando en realidad conozco vida y milagros de todos los componentes de tu familia porque te gusta explicar las vidas de los demás con gran lujo de detalle.
– ¿De qué me estas acusando? – se oyó la voz de Montserrat desde el fondo de una estrecha gruta.
– De nada, no tiene ningún sentido acusar a nadie, es la cosa más estúpida del mundo, acusar a alguien. Solo estoy tratando de explicarme porqué hoy, precisamente hoy, la figura de tío Lucas me ha parecido única en medio de toda la familia, como si fuera la primera vez que lo viera y como si estuviera vestido con un traje de luces para llamar la atención a varios metros de distancia.
– No entiendo nada… – seguía murmurando Montserrat cuando yo dejaba instalar un corto silencio antes de seguir hablando.
– Montse: – empecé después de un suspiro – Desde que nos conocimos he estado luchando contra incomprensibles murallas que te impiden explayarte y gozar de nuestra relación: por mi ignorancia creí que se trataba de un ritual nupcial que practicabais aquí, pero he visto que no hay tal, solo algo muy poderoso que te impide ser, y te impide ser a ti, aunque ciertamente he visto similares murallas en otras mujeres. No me importan otras mujeres, tu serias suficiente y te sobraría si pudieras vivir, pero estas encerrada en algo que no sé entender. No sé que va a ocurrir con mi vida, no sé si volveré de donde vine o me quedaré aquí, o, como vosotros decís, si recobraré la memoria, pero ahora solo sé que desde que te conocí he querido hacer una vida contigo, pero no he podido. Y por lo que he escuchado de otras personas, hacer el amor libremente con tu mujer y en cualquier postura nadie lo considera depravación o perversión, sino lo que es normal y hasta recomendable. Por tanto estoy aquí, – hice un gesto abriendo ambos brazos con las palmas hacia fuera, – en medio de no sé dónde sin saber como entender lo que pasa.

Creí terminar el contenido de aquel discurso y me la quedé mirando. El silencio iba a apremiar a Montserrat mejor que cualquier terapia de choque, probablemente porque no podía escapar de aquel improvisado psicoanalista o es que en realidad su propio ser podría por fin más que los fantasmas adquiridos, aunque fueran descomunales. Empezó a hablar entrecortadamente con la desesperación de un fugitivo que tratara de pasar a través de la multitud enloquecida de una cárcel en pleno motín.

– No tiene importancia… Pasó hace mucho tiempo… y no pasó nada… absolutamente nada. Fueron varios veranos hace 25 años en S’Agaró. – Otro silencio. Yo no iba a interrumpir porque sonaban claramente las notas triunfales de una revelación. A Montserrat le costaba continuar, su conciencia se revolvía como gato panza arriba, y por lo tanto lo hizo con disuasivas como: – No sé a que viene esto… Llevábamos una vida normal… Todo son imaginaciones… – Y cuando el siguiente silenció pareció que iba a instalarse obstinadamente, la empujé:
– La casa de tío Lucas estaba contigua a la vuestra y vuestras familias hacían vida en común; aunque tu padre no iba mucho por allá, ¿verdad?
– ¿Cómo sabes eso?
– No lo sé, pero parece lo lógico. Y que tío Lucas pasaba contigo más tiempo que nadie mas de la familia.
– ¿Pero qué tonterías dices? Estaba todo el mundo, Olga, Ramon…
– Tus hermanos mayores tenían edad de evadirse con sus pandillas y tus hermanos menores necesitaban a tu madre y las asistentas.
– Bueno… mi madre tenía muchas jaquecas.
– De acuerdo, pues solo las asistentas te procuraban tus necesidades más apremiantes. Pero, ¿Quién más había para acompañarte a la playa y jugar contigo?

Por primera vez yo estaba usando abiertamente aquella facultad de percibir lo que realmente quería transmitir la otra persona. El momento era tan grave para ambos que ya no pude seguir siendo solo un observador e iba verbalizando abiertamente las percepciones que me llegaban del interior de Montserrat para sacarlas fuera. Ni me estaba planteando la lucha contra la sombra o el fantasma o como pudiera llamarse aquel saboteador formado por el conjunto de condicionamientos culturales implantados en la infancia. Simplemente estaba actuando según iba sintiendo.

– Pues, – continuaba Montserrat, – tía Lourdes, Raquel, la sobrina soltera de mamá, los García-Mequinenza, los Trias,…
– No quieres decir eso. Lo que quieres decir es que no te divertías con nadie más que con tío Lucas porque era el único que estaba por ti, disponible para ti todo el día y con plena dedicación.
– ¿Y qué hay de malo en eso? – siguió protestando Montserrat – ¿Qué hay de malo que alguien esté contigo y te preste atención? –esperé – ¿Qué hay de malo en que nos aviniéramos tanto? … ¿Sabes?: – añadió frunciendo los labios con la desesperación del niño a quien le quitan el osito de peluche. – Me hacía de padre
– Claro. Y lo que aún hoy día emana de él es su corazón bondadoso, y también su absoluta e incondicional admiración por ti. En aquella época fue un oasis donde tú te sentías bien. ¿Quién puede pensar que haya algo malo en eso?
– ¿Entonces porque hemos de hablar de ello?
– Porque no hay nada malo en esa relación, sino precisamente todo lo contrario. – Yo seguía sin pisar el freno – ¿Porqué vendió su casa de S’Agaró?
– ¿Cómo sabes que vendió su casa de S’Agaró?
– Me lo imagino: Aquello se interrumpió y él no iba a seguir yendo a S’Agaró los veranos…
– ¿Por qué supones eso? – Esa protesta era ya un débil lamento.
– Porque de pronto desparece de tu vida y ya nunca se le vuelve a ver excepto en fiestas familiares a las que no puede dejar de asistir.
– Dios mío, ¿quién te ha contado todo esto?
– Nadie. Me lo estas contando tú.
– Me das miedo.
– Bueno… – Lancé un largo pero quedo suspiro y pareció que me despertaba de una especie de trance. Parpadeé, me froté los ojos y carraspeé varias veces. – Lo siento Montse, solo estoy luchando por nosotros, pero comprendo que ha de ser doloroso. Lo siento. Dejémoslo. Perdóname.

Y lentamente me volví otra vez hacia la ventana como si quisiera salir por ella para no volver. Y Montserrat supo que aquella era su última oportunidad para salir de su prisión, pero naturalmente no sabía cómo hacerlo, de modo que tuvo que empezar probando:

– Solo tengo recuerdos maravillosos de aquella época. Íbamos en su barca de la mañana a la noche, muchas veces los dos solos. La gente decía que yo era su hija y eso me gustaba tanto que… – cerró los ojos y se dejó caer contra el respaldo. Respiró hondo durante unos minutos. Me volví hacia ella de nuevo y esperé. – Me sentía orgullosa y feliz a su lado. Me enseñó a pescar, a navegar, a reconocer las especies de árboles, los peces… Al tercer año llevaba yo la barca y él me miraba sentado en popa. Navegábamos en todo tipo de mar, ya fuera tranquilo o embravecido, nunca tuve miedo a su lado. No iba con los chicos de mi edad; me aburrían. – Abrió los ojos despacio. – Solo me gustaba estar con él. – Siguió un largo suspiro y un silencio aún más largo. Montserrat se quedó ensimismada en sus recuerdos sin poder fijar la mirada en ninguna parte. Por fin yo inicié la conclusión.

– Para Lucas tú fuiste lo más maravilloso que pudo ocurrirle en su vida. – Montserrat levantó una mirada desvalida hacia mí, indicándome que ya no tenía fuerzas para defender el torreón e iba a dejar que él rió se lo llevara como un castillo de arena hecho el día anterior. – Por eso tuvo que poner toda la distancia que pudo de por medio. Vendió la casa de S’Agaró y dejó de frecuentar a la familia para no verte. Y tampoco se pudo casar porque jamás ninguna mujer podría ni de lejos igualar una remota imagen de ti. – Pero me detuve unos instantes antes de continuar porque aquello podía ser el final o el principio de todo, pero acepté el riesgo. – Y ese fue tu primer amor, tan intenso que tuviste que apartarlo hasta de tu conciencia, porque el mundo ya te había advertido de antemano que estaba prohibido.
– Pero no paso nada, ¿qué podía pasar? Yo tenía a lo sumo 9 años… – emitió con un leve resquicio de voz.
– Externamente nada, pero dentro de ti sentiste claramente una inquietante sensación de bienestar, incluso de placer; la comunión íntima de los dos amantes más maravillosos que uno pudiera imaginar. Sensaciones intensas en los abrazos, cuando escuchabas las historias que él te contaba de viejos marinos y de antiguas batallas, sentada sobre sus rodillas, sintiendo su calor y sobre todo percibiendo su pasión, su admiración incondicional, aunque la guardara para sí mismo, jamás expresada, encerrada en el cofre del tesoro de su alma. Qué aún perdura con la misma intensidad de hace 25 años. – Hice una pausa – Durante la cena te miró solo una vez, pero te miró como se mira a Dios o al paraíso perdido, que para él viene a ser lo mismo. No ha existido ninguna otra mujer para él. Y yo me siento rendido y admirado por ello, maravillado de amar a una mujer capaz de despertar una pasión así. – Hice otra pausa. – No existe otro pecado que el creado por las mazmorras de la cultura, esa que convierte el paraíso en infierno, un amor sublime en una sombra fantasmal que sabotea la vida, que roba lo más precioso que tenemos los humanos, y que a ti te ha robado 25 años de tu vida y esta a punto de robarnos nuestro paraíso…

Callé lo que iba a añadir, porque Montserrat se había ido irguiendo lentamente y terminó levantándose para ir también hacia la ventana. Tenía los ojos muy abiertos y respiraba ya tranquila. Poco a poco en las comisuras de los labios empezó a dibujarse una leve sonrisa. Dio unos suaves golpecitos con la cabeza, asintiendo y luego dejó escapar:

– Es cierto… me sentía muy bien escuchando sus historias sentada sobre sus rodillas. Estábamos los dos en bañador, claro; uno no anda vestido cuando sale en barca. Me sentía muy bien… Y creí que me estaba sintiendo demasiado bien. Pero fue él quien lo interrumpió. De no haberlo hecho no sé lo que hubiera pasado…
– Lo más maravilloso del mundo.

Montserrat se volvió hacia mí. Sonreía. Su cara estaba tersa y distendida, brillante. Había empezado a amanecer hacía rato.

– Maravilloso en otro planeta, cielo mío. No en este. – Terminó de acercarse y me cogió las manos, y continuó: – Hay que ver lo que hace la amnesia. Cuando no recuerdas porqué tienes miedo entonces no hay más remedio que ser sincero. – hablada de si misma, pero me sonó como si lo dirigiera a mi, aunque en aquel momento sin intención de hacerlo. Luego continuó para terminar de deshacer los nudos de su propia y complicada madeja, – Supongo que más de uno en la familia lo han sabido siempre, pero jamás osarían ni hacer el más mínimo comentario. Como no paso nada – se encogió sarcásticamente de hombros – no hay nada de que hablar. Y para la gente de por aquí, y supongo que también de por allá, es mejor no hablar de lo que realmente importa. – Y entonces volvió la seriedad a su semblante – Albert: te quiero con toda mi alma – le salió con una pasión desconocida, como jamás había sonado, y ella misma se sorprendió. – Te aseguro que no vas ni a poder pensar en ninguna otra mujer. – Y sin añadir más me besó como hubiera querido hacerlo siempre, solo que ahora la desesperación del náufrago le hacía ser más fuerte que las sombras de su conciencia, que es lo que realmente eran, sombras, aunque le habían educado a todo lo contrario. Luego se echó sobre la mesa arrastrándome encima mientras mascullaba entre besos y a borbotones las frases encendidas acumuladas durante 25 años.

El sol había rebasado el cenit rato atrás cuando nuestros cuerpos y nuestras almas buscaron el reposo. Ella murmuró.

– Amor mío, – dijo – esto ha sido demasiado. En algunos momentos te ha cambiado la cara, como si no fueras tú, como si fueras… alguien… yo que sé. Si te hubieras visto. Fue extraordinario. Ayer podía haberme dado miedo esa transformación, pero hoy no.
– ¿Qué quieres decir? ¿Qué cara se me puse?
– No lo sé… Parecías otro, alguien distinto, incluso físicamente, pero solo fue un instante… Uf. Esto ha sido increible. – repitió.
– Es lo que ha de ser. – dije pensativo.
– ¿Volvemos a empezar? – preguntó ella.
– De acuerdo.
– ¿Vuelvo a eclipsar el mundo?
– Por supuesto… – y se me cortó la voz y se me humedecieron los ojos.
– ¿Y a otras mujeres?
– ¡Dios! ¿Cómo puedo pensar en otras mujeres cuando tú eres el paraíso…?

Por primera vez, con dificultades para reconocerse a sí misma, había llegado a orgasmos largos y profundos en los que la realidad, e incluso su cuerpo habían desaparecido engullidos por un torbellino que la arrastraba fuera de este mundo. Estuvo a punto de vivirlo en otras ocasiones, como tantas otras mujeres, pero tuvo miedo, y se sorprendía en aquel momento por haberse dejado deslizar hacia su interior y alcanzado estados alterados de conciencia de los que no tenía ni idea. Ella misma me pidió ensayar otras posturas, nuevos goces, todo estaba permitido, no había límite. Ella se descubría y se regocijaba de transportar a su hombre y a ella misma hasta alturas insospechadas. Había perdido el miedo a ser mujer. Un día en que nos besábamos abrazados de pie se giró de espaldas y noté como aflojaba el control, como se lanzaba a perder su lugar, a ser dominada, porque algo en su interior se abrió para dejarla comprender que entregarse al hombre que solo vive por ella significa alcanzar éxtasis insospechados, estados de conciencia solo reservados a muy pocos mortales. Y se agachó para que la penetrara por detrás, y por donde quisiera, o mejor dicho por donde ella quiso, al fin y al cabo. Y también durante la mayoría de los orgasmos se transfiguraba: era ella pero no era ella, su semblante era el de otra persona. Ocurrió el milagro también para ella.

Tanto en esta parte del mundo como en la de donde vengo, es obvio, que una mujer sabe a qué hombre puede dar la espalda sin miedo. Y si no lo hace solo es por que no quiere darse, entregarse, soltarse, por que necesita mantener el control en la relación. Prefiere dominar a vivir. Una mujer ha de ser muy mujer y sentirse feliz de serlo para dejar ese control al hombre, porque sabe que su transformación va a ser total, y porque a la postre así es como terminará controlándolo para beneficio de ambos, no para matarlo de aburrimiento.

El río nos había remansado en la orilla del paraíso y nosotros dimos el paso para desembarcar en él, dándonos cuenta entonces que el Paraíso siempre había estado allí. Pensé que los habitantes de esta parte mundo deberían reconsiderar el mito del “paraíso perdido”, que probablemente solo sea una figura retórica que los forjadores de culturas se inventaron para conseguir un más eficaz sometimiento de sus súbditos. Siempre tuvimos el Paraíso al alcance de la mano.